7. COSTILLAS.

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Muchas personas disfrutaban de la comida.

De un buen hígado de res encebollado acompañado de puré de papa o arroz blanco. De platos más tradicionales como el shepherd's pie, un solomillo Wellington, un estofado de cerdo lento y espeso. O quizá, de un trozo de carne asada a cocción bleu, apenas sellado, para que el líquido rojizo brotara al partirlo con un cuchillo afilado.

Este último, de hecho, era uno de los platos más solicitados en el restaurante de Oliver Doliner.

Los comensales lo describían como un deleite absoluto: la textura casi viva de la carne, la forma precisa en que era cocinada, su aroma intenso y, sin lugar a dudas, su sabor. También hablaban de su presentación impecable, del modo en que reposaba sobre el plato, de los acompañamientos cuidadosamente elegidos.
Y aunque se tratara de un platillo que podía encontrarse en cualquier otro restaurante respetable, la gente insistía en pedirlo allí.

En el Exquisite Palate.

Restaurante de los Doliner.

Muchos veían a Oliver como un hombre impecable y triunfante, con una familia perfecta, un matrimonio sólido que había durado años y una hija hermosa que seguía sus pasos con disciplina. Desde afuera, cualquiera imaginaría que aquel restaurante era una fuente inagotable de delicias y ganancias.

Pero  la realidad estaba un poco más distorsionada.

Por supuesto que, era verdad que el restaurante de los Doliner nunca se hallaba desierto. Siempre solía tener clientes nuevos y no era una sorpresa si se mencionaba que a veces ni sillas sobraban para que la gente se sentara. Sin embargo, aquello no era suficiente para el dueño, porque él siempre quería más.

Oliver era un hombre dominado por la avaricia que ciertamente, no debía quejarse por lo que obtenía. Su vida era el resultado de su arduo trabajo de años y lo sabía. Aunque, de todas formas Oliver no se permitía sentirse satisfecho. Para él, la satisfacción era una forma de estancamiento.

Darcey, por su parte, se aseguraba de ayudar a su padre en el negocio cada vez que podía. A veces asistía como camarera, en otras supervisaba a los cocineros probando algunos de los platillos antes de ser servidos, y de vez en cuando controlaba las ganancias. Aunque esta última no sucedía con frecuencia, pues su padre prefería mantener el control de esto.

La gente describía a Darcey como una joven muy tranquila, amable y todo un encanto.  Su sonrisa era suficiente para conquistar a muchos consumidores, y su trato delicado lograba que incluso los clientes más exigentes se sintieran cómodos con su acompañamiento. Incluso, algunos hombres mucho mayores que ella, se permitían miradas prolongadas, comentarios fuera de lugar, e intentos torpes de cercanía con la intención de sobrepasarse.

Oliver estaba consciente de lo que sucedía, pero realmente no le importaba. Pensaba que, después de todo, era un beneficio. Porque, si la gente se sentía tan bien con la presencia de su hija, entonces seguirían viniendo por ella.

Era entonces un jueves por la mañana, habían pasado cinco días desde aquella noche. Una noche cuando el Sr. Nitsche le había dejado a Benedict la tarea de cortar cerdos y terneras, además de tener que hacerlo bajo la contemplación de un chef muy renombrado como lo era el señor Doliner y su hija, por quien aquel carnicero había estado desarrollando sentimientos por el más vago toqueteo.

Era como si el mismo ciclo obsesivo que tenía se estuviera repitiendo, pero algo en Benedict insistía y le decía, que con Darcey sería diferente.

Y es que Benedict no podía dejar de pensar en aquel suceso, como Darcey se había alejado de su padre mientras este dialogaba, y se había acercado a él para hablarle aunque fueran dos palabras. Le fascinaba pensar que ella lo había puesto como prioridad, aproximándose para admirar su trabajo.

MEAT. ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora