19. BANQUETE

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THE FLESH FEAST II

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THE FLESH FEAST II.
El banquete está servido.
Come.



Mayo. 2004. 18:30

Margareth Doliner se encontraba en su habitación del segundo piso. La misma que compartía con su esposo en aquellos años. Era apenas el atardecer a las seis y media de la tarde cuando se hallaba sentada frente a su tocador de color blanco que su esposo le había comprado.

Se admiraba frente al espejo mientras se tocaba un mechón de su cabello ondulado y vestía un elegante vestido también de un color blanco. No traía maquillaje, pues su esposo consideraba que ya era lo suficientemente bella tal y como estaba.

Sin embargo, mientras más tiempo se miraba, más imposible se hacía ignorar aquello que el espejo no perdonaba: los pequeños moretones alrededor del busto y el abdomen. Marcas discretas, casi estéticas en la distancia, pero demasiado reales cuando la luz del atardecer las tocaba. Mordidas. Recuerdos de encuentros que, bajo otros ojos, habrían sido ternura...

O propiedad.

Con tantas sesiones de ardor para mantener un matrimonio candente, Margareth había tenido una hija. Una pequeña  niña que tenía sus ojos, así como su dulzura y amabilidad, y que al mismo tiempo, también poseía algo que pertenecía a Oliver, algo que todavía no tenía nombre, pero que Margareth intuía, que un día se revelaría.

Fue entonces que tras reflexionar un rato sobre la vida que había llevado, su esposo entró a la habitación perfumado.

—¿Estás lista? —cuestionó relajado, para luego acercarse a la mujer y dejarle un beso en el cuello.

Margareth asintió.

—Entonces ya podemos irnos, la reunión empieza a las ocho, pero recuerda que es un largo camino. —decretó.

Entonces la mujer se levantó, y tras acomodarse mejor el vestido preguntó:

—¿Conseguiste a la hija de los Crove para esta noche?

—Sí, llegará pronto.

—¿Es necesario que alguien cuide a Darcey? Podemos llevarla con nosotros y no molestar más a los vecinos...

—No

Fue una negación rotunda y demandante. Un no que salió de la boca del hombre, provocando que la mujer no volviera a cuestionar el tema. Aunque para suavizar las circunstancias agregó:

— A esta junta no pueden ir niños, no aún.

Finalizando algunos retoques de sus apariencias, el timbre de la casa que poseían sonó. Al abrir la puerta, el hombre recibió a la hija de sus vecinos quien se trataba de una joven de dieciséis años llamada Selina Crove.

El primogénito de los Doliner no quería que cualquiera se hiciera cargo de su hija, por eso, había estado observando a distintas personas, de preferencia mujeres, hasta que encontró a una ideal para su encargo.

MEAT. ©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora