14. HALLAZGO.

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Tragando duro al ver como Darcey se paseaba por su apartamento, algo que llamó la atención de Benedict fue un enrojecimiento que se esparcía por el brazo diestro de la chica, y aunque al principio le pareció sospechoso, Benedict optó por no mencionarlo todavía.

Sus pensamientos estaban lejos. Perdidos en un universo alterno donde solo existía ella: su vestimenta, su cabello, su sonrisa. Cada mísero detalle de la hija de aquel gran chef le arrancaba un suspiro profundo.

Le encantaba.

Y, al mismo tiempo, le aterraba que Darcey se encontrara allí, en su casa.

—Ven, siéntate aquí. —Darcey palmó la superficie de terciopelo que pertenecía a una pequeña silla que poseía el chico, y este obedeció sin siquiera pensarlo.

Benedict obedeció sin pensarlo. Se sentó de inmediato, observando cómo Darcey sacaba de su mochila algunas pastillas y las dejaba a un lado. Al notar que la mirada del muchacho se detenía en ellas, solo le regaló una sonrisa antes de continuar.

Luego sacó un botiquín de primeros auxilios. De él extrajo gasas, antisépticos, una venda y otros materiales. Los dispuso con cuidado, casi con la misma meticulosidad que usaba al cocinar. Entonces comenzó a quitarle la venda que cubría los dedos de Benedict.

Lo hizo despacio.

La herida aún parecía reciente y, conforme avanzaba, los quejidos ahogados del carnicero empezaron a escaparle sin querer.

Darcey dio un vistazo más dedicado a la herida, notando que era profunda. Los tres dedos zurdos del hombre: el dedo índice, del corazón y el anular tenían una cortada delicada. Así, con tal vistazo, sumergió la gaza en una sustancia que Benedict desconocía para así poder pasarlo por los cortes, limpiándola. Poco a poco la fémina se mantuvo limpiando y tratando los dedos con cuidado.

La paciencia con la que lo hacía era admirada por Benedict, quien a pesar de estar experimentando dolor, estaba sumido en la belleza de su clienta preferida.

Tras terminar vendando los dedos nuevamente, Darcey terminó de ordenar sus cosas en un silencio que no era para nada incómodo sin siquiera cuestionar.

—Tu brazo... —mencionó Benedict al no poder aguantar la curiosidad tras ver el enrojecimiento de la muchacha más de cerca, pues se dio cuenta de que eran ronchas.

Con su mención a aquello, una mirada atenta de Darcey le llamó la atención, pues esta volteó a verlo casi de inmediato con el entrecejo fruncido. Luciendo extrañada, bajó la mirada a sus brazos viendo las marcas rojas y elevadas, que se esparcían en varios tamaños, algunas más grandes que las otras.

—No es nada grave...yo-

—¿Tampoco es nada? —siguió cuestionando Benedict haciendo ilusión a las mismas palabras que la muchacha había utilizado con él cuando vio su mano.

Pero es que ella, en lugar de sonreír como de costumbre solo intentó vagamente evadir el tema, excusándose con que las ronchas era algo genético que le aparecían cada cierto tiempo como si sintiera algún tipo de vergüenza.

Sin insistir, Benedict se levantó y fue hasta el refrigerador. Con cuidado de no dejar nada fuera de lugar, sacó un pequeño frasco con un gel viscoso y regresó a sentarse junto a ella.

—Esto te puede ayudar. —dijo, y aunque Darcey dudó al principio, no lo cuestionó — Me ayudó cuando cogí alergia a algunas plantas.

Aquel se trataba de un particular remedio casero hecho son sábila que le hacía la señora de los apartamentos de arriba. La misma que Benedict ayudaba con sus compras y que no había visto en semanas.

MEAT. ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora