En una tarde nublada, mientras regresaba de una junta en la universidad, Darcey se detuvo frente a la carnicería.
Habían pasado varias semanas desde su desaparición repentina, desde aquella noche en la que todo se había salido de control. Y aun así, sin saber exactamente por qué, sintió el impulso de volver. No por la carne. No por su padre.
Por el carnicero.
Darcey no podía dejar de pensar en lo del otro día. Se sentía muy mal, avergonzada por haber atacado de manera tan violenta y descarada al pobre chico. Pero es que simplemente su intención nunca fue querer herirlo.
Al meno,s no a él.
Aun así, no se atrevió a entrar.
Se quedó a unos metros del establecimiento, dudando, observando desde la esquina, con las manos apretadas contra los costados del abrigo. Más que miedo, era una sensación de contención la que la detenía. Porque después de aquella noche, Oliver había sido claro.
No debía volver a hablar con el carnicero.
No sin su autorización.
Darcey quiso convencerse de que la prohibición no era más que un intento de su padre por evitar que se reviviera aquel episodio. Benedict había visto una de sus peores fachadas. Una violenta y peligrosa. Y Oliver era un hombre perfeccionista, muy cuidadoso con lo que lo rodeaba, por lo que no podía permitir que algo tan delicado escapara de su dominio.
Entonces permaneciendo en una esquina, fue cuando Darcey miró como Benedict salía de la carnicería con la cabeza agachada, mirando hacia abajo mientras caminaba. Naturalmente no llevaba puesto su delantal, sino una ropa muy normal. El tipo se veía tan tranquilo, descansado y despreocupado, tanto que el corazón de Darcey se estrujó al recordar lo que había pasado.
Sintió cómo el recuerdo de la navaja le quemaba la conciencia. Quiso acercarse de inmediato. Llamarlo. Decir algo. Cualquier cosa.
Y sin pensarlo demasiado, comenzó a seguirlo.
Durante todo el trayecto, Benedict no miró hacia atrás ni una sola vez. Caminaba como si nada importara, como si no temiera ser observado, como si el mundo no pudiera alcanzarlo. Aquello la descolocó.
Darcey aparcó el coche a un costado y decidió imitarlo.
Entró al establecimiento sin perderlo de vista, y lo observó a distancia para saber por dónde iría, y qué era lo que buscaba. Se preguntó por qué había salido de la carnicería solamente para comprar...
¿Verduras?
Darcey miró a Benedict tomar un gran tomate rojo, midiendo el tamaño de este con la palma de su mano para que poco después lo volviera a dejar en su lugar luciendo inseguro. La chica había quedado confundida por este hecho hasta que decidió acercarse, tomando una canasta y fingiendo meter algunos productos para no parecer tan inoportuna.
Pero su aroma, como era de esperarse, la delató al instante.
El delicioso olor a leche de coco con pétalos de jazmín atacó sin previo aviso el olfato del chico, y este no tardó en reconocerla. Los nervios asaltaron de inmediato el cuerpo de Benedict, se había quedado sin palabras, casi boquiabierto cuando alzó la mirada y se topó con la figura de Darcey observándolo.
—¿El tomate está malo? —le preguntó, vacilando. Con una sonrisa en su semblante que, para el pobre muchacho le fue imposible aguantarse.
Benedict le devolvió la sonrisa, y Darcey percibió como sus penetrantes ojos avellana se intensificaban. También se dio cuenta de un moretón y una pequeña en el cuello del muchacho que fue causado por la navaja.
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MEAT. ©
TerrorOliver Doliner es un chef de prestigio, conocido por su precisión, su disciplina y una obsesión inquebrantable por la perfección. Su legado tiene un único destino: su hija, Darcey, a quien ha moldeado para convertirse en su sucesora. Pero hay un pro...
