5. DELEITE.

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Benedict observó como aquella chica salía del establecimiento, dejándolo con el corazón latiendo lo suficientemente fuerte como para creer que se saldría de su pecho.

Permaneció inmóvil tras el mostrador, con el trapo aún en la mano, siguiendo su figura a través del cristal que separaba a los carniceros de los clientes, hasta que desapareció por completo de su campo de visión. Recordó su vestimenta, su forma de caminar. El modo en que sostenía el pequeño frasco del condimento que él mismo le había recomendado, como si se tratara de algo más que un simple objeto comprado al azar.

Cuando retomó su trabajo, cortando las primeras carnes de la mañana, no pudo evitar hacerlo mientras la buscaba con la mirada una y otra vez, incluso sabiendo que ya se había marchado. El sonido rítmico del cuchillo golpeando la tabla se volvió irregular. Se dio cuenta tarde de que estaba apretando el mango con más fuerza de la necesaria.

Disfrutó como nunca que Darcey apareciera una mañana en la que no la esperaba, su corazón latió con fuerza cuando la campanilla de la puerta sonó anunciando su llegada, y aunque lograra en un principio disimular su encanto cuando interactuó directamente con la muchacha, sus pensamientos no pudieron detenerse cuando le tocó los dedos haciendo un contacto entre ellos, y peor aún, cuando le preguntó por su nombre y le sonrió al hacerlo.

La mayoría —si no es que todos— los trabajadores de Flesh & Feast Butchery conocían muy bien quién era Oliver Doliner. No solo porque se trataba de un cliente frecuente, sino porque era un chef reconocido en Northfield, uno de esos nombres que circulaban con facilidad entre quienes sabían de comida, dinero e influencia.

Oliver llegaba cada semana, siempre puntual y siempre exigente. Ordenaba grandes porciones de carne tanto para su restaurante como para consumo personal. Y siempre compraba allí. Flesh & Feast era el único lugar que consideraba digno de su paladar.

Y no era casualidad.

La carnicería era lujosa, exclusiva. Solo aquellos con suficiente dinero podían permitirse comprar allí con regularidad. La carne no solo estaba fresca y recién mutilada, sino que era servida con una precisión casi ceremonial, adaptándose a cada petición del cliente que se presentaba a comprar.

Cuando Oliver llegaba y se detenía a conversar con el señor Nitsche: uno de los carniceros más antiguos y quien manejaba gran parte del negocio, Benedict no podía evitar escucharlo hablar de su hija.

Escuchaba con atención cada palabra que escupía.

Oliver hablaba de Darcey con orgullo. De su belleza. De su futuro. De cómo la cocina era el único camino correcto para ella. Decía que sería una chef extraordinaria si seguía sus pasos. Que, con el tiempo, lograría ser una réplica exacta de él. Incluso mejor, y más atractiva, desde luego.

Benedict nunca terminaba de comprender por qué Oliver hablaba de su hija de esa manera. No era cariño exactamente. Tampoco admiración pura. Había algo posesivo en su tono, algo que le resultaba difícil de nombrar.

Sabía que Oliver poseía un restaurante conocido en Northfield, y que gracias a las ganancias de este su familia pertenecía a una posición acaudalada, que estaba casado y que al parecer tenía un matrimonio feliz con la madre de su única hija.

Muy distinto a él.

Pues, Benedict, muy al contrario de Oliver, era un hombre solitario, sin rastro de familiares cercanos, que vivía solo en un apartamento cómodo que no quedaba tan lejos de su puesto de trabajo.

Él, era un hombre que, realmente tenía habilidades bastante precisas para los cuchillos y los cortes, y aquello lo había llevado a ser uno de los pocos carniceros que habían logrado obtener dicho puesto en Flesh & Feast por su cuenta. Ya que, usualmente los demás carniceros habían sido contratados a través de recomendaciones de individuos prominentes, aparte de tener que probar sus capacidades como mencionada función.

MEAT. ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora