11. MARTIRIO.

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Mientras las oscuras orbes de Benedict seguían recorriendo la figura de Darcey bajo la pobre iluminación de las farolas que bordeaban la calle y el estacionamiento del restaurante, no pudo evitar que su mente se desviara hacia un único pensamiento persistente.

Matarlo

No era una idea repentina, ni un arranque de rabia pasajero. Era algo metódico. Lento. Como si su cabeza, por sí sola, comenzara a diseñar posibilidades.

Se preguntaba quién era realmente ese tal Rupert y a qué se dedicaba: si tenía familiares cercanos que se preocuparían por él si un día desaparecía de la nada. Incluso pensó en si se trataba de una persona importante, quizá con alguna empresa bajo su nombre o con un oficio prominente del cual dependieran más personas. En ese caso, justificar su ausencia sería más complicado. Un secuestro mal planeado siempre dejaba rastros.

Pero lo que más le carcomía la cabeza era una sola pregunta: ¿cómo había llegado ese hombre a conocer a Darcey Doliner?

Benedict obviamente se había dado a sí mismo la tarea de investigarlo más tarde, porque Darcey se había ofrecido a llevarlo a casa luego de aquella cena, y durante todo el tiempo que estuvo conduciendo, se disculpó por lo menos un par de veces más por lo ocurrido antes de que reinara el silencio.

Benedict sabía que ella se sentía apenada, disgustada y tal vez aterrada por la presencia repentina del hombre en su mesa. Así que simplemente asumió que, si él no tomaba las cartas en el asunto y se deshacía cuanto antes del peligro que podría representar la existencia de Rupert, su relación con la muchacha podría verse afectada de alguna manera.

Darcey condujo hasta llegar a la dirección que Benedict le había dado de su casa. Se estacionó a un costado de la calle y observó a distancia un pequeño complejo de apartamentos que se encontraba al otro lado de la acera. No era lujoso y muy al contrario, Darcey consideró que los apartamentos se veían bastante decentes por lo menos desde el exterior. Las paredes estaban pintadas de blanco, de estilo rústico con una fachada de madera, tenía dos pisos, con dos habitaciones en la parte superior y dos en la inferior.

—¡Benny! —llamó una señora que al parecer le esperaba. Estaba sentada en un banco que se hallaba en frente de las escaleras, con unas bolsas de plástico regadas a su alrededor.

Benedict suspiró, viendo a la anciana como si en parte le avergonzara como lo llamaba.

—¿Benny? Qué adorable...—susurró Darcey mientras la miraba, analizando cómo esta le sonreía a Benedict y lo saludaba con la mano— Al parecer tienes a alguien esperando por ti en casa, ¿es tu madre? —añadió conmovida por el pensamiento.

—No —respondió él, rascándose la nuca, evitando mirarla. Su tono había cambiado a uno más frío, desconcertante y confuso para la chica con la mención de una madre— Es mi vecina. Tiene problemas con sus rodillas. A  veces la ayudo con las compras. —se excusó señalando la puerta en la que vivía.

—¿En serio? Eso es muy generoso de tu parte, Benedict. —discrepó Darcey, con una sonrisa dibujada en su semblante y contemplando como el chico se sonrojaba ante su intensa observación— Pareces ser un buen chico.

Un buen chico que la amaba tanto como para matar por ella, sin necesidad de que esta se lo pidiera directamente. Porque de eso se trataba el amor, ¿no? De sacrificio. De decisiones difíciles. De proteger a quien amas incluso de aquello que ella misma no puede enfrentar.

Benedict, siempre prefería quedarse con parte de ese específico concepto.

Esa noche, Darcey se disculpó una última vez por lo sucedido en el restaurante y Benedict solo pudo agradecerle por haberlo invitado a comer. Terminó despidiéndose mientras se dirigía hacia la anciana que aguardaba por él, para ayudarle a subir con las compras que había hecho a su vivienda. Y Darcey se mantuvo expectante ante los movimientos del muchacho asegurándose de que este dijera la verdad antes de retirarse.

MEAT. ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora