| Capítulo I |

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| Pero luego entraste en la habitación.

Sabía que todos mis planes estaban condenados. |

Misery - Michigander

Misery - Michigander

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En realidad, no estoy en una de esas situaciones donde dos rivales se enamoran después de odiarse por mucho tiempo.

Conocí a Saint Van Doren el primer día de nuestro recorrido de bienvenida en la UCLA, uno de esos ventosos en pleno otoño donde los rayos del sol apenas traspasan las nubes que quedan después de una tormenta.

Captó mi atención como si su existencia fuera el sol mismo de nuestro sistema solar, con una órbita imposible de ignorar y de escapar. Su risa estruendosa llegó hasta mí, acompañada de otras un poco menos confiadas. Estaba hablando con un par de coordinadores, mientras un trío de nuestro grupo lo miraba embelesados. Como si ellos también pudieran sentir el poder de esa extraña y magnética atracción.

Iba vestido con jeans negros y un suéter del mismo color con un par de broches punk en el pecho. Lo suficientemente despreocupado como para no verse como un esnob de veinte años al cual le importa demasiado su promedio; justo como iba yo. Pero tampoco tan desaliñado como para creer que era alguien a quien no le importa nada el qué pensarán los demás. Tenía una mirada vivaz y cautelosa, bastante observadora. Su pose relajada y sonrisa flemática me hicieron sentir incómodo conmigo mismo por un momento.

Parado junto a él, con mi espalda tan derecha que dolía y el rostro inexpresivo, seguramente me veía como un idiota pretencioso con un palo metido en el culo. Y si alguien debía elegir entre los dos, hasta yo optaría por seguir al carismático de ojos marrones.

Incluso aunque estos apenas se vieran cuando el sol le daba de lleno y se convertían en rendijas con pestañas largas sobre una lluvia de pecas como estrellas.

Se movía con la elegancia de un gato negro y con la soberbia de alguien que sabe que, cada paso que da, es otro corazón robado. Encantador hasta la médula y con la capacidad de hacer sentir a cualquiera bienvenido y cómodo, fue muy obvio que él se ganó la lotería en la selección natural de personalidades carismáticas.

A diferencia de mí, que debo esforzarme incluso años después para no quedar como un tronco sin sentimientos o un robot mal programado.

El poco desarrollo que tuve apenas me sirvió para tener una decente capacidad social, a diferencia de Saint, quien solo se volvió más grande y confiado con el pasar del tiempo.

Y después de dos años como rivales declarados, agradezco que él no sea capaz de ver la más grande inseguridad que su persona provoca en la mía. Sería mi entierro. Desde el tiempo antes de conocernos, corriendo en el presente y hasta el posible futuro en el que ambos ya ni siquiera nos acordemos de la existencia del otro.

De Perdedores y Otras CatástrofesHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora