Benedict había fallado rotundamente.
Su descuido le provocó un ataque de pánico que lo alteró de sobremanera. Darcey probablemente se había espantado con lo que había visto en aquella alcoba llena de fotos suyas y un hombre ensangrentado con los tobillos quebrantados descansando en el piso de esta.
Entonces Barlowe pensaba, ¿qué pasaría si la mujer que le gustaba iba con la policía y lo denunciaba? Sus manos temblaban y de repente, comenzó a sudar.
Trataba de calmarse, claro, pensando en que era una equivocación, y que Darcey no lo denunciaría si ya había visto los restos humanos la vez anterior. Además, su padre también le había pedido costillas que pertenecían a un ser humano pero, ¿y si todo se trataba de un mero plan para inculparlo?
El chico se asomó por la puerta del cuarto oscuro luego de encerrarse por completo dentro de su apartamento durante la tarde restante. Se paró frente al sujeto con un gran cuchillo en la palma de su mano, hallándose nublado con intenciones de descuartizarlo en pedazos como solía hacerlo con los animales que llegaban a su puesto de trabajo.
¿Por qué mierda tuvo que hacer ruido? Había algo que le causaba repugnancia, algo que no le sentaba del todo bien y lo desequilibraba de toda la situación presentada.
Tenía a su disposición a Duncan Schmidt encorvado en posición fetal sobre el gélido piso con una expresión de horror reflejado en sus ojos. Benedict sabía que el sujeto había reconocido a Darcey y que por eso aumentó sus sollozos para captar su atención, tal vez pensando que ella lo rescataría.
Duncan temblaba por el frío pero ya no suplicaba, sus ojos estaban entreabiertos porque todavía andaba decaído debido al golpe anterior. La sangre aún brotaba de su herida pero es que el tipo simplemente no fallecía, solo se quedaba inconsciente por unas horas y luego despertaba.
Benedict se rascó la nuca con la mano que permanecía libre y se puso a pensar qué haría. Maldecía porque Darcey lo había descubierto, y probablemente pensaba que era un enfermo, un loco de remate. Un monstruo.
Y sin embargo, Benedict apretó la mandíbula.
Ella no iba a entender —se decía— los sacrificios que se hacen por amor. No iba a entenderlo como él lo entendía.
Una parte de Benedict quería matarlo allí mismo, por haber tocado a Darcey, por haberla seguido, por haberle hablado con esa voz de dueño. Pero después del descubrimiento... dudaba. Dudaba por primera vez, no porque le faltara fuerza, sino porque le faltaba plan..
Temía que Darcey ya lo tuviera tachado, sin embargo, si no lo mataba probablemente Duncan la seguiría molestando.
Contando con suficientes fuerzas para matar a aquel tipo, Benedict debía admitir que no tenía un plan exacto que lo respaldara en ese caso. Deshacerse de un cuerpo en casa era trabajo sucio y largo. Cortarlo en su cocina implicaba sangre en paredes, ropa empapada, horas de limpieza. Implicaba el riesgo de una visita inesperada, una vecina, un golpe en la puerta, cualquier cosa mínima que lo delatara.
Llevarlo a la carnicería parecía mejor, pero era peor: porque sería demasiado expuesto. Con el señor Nitsche merodeando, los horarios, los demás trabajadores... y esa idea que le mordía el orgullo: un cazador, si se descuida, termina cazado.
Joder, cómo existían tantas discrepancias en el plan de Barlowe que suspiraba pesado al idearlas una vez más.
Rupert Dwight y Duncan Schmidt eran el mismo tipo de persona asquerosa, ambos se interesaban por mujeres mucho más jóvenes para tener sexo, y si estas se negaban, ellos las acosaban. Pero es que este último era mucho más mayor que Rupert y contaba con más influencia, con gran reputación, con familia e hijos, y un trabajo importante a su disposición. También conocía a Oliver desde antes del restaurante.
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MEAT. ©
HorrorOliver Doliner es un chef de prestigio, conocido por su precisión, su disciplina y una obsesión inquebrantable por la perfección. Su legado tiene un único destino: su hija, Darcey, a quien ha moldeado para convertirse en su sucesora. Pero hay un pro...
