| Capítulo XIX|

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|Y lo sé, estando juntos, nos sentimos como una eternidad.

Pero ahora, más que nunca...

Lo siento todo.|

I feel Everything - Cara Delavigne

Saint toma el lado derecho de mi cama king size sin preguntar, dejando su celular encima de la mesa de noche

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Saint toma el lado derecho de mi cama king size sin preguntar, dejando su celular encima de la mesa de noche. Cada extremidad de mi anatomía vibra ante la expectativa mientras apago las luces y la habitación solo queda iluminada por la lámpara junto a él. Y aunque hago mucho esfuerzo en aparentar tranquilidad...

Lo cierto es que estoy enloqueciendo.

Cada minuto.

A cada segundo.

Mi habitación se llena de él y ahora no puedo sacar de mi cabeza su imagen en todas partes. Se convierte en una estela fantasmal que se quedará entre esas paredes hasta que incluso olvide mi nombre. Tomo lugar en el lado libre y extiendo mis piernas por completo hundiendo a la vez mi cabeza en la almohada.

No me dejó acercarme de nuevo, suspiro.

Una vez vestido, Saint se alejó de mí y marcó una línea tácita entre ambos. La advertencia de lo que iba a pasar si la traspaso está implícita en el aire incluso ahora, en medio de la semi oscuridad. Pero no importa. Al final del día, sí heredé algo de la ambición de mis padres.

Mantengo los ojos abiertos puestos en el techo y Saint apaga la lámpara cuando termina de acomodarse. El silencio es punzante contra mi piel, tironea y juega con mi paciencia como si fuera uno de esos cascabeles para gatos que a S. le gustan tanto. El gato, como muchos otros que me abandonan cuando se aburren, prefiere pasar su tiempo en la casa de mi vecino, donde duerme entre sus perros y juzga las acciones de un viejo de setenta años en silencio.

Tal vez mañana deba ir a buscarlo. Actuar como un due...

—¿Algún plan para mañana? —La voz de Saint suena melódica en medio del silencio, un susurro que acaricia la superficie de mi alma marchita y le da vida.

Giro la cabeza hacía él, encontrándome con su perfil sumido en las sombras de la noche. La oscuridad no es absoluta, un resplandor lo alcanza desde alguna parte. También está boca arriba, con las manos sobre el abdomen y la manta cubriendo hasta su cintura.

—No, ¿tú?

Hay continentes entre ambos otra vez, convirtiendo cada existencia en islas separadas por océanos tempestuosos y tierras salvajes. Cada terminación nerviosa me empuja a estar más cerca, a volver al punto en donde no conocía otro aire que no fuera el que él estaba respirando. Mis dedos se cierran contra la sábana entre ambos, tan cerca y tan lejos de su brazo.

—No, nada —articula despacio.

Y de nuevo, el silencio.

Asfixiante y absoluto silencio.

De Perdedores y Otras CatástrofesHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora