XI

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Habían conseguido salir de la ciudad y el oficial aun no era capaz de hallar un dial adecuado para ambientar el viaje, por lo que al notar sus frustrados intentos, el mayor se vio en la necesidad de interceder, como ya le era habitual.
‒Puedes conectar mi teléfono y elegir de las listas que tengo en favoritos ‒habló, mostrándole su móvil. Aquel que Hughes tomó sin prisa, mostrando una mejorada expresión en el rostro‒ O poner lo que quieras. Los datos están encendidos ‒agregó.
El menor se disponía a escoger dentro de las más de 10 carpetas que tenía en la sección “Tracks for travelling”, cuando un apartado con el enunciado “Old times” desvió su atención y consiguió hacer que le dé en reproducir sin más.


‒Yo… iré a dormir… ¡Buenas noches! ‒Hughes, luego de bajar del auto, ya en el garaje, volviéndose dentro de la mansión, sin esperar al mayor.
‒Claro, descansa… ‒respondió Larsen sin poder verlo, sobándose la nuca.
Suspiró en lo que quedó solo en el garaje, cerrando los ojos para luego coger su teléfono y verlo con recelo “Creí haberle puesto contraseña… Maldito traidor” pensó bufando para ingresar a la casa sin más rodeos. 
‒¿Qué tal fue la noche? ‒lo recibió Radiel en el interior de la mansión, recibiendo su abrigo para colgarlo.
‒Todo fue muy bien… Fuimos a beber, nos robaron, recuperamos el auto… ‒comentó haciendo gestos indiferentes, y luego se detuvo para ver escaleras arriba antes de regresarse‒ ¿Por qué demonios esas carpetas no tienen contraseña? Acabo de sobrevivir el peor de los viajes ‒sobándose el rostro internamente avergonzado al recordarlo.
‒“Esas carpetas” ‒repitió Radiel viéndolo en desconocimiento‒ No sé a cuales se refiera pero tuvo un incidente hace poco, tuvo que cambiar su móvil, quizás tenga alguna relación.
‒Demonios… Lo había olvidado… ‒chasqueando su lengua, acabó por dirigirse a su habitación, siendo seguido hasta el interior de esta por Radiel.
‒Hay novedades con respecto a la mercadería, ya se las han llevado fuera y están preparadas para ser entregadas luego de la fiesta.
Mientras oía, el mayor entró al cuarto de baño para asearse y cambiarse a ropas de cama.
‒El oficial ya ha recibido las noticias, están revisando los muelles y están comenzando los disturbios.
Para cuando volvió a salir, Larsen ya se encontraba en su pijama de seda azul, y detuvo su paso un momento en el arco de la puerta, pensando en aquello. Le resultaba muy fácil olvidar todo en lo que estaba trabajando cuando estaba con Hughes, algo tan agradable como desventajoso, de lo que estaba consciente desde que había decidido cuidarlo en su casa.
‒¿Aun quiere hacerlo de esta manera?
La pregunta de su ayudante hizo que alzara su mirada a verlo por un momento, pero no fue hasta un momento después que respondió, cuando toda sombra de aquella expresión animada de antes se desvaneció de su rostro.
‒No hay otra ‒avanzó a la cama y se sentó, teniendo aun algo en mente que lo hizo recorrer los muros de su habitación detenidamente‒ Revisa nuestro plan de salida, quiero largarme de aquí tan pronto como termine.
Haciendo un leve asentimiento, aunque no fuera visto, el ayudante se dirigió a la puerta, pausando su paso antes de abrir.
‒¿Y el sr. Hughes…? ‒al no oír respuesta ni un intento de ella de la figura de Larsen, acabó por abrir para retirarse‒ Que descanse.


Mientras tanto, en su habitación, Hughes yacía encerrado en el baño con las luces apagadas y su torso desnudo, enfrentando el amarillento azulejado que cubría el cuarto y de espaldas al espejo que reflejaba una pequeña cicatriz en tajo, del lado lumbar derecho cerca de la costura de sus jeans. 
“Así que él también las ha conservado” fue el único pensamiento que pareció nublar aun más sus sospechas sobre la mafia en la que su viejo amigo parecía estar inmerso.
El timbre de un mensaje de texto logró hacerlo desviar su atención al celular que, ahora, brillaba en el bolsillo de su chaqueta colgada de un gancho en la pared.
>>Has conseguido algo?>>
Leyó, volviendo a ver el nombre del remitente. Pasó una mano por su rostro observando la pantalla por unos minutos, dispuesto a responder cuando recibe otro mensaje del mismo.
>>Lamento molestar a estas horas de la noche. Espero tu recuperación esté yendo bien...>>
El oficial dudó unos instantes, hasta que se decidió por contestar.
<<Nada aun. No te preocupes, estoy mejor. Creo que deberíamos hablar, necesito aclarar algunas cosas<<
>>Pensaba lo mismo. Nos vemos mañana, a las nueve, en el muelle>>
<<Ahí estaré<<
Hughes apagó el móvil y cerró los ojos.
Sabía que probablemente podría ser su último día, pero aun así debía intentarlo, estaba en su naturaleza. Su bendita naturaleza de oficial correcto y persona justa. Aquella que a veces deseaba pasar por alto, pero simplemente terminaba volviendo a ella.
“Eres igual que tu padre, muchacho. Eso lo llevarás en la sangre, siempre”
“Siento que no es tan favorable después de todo” el oficial esbozó una leve sonrisa ante el recuerdo de su abuela paterna sirviéndole té, mientras argumentaba porqué él era tan terco. Incluso con cuestiones simples como lo fue en aquella ocasión, en que el abuelo le había prometido mostrarle sus caballos si el podaba el césped por un año. Algo que le pareció totalmente ridículo e injusto, por lo que habían montado una no tan divertida discusión, llegando a la conclusión de que el bastón de la abuela era más poderoso de lo que pensaban.


Las espesas cortinas de la habitación prohibían el paso del sol a su habitación y debido al ajetreo que había tenido en aquellos días, nada lo despertó hasta que había pasado media mañana.
Sus ojos se abrieron con una pesadez a la que estaba acostumbrado desde hace ya mucho, cuando los sueños parecían mucho más agradables que despertar, y en parte se lo concedía al estar tan cerca del tan ansiado fin.
Para cuando salió de su habitación, se encontraba luciendo algo más casual que su vestimenta usual, listo para pasar el día en casa y para ignorar el desafortunado evento que había sucedido en el auto la noche anterior, pero para su sorpresa, solo Radiel se encontraba en la cocina cuando llegó.
Recorriendo casualmente con la vista los alrededores, solo se dirigió a servirse algo de café y tomar la bandeja de desayuno que le habían reservado.
‒El Sr. Hughes salió temprano en la mañana.
‒¿Qué?
Dejando la comida sobre la mesa sin sentarse aun, se regresó al otro con una expresión de reproche.
‒Usted dijo que no evitara que saliera si quisiera hacerlo ‒aunque su atención se mantuvo en lo que se encontraba preparando, se detuvo para coger su móvil de su bolsillo, continuando antes de que el otro pudiera reclamarle‒ He enviado a alguien para que lo siga ‒agregó acercándoselo con una foto en pantalla.
Larsen cogió el celular y se mantuvo viendo la imagen por un momento, frunciendo algo el ceño al ver quien acompañaba al oficial, aunque tan pronto alzó su mirada nuevamente ya había corregido su expresión, soltando una exhalación más profunda.
‒Bien hecho… Démosle pase libre ‒sentándose finalmente, alzó su taza para darle un sorbo‒ Que nos avise cuando Hughes vaya a regresar y ten preparado el auto, nos iremos de paseo. Debe parecer que salimos con prisa.
“Tan obstinado como siempre”.


Había hecho unos cuantos metros cuando la sensación de alguien siguiéndole lo hizo desviarse del camino, y dirigirse a la parte céntrica de la ciudad, consiguiendo descubrir quién era el sospechoso gracias a los vidriales de las cuadras vecinas.
‒Oye tú ‒el muchacho que se hallaba ahora viendo en todas direcciones al perder de vista al oficial, se volteaba algo sobresaltado‒ ¿Quién te mandó? ‒Hughes yacía apoyado en la terminación de una vidriera, de brazos cruzados, con un pie en el asfalto y otro en la pared.
Al no obtener respuesta, Hughes se adelantó para sacar unas esposas del bolsillo.
‒Entonces, me temo que tendré que arrestar por acoso a entidad oficial…
‒Espere… ¿Oficial? ¡Maldición! ‒en menos de un parpadeo, el joven se perdió entre la multitud.
“¿Cámaras y ahora esto? ¿Por qué me sorprendo?” pensó para sí negando con la cabeza, retomando su camino rápidamente.
Al llegar, un hombre alto, avejentado, pero bien conservado, canoso, de lentes y ropa de oficina, lo esperaba.
El oficial se adelantó hasta quedar a un par de metros de distancia detrás del hombre.
‒Llegas tarde ‒la voz rasposa del Jefe oficial Doe pareció resonar junto con las olas que golpeaban la base del muelle.
‒Pero llegué ‒soltó Hughes clavando su mirada en la nuca del contrario.
Se oyó de pronto una pequeña risita escabullirse de los labios del mayor para, seguidamente, verlo voltearse.
‒Me alegra ver que se ha recuperado, oficial ‒el hombre quedaba ahora enfrentando a Aghat, con las manos en los bolsillos, sonriendo.
‒¿Oficial? ‒repitió escéptico antes de esbozar una sonrisa y acortar distancias para estrechar al otro en un abrazo, que fue correspondido con igual animosidad por quién, mas que su jefe, veía y era como un padre.
‒Creí que lo siguiente que sabría de ti sería tu renuncia ‒oyó al separarse, recibiendo algunas palmaditas fraternales.
‒Renuncia… ‒esta vez su tono fue acompañado de una expresión de gracia‒ No me reporto algunos días ¿y ya duda de mí?
El jefe se mofó y negó. ‒No muchos pasan por lo que tú y deciden convertir su tortura en una oportunidad para obtener información, no hay manera de que dude de ti… Solo estaba preocupado por ti ‒remarcó volteándose para comenzar a caminar, aunque esperando con su paso a su acompañante.
Aquellas palabras hicieron que la imagen de la mansión apareciera en la mente del oficial, arrastrándolo por el amplio y tranquilo jardín en el que disfrutaba las tardes, asi como en las dos únicas personas que había tenido por compañía, y sin siquiera notarlo, negó levemente con su cabeza.
‒Probablemente este más seguro allí que en ningún otro sitio.
‒Es por eso… Los lugares que pueden hacerte bajar la guardia de ese modo, pueden ser los más peligrosos ‒comentó el mayor de los dos, llevando sus brazos tras su espalda al volverse a Hughes, quien había cesado su paso‒ Aplica también a las personas…


‒¡Étaín! ‒demasiado centrado en el tema que lo había estado presionando todo el camino de regreso, el oficial ni siquiera notó la ausencia de Radiel, quien hasta ese momento, siempre parecía aparecer para recibirlo.
Sus pasos lo llevaron con pasos apresurados y firmes hasta la biblioteca luego de no encontrar en los alrededores a quien buscaba, pero tampoco allí lo encontró.
“‒Nos hemos enterado por nuestros agentes que se ha perdido ya demasiada mercancía. Si la hubiéramos confiscado nosotros sería otra cosa, pero se estan acusando entre ellos… Esto podría terminar en un problema que no podremos manejar…” Las palabras de su mentor se repetían en su cabeza dándole más impulso a su búsqueda, hasta que cayó en cuenta y entonces, sin ninguna dubitación, se dirigió a aquella habitación.
“‒Todo parece muy bien calculado, tú eras el que más cerca estaba de descubrir quién estaba detrás de una de las más grandes organizaciones y de repente, estás fuera del camino. Sé que no eres tan tonto como para no haberlo pensado.
‒Él fue quien me sacó de allí…
‒¿Y cómo sabes que él no fue quien te puso allí para empezar?”
Solo detuvo su paso cuando estuvo frente a esta.
Su pulso acelerado y respiración inaudible necesitaban normalizarse.
Observó esta, a la altura de sus ojos, como intentando ver tras de sí, y se repitió en mente, que lo que hacía tenía un fundamento valido.
Tomó el picaporte, al igual que una buena inspiración para exhalar seguidamente de un seco y abrirla.

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