Un cálido sábado por la tarde, Benedict se hallaba en la carnicería como de costumbre. Cortaba las carnes restantes para tenerlas listas y que los clientes de aquel día no tuvieran que esperar tanto por ellas cuando pidieran, pues no le gustaba dejar esperando a los clientes durante mucho tiempo.
Los horarios de la clientela variaban de forma impredecible, dependiendo del día, la fecha y hasta del clima. A veces llegaban temprano, apenas abrían las puertas; otras, una marea de personas aparecía cerca del mediodía. También estaban aquellos que preferían pasar por la tarde, buscando las últimas porciones disponibles antes del cierre.
Vacuno, porcino, cordero, lomo. Despojos. Cortes específicos. Las manos se extendían con ansiedad al otro lado del mostrador. Flesh & Feast Butchery vendía, y mucho. Sería una falacia decir lo contrario.
Además de la clientela habitual, varios cocineros encargaban grandes cantidades para sus negocios. Pedidos regulares, constantes.
Y Benedict conocía ese flujo como la palma de su mano.
Aun así, ese sábado su atención estaba en otra parte.
Esperaba.
Desde hacía semanas, se había vuelto una costumbre que Darcey Doliner apareciera cada miércoles y cada sábado. A veces con su padre. A veces sola.
Benedict lo sabía. Tanto, que había comenzado a intercambiar turnos con otros empleados para asegurarse de estar en el mostrador cuando ella llegara. Pero aquella tarde, entre todos los clientes que entraban y salían, la persona que realmente esperaba no se hacía presente.
Eso lo inquietó.
No era común que los Doliner faltaran.
—Benedict, ¿puedes hacerme un favor? —fue hasta que se le acercó el Sr. Nitsche a pedirle si podía seccionar cinco cerdos y dos terneras que acababan de llegar, que el muchacho se distrajo de sus ansias.
Tras dicha petición, Benedict naturalmente no se negó, pues los cortes y el desmembramiento eran su talento.
—Hoy no es día para recibir pedidos, ¿no? —cuestionó Benedict a su jefe mientras le seguía.
—No, pero ya sabes quien encarga estas cantidades cada semana. —bufó el señor.
Benedict no necesitó que se lo aclararan.
Caminaron hacia la parte trasera de la carnicería, atravesando el amplio espacio donde se preparaban las carnes y las máquinas permanecían en reposo. Bajaron unas escaleras que conducían al almacén, un lugar frío y húmedo donde reposaban los cuerpos aún intactos.
Benedict reconoció a los animales de inmediato. Eran frescos. La sangre aún chorreaba, manchando el suelo. A diferencia de otros, no estaban congelados. Olían a crudo reciente.
—Los trajeron hace un momento —reiteró el señor Nitsche— Creo que el señor Doliner los quiere para hoy. ¿Crees que puedas terminar? Te pagaré el doble las siguientes horas.
Y es que con aquella oferta, ¿quién se iba a negar?
Benedict no se tardó en iniciar, cambiándose su delantal para luego colocarse guantes y demás prendas que debía usar, pues era el único que sabía cómo cortar para Oliver, aparte de su jefe. Este, como era de costumbre, quería los animales perfectamente seccionados, la piel retirada junto a la grasa, las patas y perniles separados, las vísceras fuera, las costillas limpias, y cada sección principal debía ser cortada en piezas pequeñas siguiendo las técnicas adecuadas.
Sin duda alguna, era un proceso que tomaba tiempo, y Benedict, que era un aficionado en su trabajo, debía hacerlo estupendo.
Así se pasó el joven muchacho durante las horas restantes. Cuchillos grandes y afilados descendían una y otra vez. Descuartizó cerdos y terneras con paciencia y cuando levantó la vista, ya era de noche.
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MEAT. ©
HorrorOliver Doliner es un chef de prestigio, conocido por su precisión, su disciplina y una obsesión inquebrantable por la perfección. Su legado tiene un único destino: su hija, Darcey, a quien ha moldeado para convertirse en su sucesora. Pero hay un pro...
