Capítulo 9

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Sofía


Han pasado dos semanas y cada estudiante del Nova se ha acoplado a su rutina, incluyéndome.

El instituto en sí tiene tres pisos, en el primero están los salones donde se imparten las clases comunes como Física, Español, Historia, Matemáticas; en el segundo están los laboratorios, que no son muchos pero si son amplios, y los salones de otras clases como por ejemplo el salón de Arte del que estoy saliendo; y en el tercer piso están las oficinas de los profesores –a excepción del de la subdirectora que está en el primer piso– y el despacho del director.

Para mi desgracia, después de Arte tuve Español y ahora mismo, la voz de la profesora es un sonido lejano, muy lejano, mientras trato de dormir. Siento un golpe en el brazo que me obliga a terminar de espabilar y a levantar la cabeza de entre mis brazos, apoyados en la mesa.

«¿Izan me acaba de dar un codazo?». Se ha sentado a mi lado hoy, pero no ha dicho ni una sola palabra. Él me está mirando y arrugo el ceño en una pregunta sin palabras de a qué ha venido eso.

La respuesta le sale rápida y es un gesto con la cabeza hacia adelante. Al principio no lo entiendo, hasta que giro el cuello y la veo. La profesora me está mirando con mala cara y los brazos en jarra; todo el salón tiene los ojos sobre mi y tengo ganas de desaparecer.

—¿Está prestando atención a mi clase, señorita Johnson? —me espeta.

—Así es —digo luego de carraspear para que no me salga la voz ronca.

—¿En serio? —alza una ceja—. Entonces asumo que puede decirme lo que acabo de explicar.

Asiento y agradezco que ya me estaba despertando antes de que Izan me diera el empujón que necesitaba; o bueno, el codazo, y recito todo lo que ella acababa de decir, sin equivocaciones y con la pronunciación correcta.

Su expresión de molestia se acentúa gracias a la frustración al no poder darme más que una simple advertencia de que no me vuelva a dormir y se da la vuelta.

Por mucho que le pueda molestar cualquier cosa que haga, soy una de las mejores estudiantes que tiene; y no es precisamente gracias a ella. Varios libros que me ha llamado la atención leerme no están traducidos, por lo que me las he tenido que apañar para entender todo lo que decían en español. De hecho, el libro que tengo metido en el bolso es uno de esos.

Me apoyo en el espaldar de mi asiento y no controlo la media sonrisa que me sale. Siento a mi lado un silbido bajo y me giro hacia mi compañero de mesa.

—Pensaba ayudarte, pero al parecer no estabas tan dormida —susurra.

—Estaba despertando antes de que me dieras un codazo —tuerzo el gesto y me sobo la zona del brazo—. Que por cierto, gracias, pero dolió. Y además, dudo que hubiera entendido la mitad de las cosas que me ibas a soplar —suelto una risa nasal y él arruga el ceño—. Tu pronunciación es algo penosa.

La verdad es que no está tan mal, solo el modo en que pronuncia la «r» deja mucho que desear, pero es la mejor forma de empezar un tema de conversación que se me ocurre, y resulta efectiva.

—¿Disculpa? —pregunta y de verdad suena ofendido—. Es mejor que la del promedio.

—Puede ser, pero no es mejor que la mía —Me tapo la boca para que no se me salga la risa cuando su ceño se frunce, tratando de traducir lo que he dicho.

—Sigue siendo mejor que la del promedio —resopla y voy a hablar pero una voz femenina interrumpe nuestra corta conversación.

—¡Joven Müller! —lo riñe la profesora y yo finjo acomodarme el cabello para que no me vea sonreír.

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