—Así es como se hace, Darcey.
La voz de Oliver resonó firme en la cocina mientras apuntaba con el cuchillo hacia la carne expuesta sobre el mesón. No era un grito, pero tampoco una instrucción amable. Era una orden disfrazada de enseñanza.
Una vez más, Oliver se hallaba en la cocina con su hija a un costado, observándola con atención constante. Le mostraba con suma cautela cómo debía sostener los alimentos, dónde colocar los dedos y en qué ángulo exacto debía deslizar el filo. Sus manos se movían con precisión, y cada gesto parecía haber sido ensayado cientos de veces.
Frente a ellos reposaba medio cordero abierto, dispuesto sin pudor alguno. A un lado, envueltos aún en papel encerado, yacían los quinientos gramos de chuletas que Darcey había comprado aquella mañana.
Fue entonces cuando comprendió que la visita a la carnicería no había sido un acto aislado.
Solo el comienzo de su calvario.
Oliver necesitaba que su hija aprendiera a elegir carne. A tocarla. A reconocerla. A dominarla.
Y qué mejor lugar para iniciar aquel proceso que su carnicería de confianza, donde vendían —según él— las mejores carnes de toda la ciudad.
—Pon mucha atención —continuó Oliver sin apartar la vista del cordero—. Necesito que memorices esta receta exactamente como yo te la enseño.
Su tono intransigente le provocó un escalofrío que recorrió la espalda de Darcey sin mucho esfuerzo.
De soslayo, él la observaba mientras cortaba. No para verificar si estaba interesada, sino para asegurarse de que aprendiera. Darcey permanecía a su lado en silencio, rígida, hasta el punto en que lo único audible en aquella amplia vivienda eran los golpes secos del cuchillo atravesando la carne.
El sonido era brutal.
Cada corte producía un chasquido húmedo que parecía resonar más de lo necesario. Darcey observaba, casi hipnotizada, cómo el filo se hundía en la carne y emergía manchado de sangre en pequeños chorros controlados. No era un derramamiento exagerado, pero suficiente para hacerla tragar saliva.
El olor llegó poco después.
Ese aroma crudo, denso, metálico, volvió a colarse por sus fosas nasales sin permiso. Darcey apretó los labios con fuerza, conteniéndose. Si bien no era la primera vez que aquel olor la asaltaba, debía admitir que nunca lograba acostumbrarse del todo.
Tragó duro, esperando que el proceso acabase pronto.
Observó cómo su padre retiraba el pellejo con destreza, separándolo como si no perteneciera al cuerpo que había cubierto minutos antes. Luego dividió el cordero en porciones, clasificándolas con cuidado y colocándolas en distintos recipientes, como si estuviera organizando algo valioso.
—Uhm... —murmuró Oliver, deteniéndose un momento—. ¿Qué haremos contigo, corderito?
Hablaba consigo mismo, o quizá con la carne. Darcey no estaba segura.
—Me apetece agregarle un toque de cebollino —añadió—. ¿Qué dices?
Esperaba una respuesta. No cualquier respuesta, sino una que demostrara criterio. Alguna sugerencia, una idea, una muestra de interés real.
—Estaría bien —respondió Darcey finalmente.
Su voz carecía de emoción.
Oliver se giró hacia ella con evidente insatisfacción. Aquella respuesta no cumplía con sus expectativas. Esperaba más.
Siempre esperaba más.
—Bien —dijo al fin—. Acércate.
Dejó el cuchillo sobre el mesón con cuidado y se retiró el mandil que llevaba puesto.
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MEAT. ©
TerrorOliver Doliner es un chef de prestigio, conocido por su precisión, su disciplina y una obsesión inquebrantable por la perfección. Su legado tiene un único destino: su hija, Darcey, a quien ha moldeado para convertirse en su sucesora. Pero hay un pro...
