Unos quejidos adoloridos resonaron por toda la casa de Barlowe. El hombre que había secuestrado se hallaba en el cuarto oscuro, y sollozaba confundido al no saber qué hacía allí metido. La cabeza le martillaba con una violencia insoportable; era, sin duda, el peor dolor que había experimentado en sus cincuenta y ocho años de vida. Tenía las manos atadas a la espalda y la sangre, ya seca, le teñía parte de la oreja.
Duncan había permanecido inconsciente durante toda la noche. Seguramente se quejaba por dentro porque Benedict decidió dejarlo tirado en una pose bastante incómoda durante todo el rato, estando desnudo sobre el piso helado. No podía imaginarse cómo es que alguien podría haber dormido tan tranquilo sabiendo que había secuestrado a alguien y que lo había dejado encerrado en la habitación de al lado.
El hombre tenía los ojos bien abiertos cuando despertó en el rincón de la habitación. Sus pies estaban atados, y también se hallaba amordazado. Intentó removerse como un gusano en un pobre intento de liberarse bajo la opaca iluminación escarlata que lo rodeaba. Hasta que alzó la mirada y se encontró con varias fotos colgadas y adheridas a la pared de la alcoba.
Eran retratos de mujeres que no reconocía, muchas captadas desde la distancia: caminando, entrando a edificios, detenidas en espacios públicos. Imágenes robadas. Vigiladas.
Y entre todas ellas, reconoció varios rostros.
Darcey Doliner.
Sus fotografías eran las que más predominaban. Eran las más numerosas. Las más cuidadas. Aquello no dejaba lugar a dudas: era ella de quien Benedict estaba obsesivamente enamorado. Al bajar un poco más la vista, Duncan distinguió algo que terminó de quebrarlo.
Huesos humanos esparcidos entre cajas y superficies metálicas. Fragmentos blanquecinos, imposibles de confundir.
El terror lo invadió por completo. Gimió con súplicas ahogadas, sacudiéndose con violencia inútil. No sabía dónde estaba. No sabía quién era aquel hombre. Solo veía rostros femeninos colgados con ganchos en la oscuridad.
De repente, escuchó unas pisadas que se acercaban a la puerta, y una voz que no reconocía. Entonces suplicó con exageración, pensando que quien sea que se hallara al otro lado de la puerta sería su salvador.
Pero, obviamente, se equivocó.
Benedict abrió la puerta y con suma indiferencia lo observó tirado en el suelo. Por más que el chico aparentara tener las cosas bajo control absoluto, la realidad era completamente distinta a lo que parecía.
Estaba realmente preocupado y en parte, nervioso. Tenía a un hombre encerrado en un cuarto dentro de su casa que acababa de despertar. Y aunque, su plan era así desde un principio, su impulso por salvar a Darcey de un acosador más que se atrevió a tocarla, había llegado lejos.
Pero recordaba, una vez más, que todo lo que hacía era simplemente por amor.
Se supone que era amor.
—Buen día, ¿dormiste bien? —Benedict preguntó, adentrándose con un martillo grande y pesado sujetado en su mano.
Schmidt decidió mantener el silencio, pero no dejaba de temblar, estaba claro que temía por su vida hasta el punto de orinarse encima. Benedict se agachó frente a él con intenciones de quitarle la mordaza, aunque antes de hacerlo lo pensó un rato porque si se lo quitaba probablemente el hombre gritaría, y sus vecinos podrían oírlo.
Mientras Duncan estaba inconsciente, Benedict se dedicó a investigarlo más a fondo, percibiendo su identificación e indagando el teléfono del tipo. Confirmó que las llamadas insistentes que recibió Darcey aquella tarde efectivamente le pertenecían a su número. Luego, intentando investigar los mensajes que se enviaban él y Darcey, este notó que el chat de ambos siempre era vaciado. Además de que no tenía a Oliver Doliner agregado como contacto.
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MEAT. ©
HorrorOliver Doliner es un chef de prestigio, conocido por su precisión, su disciplina y una obsesión inquebrantable por la perfección. Su legado tiene un único destino: su hija, Darcey, a quien ha moldeado para convertirse en su sucesora. Pero hay un pro...
