Sofía
Despierto gracias al sonido de la alarma que suena por primera vez después de dos meses.
A pesar de no tener ánimos de levantarme, salgo de la cama y siento el frío del suelo bajo mis pies, pero tampoco me coloco las pantuflas. Me encamino hacia el baño y cuando entro, me giro hacia el espejo, pero solo encuentro el reflejo de un duende despeinado.
Tengo un nido en la cabeza gracias a la cantidad de nudos que tiene mi cabello. Mis ojos parecen más pequeños debido al sueño que todavía tengo; bajo un poco más la mirada al pijama y veo que la camisa negra, que me llega un poco más abajo de las caderas, está arrugada, y el short gris, que ya es corto, está mucho más subido.
Tomo el cepillo para tratar de lidiar con mi cabello, y cuando estoy por terminar, siento el grito de mi madre desde abajo.
—¡Sofía! —dice desde donde supongo que sea el comedor o la cocina— ¡Vas a llegar tarde a tu primer día de instituto! ¡No tardes más y baja a desayunar!
—¡Ya voy! —le contesto en el mismo tono para que me escuche y carraspeo por lo ronca que sale mi voz.
Dejo el cepillo en su lugar y salgo. Llego a la planta baja, paso junto al sofá lleno de cojines de la sala de estar y llego al comedor donde, en la mesa para seis personas, mi padre está sentado en una de las puntas con el periódico en la mano.
—Buenos días —dice cuando alza la mirada y me dedica una pequeña sonrisa antes de volver a centrarse en el periódico.
—Buenos días —me acerco, separo la silla y me siento a su lado, donde está otro plato con tostadas y una taza de café.
—Daniel —aparece mi madre con una taza de café en la mano.
Su cabello azabache está recogido en una coleta alta y su aspecto de Primera Dama me da a entender que ya está lista para irse al trabajo. Siempre dice que hay que causar una buena impresión aunque ya todos te conozcan, y es una de las filosofías suyas que nunca me he molestado en entender.
—Deja ese periódico y come —le riñe a mi padre—. Se te van a enfriar las tostadas.
Mi padre obedece de inmediato y me llevo la taza de café a los labios para tratar de disimular la sonrisa.
Mi madre deja la taza vacía en el lavarlo, se acerca a mi padre y le da un beso en los labios; luego hace lo mismo conmigo, dejando un beso en mi frente.
—¿Cómo me veo? —pregunta ella de repente. Veo que se alisa la falda y deja sus manos a los costados de su cuerpo.
—Preciosa como siempre —mi padre se me adelanta y contesta, y los labios de mi madre se estiran en una cálida sonrisa.
—Gracias —dice y veo que va camino hacia la sala de estar—. Ya me tengo que ir, que tengan un buen día.
—Madre —mi voz, que suena entre curiosa y divertida, la hace detenerse y voltea a verme—. ¿Pasa algo que no nos has dicho hoy?
—Pensaba que lo había hecho —dice, confirmando lo que había notado en sus hombros tensos y sus manos inquietas.
Al ver que papá y yo negamos casi al mismo tiempo, se encoge ligeramente de hombros.
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Espejos grises
Roman d'amourLos institutos siempre han sido uno de los lugares más clichés que puede haber para los libros, eso Sofía lo sabe bien. Pero eso no quita que ella fuera distraída en el pasillo y se chocara con alguien. Él iba rogando que los meses de instituto pasa...
