Sofía
Mi madre es posiblemente la persona a la que más le alegra la situación, pero que tiene la delicadeza de disimularlo.
De cualquier modo, agradezco el apoyo que me dió ayer, porque no tuve ganas de nada, ni siquiera de entrenar.
Por mucho que sabía que debía llorar, no pude; tal vez porque lloré todo lo que iba a hacerlo en la madrugada, y desperté con un dolor horrible de cabeza y los ojos hinchados. Estuve todo el día tirada en mi cama y creo que me molesta más eso que no haber llorado: haber perdido el hilo del entrenamiento.
«Ahora mismo, creo que es lo único que me podría distraer». Pienso y pateo una piedra que veo frente a mi.
El día está nublado y corre una brisa fría, cosa que no me sorprende ya que pasamos de la mitad de octubre y por fin el otoño comienza a asomarse. Me subo la capucha de la sudadera y saco mi móvil del bolsillo que esta tiene para ver la hora.
Aún faltan unos minutos para que comiencen las clases, pero no es la hora lo que hace que detenga el andar y no despegue la vista de la pantalla. Es el mensaje que tengo, es la persona que lo envió.
«Leo». Aprieto los labios cuando siento como los ojos me comienzan a picar y titubeo viendo la opción de llamarle, pero siento como dos dedos se entierran en mis costillas haciendo que salte del susto.
Reconozco el gesto, así que no me sorprendo cuando me giro y me encuentro a Lucia, que hoy tiene una sonrisa ligera.
—¿Cómo estás? —pregunta y se acomoda la mochila en su hombro.
—Bien —hago un esfuerzo por devolverle la sonrisa y ella suspira.
—Repetiré la pregunta —da un paso hacia mi y el tono de preocupación y la suavidad con que habla hace que borre el intento de sonrisa—. ¿Cómo estás?
—No tan bien —es la mejor manera que encuentro para describirlo sin querer sonar dramática.
—Pero lo estarás, confía en mí —me rodea los hombros con un brazo y me aprieta contra ella.
Consigo sonreír un poco sin tener que forzarlo y me dejo arrastrar hacia el interior del instituto. Ambas nos dirigimos al salón de Historia, donde ya Alejandro está apartando nuestros asientos. Siento que todos me miran cuando en realidad nadie lo hace, y este es uno de los pocos momentos en que agradezco ser invisible.
Tengo que comenzar a acostumbrarme a eso otra vez.
•••
Salgo rápido del salón, aprovechando el tiempo con el que cuento antes de que comience la próxima clase. Me quedo en la parte del pasillo que más desierta encuentro, pero aún así varios estudiantes pasan frente a mi, y bajo la vista a la pantalla de mi móvil, dónde está abierta la lista de contactos.
Cierro los ojos y presiono para llamar antes de arrepentirme. Repica sin que nadie conteste, y cuando pienso que quedaré como una tonta llamando en vano, me descoloca escuchar su voz.
—¿Princesa? —contesta, como si no se creyera mi llamada, y la mueca que pongo es instantánea, ya no sé si es por irritación o por nostalgia.
—Leo, ya habíamos hablado de ese apodo…
—Perdón, pensé que la costumbre había hecho que te gustara —se nota agitado y sé que entiende que lo llamo por el mensaje que me envió más temprano—. ¿Crees que podamos hablar, por favor?
Recuerdo que le dije que hablaría con él y sé que es algo inevitable, porque aunque me costó tener clara la decisión con respecto a todo esto, me gustaría saber cada parte de la historia antes.
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Espejos grises
RomanceLos institutos siempre han sido uno de los lugares más clichés que puede haber para los libros, eso Sofía lo sabe bien. Pero eso no quita que ella fuera distraída en el pasillo y se chocara con alguien. Él iba rogando que los meses de instituto pasa...
