3. Jaemin

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La voz del alfa era grave y profunda, como si hubiera estado masticando rocas. Encajaba muy bien con sus ojos enojados, como brillantes astillas de obsidiana, y la forma en que desdeñó a los matones beta, por lo que se escabulleron con sus colas metafóricas entre las patas.

Jaemin podría haberse vuelto loco por tener ese don. El alfa los había asustado sin siquiera ponerse de pie, y mucho menos sin necesitar hacer algo. Solo gruñó, mostró los dientes y les dijo que se fueran. Jaemin daría cualquier cosa por tener esa aura alfa de mando. Ningún alfa que hubiera conocido antes lo tenía. Además, el alfa había dicho “él no es dueño de la gente” en el tono de voz que la mayoría de la gente reserva para decir cosas como “hueles a pescado muerto de hace tres semanas, aléjate de mí”.

Mirar a los omegas como una propiedad era arcaico. La manada de Jaemin siempre había actuado como si él fuera una delicada flor que
necesitaba protección, pero nadie había sugerido nunca que no fuera dueño de sí mismo o que no pudiera tomar sus propias decisiones en relación con su vida. Al menos, no hasta que Minho había asesinado a su padre, y se había convertido en cuestión de conveniencia política vincular al nuevo alfa con el hijo del anterior.

Pero para ser sinceros, todavía había manadas donde los omegas eran tratados como seres inferiores. El hecho de que la manada de Yangju tuviera un alfa que no lo hiciera era prometedor. Jaemin no sabía que había una manada en Yangju, pero si ellos estuvieran dispuestos a aceptarlo, aunque sea por un día o dos, podría marcar la diferencia.

Si este alfa estuviera dispuesto a protegerlo, podría salvar lo que le quedaba de vida. Su casa, sus amigos y sus cosas estaban en Busán, pero podía empezar de nuevo. Se giró hacia el alfa y dejó que su mirada se elevara por un momento hasta enfocarse en su rostro antes de volver a dejarla caer al suelo. El alfa era guapo y estaba en su mejor momento, y definitivamente no estaría interesado en un omega que estaba huyendo de su manada de nacimiento.

Las manadas establecidas normalmente no aceptaban perros callejeros, y eso era Jaemin
ahora. El silencio en la habitación se había vuelto opresivo mientras reflexionaba. El alfa lo miraba expectante y con razón. Había entrado, sin
invitación, al territorio del lobo y le obligó a enfrentarse con dos extraños. Demonios, por lo que sabía, la orden de irse también era para él.
Vergonzosamente, su estómago gruñó. Aún estaba decidido a encontrar la fuente de ese aroma, todo cálido, rico y chocolatoso. No era el café, ya que para todos los efectos, el café no existía. Parecía provenir del propio alfa.

Jaemin no creía todas esas cosas de novelas románticas sobre lobos compañeros que olían a manzanas, rosas y canela el uno al otro; la gente olía a gente, y no existían los compañeros. Los compañeros eran un cuento infantil para explicar un concepto que incomodaba a los adultos… la lujuria. El alfa ahora le estaba frunciendo el ceño, y maldita sea, necesitaba decir algo en lugar de olfatear el aire como un cachorro descontrolado.

—Soy, um, Jaemin — excelente. Eso era perfecto. Él era um Jaemim.

La comisura de uno de los labios del alfa se curvó por un segundo antes de volver a caer sobre su rostro enfadado, tan rápido que casi pensó que se lo había imaginado. Sin embargo, fue una respuesta mucho mejor de lo que esperaba, así que le devolvió al alfa su mejor sonrisa.

—Na Jaemin — reiteró, y luego continuó —: de la… anteriormente de la manada Na, en Busán.

El alfa miró hacia la puerta, luego a Jaemin y asintió — Lee Jeno. ¿Supongo que esos matones eran de la manada Na?

Jaemin tragó saliva, pero asintió — Sí. Lo son, yo también lo era, quiero decir, no he hecho nada malo. No estoy huyendo de la ley ni nada por el estilo.

Eso hizo que el alfa, Jeno, sonriera — ¿No, de verdad? Porque esos tipos no parecían en absoluto sospechosos, ya sabes, por la manera en que se escabulleron de aquí.

Jaemin pensó que eso tenía más que ver con la presencia dominante del alfa, pero un tipo como Jeno no necesitaba escuchar eso. Sonaría
como un beso en el culo o una insinuación, y aunque no estaba en contra de ninguna de esas cosas, probablemente no era la mejor manera de iniciar la conversación. Su estómago se retorció de nuevo, una punzada de hambre, pero lo distrajo la forma en que su cabeza parecía volar, como si fuera a flotar sin él. Tal vez debería sentarse. El suelo era de madera, pero al menos estaba dentro, protegido del viento cortante.

—¿Jaemin? — preguntó Jemo, había preocupación real en su voz — ¿Estás bien?

Era casi abrumador. Cuando en los últimos meses, lentamente fue empujado fuera de su
propia manada, sus viejos amigos y vecinos comenzaron a mirarlo de reojo y a preguntarse por qué el chico Na no podía solo aceptar que su padre se había ido y tratar de hacer las paces por el bien de la manada. ¿Por qué no solo aceptar a su nuevo alfa, quien había desafiado al padre de Jaemin y lo había matado de manera justa, en la repugnante y anticuada tradición bárbara de su pueblo?

Era el maldito siglo XXI. Ya nadie hacia eso. Habían pasado cientos de años desde que alguien lo había considerado una práctica aceptable. Pero su manada había actuado como si fuera ridículo por creer que estaba mal. Le tomó un momento darse cuenta de que el ruido en sus oídos era su
propio pulso acelerado, y que puntos negros bailaban ante sus ojos.

—¿Jaemin? — preguntó Jeno otra vez. Él descruzó las piernas y empezó a levantarse, pero fue entonces cuando tres hombres entraron desde
la parte trasera del café.

Uno era un pequeño humano flaco con una chaqueta roja que parecía dos tallas más grandes, y los otros dos eran… eran... Que los antepasados lo ayudasen, los otros dos eran alfas. Tres lobos
alfa en una sola habitación. Los alfas algunas veces podían encontrarse en terreno neutral y
aunque había muchas peleas, no siempre se mataban entre sí. Por la forma en que había reaccionado a los betas, este café era
claramente territorio de Jeno.

Dos alfas extraños apareciendo en el territorio de otro solo podía significar una cosa. Jaemin estaba en medio de una disputa territorial y alguien estaba a punto de morir. Tenía muchas esperanzas de que no fuera Jeno, pero el zumbido
en sus oídos aumentó y los puntos negros frente a él se fusionaron en una enorme bola de oscuridad que llenó su visión. Con no poca molestia, se dio cuenta de que se estaba desmayando, como una especie de maldita damisela en apuros.

Interlude; Oasis Donde viven las historias. Descúbrelo ahora