15. PASTEL DE CARNE.

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El carnicero permaneció inmóvil, con la angustia clavándole el pecho, cuando se dio cuenta de que el frasco de sazón —aquel que había preparado con órganos humanos— descansaba sobre la mesa junto al resto de los ingredientes.

Darcey tenía que haber abierto la nevera.

No había otra explicación.

Eso significaba que había visto lo que se ocultaba dentro. Que había tenido frente a ella la evidencia desnuda de las atrocidades que Benedict había cometido. La mandíbula. Los restos. Los fragmentos imposibles de confundir con carne animal.

El pulso le martilló las sienes.

Se apoyó en el respaldo de la silla para incorporarse, avanzando un paso torpe hacia ella con la intención de quitarle el frasco antes de que lo abriera de nuevo. Pero Darcey, aún de espaldas, habló primero.

—¿Siempre utilizas los mismos ingredientes para hacer tus sazones?

La voz sonó casual. Demasiado tranquila.

—Eh... no —balbuceó él—. Ese no está listo, Darcey. No puedes usarlo, es—

—¿No está listo? —lo interrumpió, girando apenas el frasco entre sus dedos—. Pero tiene buen sabor.

Alzó la mirada, genuinamente intrigada.

—¿Qué más pensabas agregarle?

El mundo se le vino abajo.

¿Cómo sabía Darcey que aquellos órganos licuados tenían buen sabor?

Benedict sintió que la sangre le abandonaba el rostro. Aquello no podía ser cierto. Ella no podía haber probado eso. No podía haber llevado aquella mezcla a sus labios... y sin embargo, ahí estaba, sosteniéndolo con naturalidad, como si se tratara de cualquier condimento casero.

Había algo profundamente errado en su reacción.

Cualquiera habría gritado. Habría huido. Habría llamado a la policía.

Pero Darcey no hizo nada de eso.

El temblor en las manos de Benedict se volvió incontrolable. Extendió el brazo para arrebatarle el frasco, impulsado por el pánico y el terror, pero en un abrir y cerrar de ojos Darcey atrapó su muñeca en un agarre que fue firme. Preciso.

—¿Qué pasa? —preguntó al instante—. Estás pálido... y temblando, como aquel día en la carnicería.

Los ojos de Benedict se abrieron al sentir la presión. No sabía que unas manos que siempre había considerado delicadas podían ejercer tanta fuerza.

La muchacha hablaba pero Benedict se notaba sofocado.

Darcey mostrándose desentendida mantenía una mirada fija en el chico, como si lo estuviera estudiando, cada movimiento y temblor de su cuerpo. Aunque al final liberó su mano recitando:

—Si no quieres que lo use, no lo haré, tranquilo. Necesitas calmarte. —finalizó la muchacha apartando la mirada de él.

Tras ello, Benedict se llevó el dichoso condimento y al abrir la refrigeradora se dio cuenta de que algo estaba diferente, aunque por más que quisiera no pudo descifrar realmente qué era lo distinto en su nevera. Cerrando la puerta de la misma, era un hecho que Darcey sabía sobre lo que escondía en su cocina, pero desconocía de la carne humana que le vendía.

O quizá sí lo sabía.

De todas formas la fémina no se mostraba aterrada ni en lo más mínimo por lo que había descubierto. Por lo que Benedict continuó con sus movimientos permaneciendo alerto, intentando calmarse por si tenía que explicarse más adelante.

MEAT. ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora