Incertidumbre.
Era eso lo que podía provocar la imagen distorsionada de alguien a quien se supone que amas. Una grieta silenciosa que se abría en el pecho y no dejaba respirar.
Benedict se sentía atrapado.
Las orbes de Darcey permanecían fijas en él a través del reflejo del cristal, observándolo sin pudor mientras la camisa húmeda colgaba en el lavadero. Sus ojos recorrían las cicatrices que atravesaban el torso del varón como un mapa antiguo, marcas de un pasado que nunca había sido explicado. No preguntó. No comentó nada. Solo miró.
El apartamento de Benedict Barlowe constaba de dos habitaciones además de la sala y la cocina. En una dormía, como era de esperarse. La otra, en cambio, era un cuarto cerrado, oscuro, donde imprimía fotografías. Un espacio que nadie visitaba. Allí guardaba portafolios clasificados con un orden casi obsesivo, cada carpeta dedicada a una mujer de quien alguna vez se enamoró.
Durante los últimos meses, las fotografías de Darcey Doliner ocupaban el lugar estelar.
El silencio reinó en el apartamento hasta que el móvil de Darcey volvió a vibrar. El mismo número se asomaba en la pantalla. Una y otra vez.
Al menos seis llamadas en menos de un minuto.
Darcey dejó la camisa tendida y se acercó a su teléfono. Al verlo, el color de su rostro se apagó. Pálida, tensa y alarmada.
Benedict no entendía lo que estaba sucediendo y mucho menos lo que estaba sintiendo.
—¿Pasa algo malo?
—N-no, solo debo irme —admitió recogiendo sus cosas rápidamente, para luego acercarse al varón y depositarle un caliente beso en la mejilla—. Por cierto, anoté mi número en tu teléfono por cualquier cosa.
Y la puerta se cerró. Darcey se había ido dejando un silencio pesado en el interior de la casa.
Joder.
Darcey se había atrevido hacer algo como aquello, dejando al carnicero aún más hundido en el desconcierto. Pues una parte de él se hallaba alarmado por el comportamiento de Darcey, recordando la vez que la siguió hasta el restaurante de su padre y esta lo atacó confundiéndolo con alguien. Pero también, la otra parte de él solo se dedicaba a repetir el beso entre ambos y su gesto, constatando un enamoramiento que finalmente estaba siendo correspondido.
Hasta que su mente repitió la última frase de la muchacha, quien había declarado haber anotado su número en el teléfono del varón. Entonces, el mismo se preguntó una vez más cómo Darcey había descubierto su contraseña para acceder, y si acaso, había visto todas las fotos que tenía de ella regadas en su galería.
Después de aquel día, las siguientes semanas volvieron a la normalidad: La misma normalidad en donde el mayor de los Doliner seguía llegando a la carnicería como de costumbre siendo Darcey quien por segunda vez se ausentaba durante un tiempo. Una regularidad en donde el señor Nitsche atendía a Oliver y conversaba con él, mientras que Benedict se seguía encargando de los numerosos pedidos que continuaban llegando.
No obstante, no fue hasta un día que mientras Oliver se paseaba por la carnicería para pedir los cerdos que usualmente solicitaba, que el mismo decidió acercarse exclusivamente al carnicero mientras esperaba.
A la par que Benedict se encargaba de inspeccionar y limpiar los fluidos chorreantes de los cerdos colgantes en los grandes expositores, Oliver se acercó a él de manera imprevista, sorprendiéndolo.
—Benedict, ¿verdad? —fueron aquellas las palabras que se escaparon de los labios del chef, fingiendo adivinar su nombre, acompañado de la palma de su mano derecha que pronto descansó sobre el hombro del chico.
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MEAT. ©
TerrorOliver Doliner es un chef de prestigio, conocido por su precisión, su disciplina y una obsesión inquebrantable por la perfección. Su legado tiene un único destino: su hija, Darcey, a quien ha moldeado para convertirse en su sucesora. Pero hay un pro...
