Capítulo 8

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Meghan

La visión se me dificultaba cada vez más mientras intentaba abrirme paso entre la multitud que se interponía en mi camino. Intentaba seguir los pasos de Heather, pero resultaba inútil: ella ya había desaparecido. Me vi arrastrada por una oleada de estudiantes de esta escuela, sus risas resonaban a mi alrededor y sus cuerpos chocaban deliberadamente contra aquellos que vestían uniformes blancos o morados. Parecían experimentar una sensación de superioridad al hacerlo, como si estos colores representaran algo inferior. Sin embargo, cuando se cruzaban con estudiantes de uniformes rojos, la dinámica cambiaba por completo. En sus ojos se reflejaba una rivalidad feroz, ya no se trataba de una simple burla; ambos bandos se veían como iguales en una contienda inminente, donde el orgullo y el poder pendían de un hilo.

— Heather... —Su nombre se escapó de mis labios en un susurro, inevitable, mientras sentía cómo mi corazón comenzaba a acelerarse.

Las filas de estudiantes se disolvían lentamente, cada uno siendo clasificado de acuerdo a la insignia que portaban en el pecho. No tenía certeza de si la mía tendría algún valor especial o representaría una virtud significativa, pero algo en mi interior se inquietaba al notar el símbolo que adornaba mi uniforme: un aconitum, la flor de lobo. Curiosamente, ese detalle no estaba presente al inicio, y ahora, junto a mi nombre, resaltaba con una importancia que aún no lograba comprender del todo.

— Estás en mi sitio, niña. —la voz resonó con frialdad, cortante como un cuchillo, mientras sentía una sombra erguirse detrás de mí.

Mis reflejos me traicionaron. Apenas había dado dos pasos, apurándome torpemente para cederle su sitio, cuando tropecé con la persona que estaba a mi lado. Su cabello, rubio y brillante, contrastaba notablemente con los demás que llevaban la insignia del aconitum. Me lanzó una mirada de desprecio, como si mi mera presencia fuera una ofensa, y sin pronunciar palabra, volvió a clavar sus ojos al frente, ignorándome por completo.

— Perdóname, no sabía que cada sitio tenía dueño —dije, tratando de mantener la compostura, aunque por dentro me parecía completamente ridículo.

La persona detrás de mí volteó a verme por primera vez. Sus labios se curvaron en una media sonrisa cargada de sarcasmo, y su mirada dejó claro que había cruzado una línea. Al parecer, mis palabras no fueron las más acertadas. Con las manos en los bolsillos y un aire de despreocupación, se inclinó hacia mí, lo suficiente como para que el gesto transmitiera su molestia sin necesidad de levantar la voz. La tensión en el ambiente se hizo evidente, como si mi comentario hubiese desencadenado algo que no podía deshacerse tan fácilmente.

— ¿De dónde vienes tú? —preguntó con un deje de burla, mientras sus ojos se entrecerraban al leer mi nombre en el gancho de mi uniforme—. Un "Aconitum" preferiría la muerte antes que disculparse con alguien.

Su voz resonó con frialdad, y la frase quedó suspendida en el aire como una sentencia ineludible. Parecía haber un código de honor entre aquellos que llevaban el aconitum, un código del que yo no estaba al tanto, pero que él esperaba que cumpliera al pie de la letra. Mi corazón latía con fuerza mientras me preguntaba qué más ignoraba sobre este lugar, sobre lo que realmente significaba llevar esa insignia.

— ¿Disculparse? —respondí, enderezando mi postura y alzando el mentón con firmeza—¿Cuándo hice eso?

Mis palabras salieron con una seguridad que no sabía que poseía, desafiantes, intentando borrar cualquier rastro de sumisión. Si el aconitum llevaba consigo un peso de orgullo y poder, entonces debía aprender a portarlo, aunque no comprendiera del todo sus reglas.

— ¿Eversleigh? —preguntó, dejando que su mirada inquisitiva se posara en mi rostro—. No he oído hablar de esa familia. ¿De qué región provienen los Eversleigh?

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