4. CARNICERO.

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Las comidas de los días siguientes no resultaron tan deliciosas ni apetitosas como Oliver insistía en creer. Para Darcey, los platillos habían perdido cualquier posibilidad de sorpresa. A diferencia del resto, ella seguía observándolos desde una perspectiva distante, casi ajena, donde la comida permanecía insípida, incomible y sobre todo, aburrida. El olor, que alguna vez había sido capaz de despertar hambre, comenzaba a resultarle indiferente.

Incluso molesto.

Cuando debía preparar carne, ya no era como antes.

Su padre seguía siendo duro con ella. Su soberbia, mezclada con un deseo irrefrenable de perfección, lo llevaba a exigirle más cada día y Darcey lo sabía. Vivía bajo esa presión constante.

Mientras tanto, ella apenas comía verduras, pescado y, en raras ocasiones, pollo. Todo lo demás, la carne roja, los cortes crudos, los cuerpos abiertos, seguía apareciendo frente a ella como una imposición inevitable.

Con el paso del tiempo, incluso esos alimentos que toleraba comenzaron a dejarla insatisfecha.

No era la primera vez que se sentía así. La sensación le resultaba extrañamente familiar, incluso cuando no lograba recordar con claridad cuándo había ocurrido antes.

Y aquello la inquietaba.

Tal vez —pensó— el problema no era la comida en sí, sino la manera en que la preparaba.

Quizá necesitaba un ingrediente distinto. Un condimento nuevo. Algo que cambiara el sabor de los platillos y, con ello, devolviera un mínimo de interés a su paladar.

Días después, Darcey recibió una invitación para asistir a la casa de un compañero de la universidad. Él sabía perfectamente quién era su padre, y como muchos otros, no perdió la oportunidad de pedirle un favor. Había organizado una asamblea esa misma mañana y quería que ella cocinara una buena carne asada para los invitados.

—¿Te vas tan temprano? —le cuestionó su padre, expectante. Observaba a su hija recoger sus cosas con un apuro que le parecía innecesario.

—Me pidieron llegar por lo menos dos horas antes. —respondió ella, evitando mirarlo mientras tomaba las llaves del coche.

Oliver la observó unos segundos más, pero no dijo nada mientras la veía retirarse.

Darcey vestía de manera delicada, casi elegante. La ropa, femenina y cuidada, contrastaba con su tez clara y su cabello oscuro. Tras aparcar el coche a un lado de la calle, caminó por la acera con paso decidido.

Y es que aquellas dos horas de anticipación no eran más que una excusa. Porque su verdadero destino estaba en otro sitio.

Darcey sabía que, si Oliver descubría que había hecho una parada innecesaria antes de llegar a la casa de su compañero, tendría que dar explicaciones. Y no estaba dispuesta a hacerlo. Su padre era protector, minucioso con su propia familia, y su vigilancia se intensificaba cuando se trataba de su única hija.

A tempranas horas de la mañana, Darcey atravesó la puerta de la carnicería.

El sonido de la campanilla resonó con claridad. Sus zapatillas dejaron una huella leve en el suelo pulido, y su perfume suave, dulce e inesperado impregnó el aire del establecimiento provocando que su presencia alertara de inmediato a los empleados.

—¡Buenos días señorita! —la saludó el mismo hombre mayor que la había atendido junto a su padre días atrás. Se acercó con una sonrisa entusiasmada—. No puedo creer que la hija del señor Doliner se encuentre aquí. ¿Cómo está Oliver?

—Él se encuentra bien. —le contestó la muchacha.

—Ah, de verdad te pareces mucho a ese hombre. Pronto serás justo como él. —dijo, haciendo referencia a su progenitor y su preponderante posición—. Una gran chef, como tu padre.

MEAT. ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora