Si hay algo que Saint Van Doren odia más que perder, es tener que hacerlo siempre contra Ethan Mc Clarence. Mientras que para éste, la rivalidad con su declarado némesis académico es lo único que lo mantiene a flote en su fría existencia.
Y hará lo...
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Siento una tonelada de piedras dentro de la cabeza y el pecho. Como si alguien me hubiera abierto la noche anterior y cargado mi cuerpo con ellas para luego lanzarme al mar más cercano. Las sábanas se sienten suaves y cálidas contra mi piel, y hay un perfume dulce que persiste en la punta de mi nariz por encima del recuerdo del whisky. A pesar de la pesadez, no había sido un sueño turbio. Pero estoy lejos de despertar como si ayer no me hubiera vaciado un bar antes de enc...
Cielos.
Los sucesos de la noche anterior caen sobre mí como un baldazo de agua fría en medio del invierno. Mi cuerpo se impulsa hacía arriba con más prisa de la que puedo procesar y todo da una vuelta brusca a mi alrededor. Suelto un quejido al sentir las náuseas llegar y hay un sabor amargo y pesado en mi lengua haciendo todo mucho peor. Sujeto mi cabeza en un intento de aminorar el martilleo dentro, sintiendo la piel caliente al tacto. Inhalo despacio, demasiado mareado como para pensar en otra cosa que no sea el deseo de morir en este mismo instante.
Mi conversación con el vagabundo es un recuerdo fantasmal detrás de una cortina de luces demasiado brillantes y que se mueven de un lado para el otro todo el tiempo. La sensación de un beso robado se deshace en pedazos dentro del océano tempestuoso de mis pensamientos y la parte en donde salto contra un completo desconocido aparece en pequeñas motas de luz. Nada sigue un orden cronológico correcto por más que intento y, después de un par de segundos de martirizarme con la tarea, me rindo.
Abro los ojos más despacio esta vez. La habitación del vagabundo está casi a oscuras, con las persianas cerradas y una única lámpara de noche encendida a mi derecha. Las paredes están pintadas de un verde oscuro y posters de bandas y artistas que no logro reconocer cubren casi por completo el lado derecho, junto a la puerta blanca. En el otro extremo, bajo la ventana cerrada, hay un escritorio de aspecto industrial repleto de libros y hojas sueltas. Recorro el espacio con la vista despacio, con cada latido de mi corazón diciéndome que no soy más que un intruso que llegó sin invitación.
No dista mucho de la decoración que tenía en su lado de nuestra habitación años atrás. Aunque en ella se destacó el contraste entre nuestras dos personalidades como si dos universos totalmente opuestos hubieran chocado contra el otro. En cambio, este es su dominio absoluto. Uno que solo reafirma el primer pensamiento que tuve cuando comenzamos a conocernos; y es que Saint Van Doren era un hermoso caos. Un ente lleno de todo y que no era capaz de quedarse en un solo mundo por mucho tiempo. Batallaba, en ese entonces, contra la inestable obsesión de probar de todo.