No importa cuantas veces baje la mirada e intente volver a mirarlo a los ojos. Su mirada fría siempre va a paralizarme, robándome todas las palabras y congelando la sangre en mis venas. Las lágrimas, inevitables, a veces fluyen sin control. Sus palabras siempre dan en un punto de debilidad. No sé sí es porque en el fondo tienen algo de verdad, o sí es porque las repitió tantas veces que se volvieron realidad.
Esa discurso, se volvió mi maldición. Recorre mis venas como veneno, cada palabra es un golpe que me recuerda quien soy. No importa cuánto me esconda, puedo sentirlo dentro de mi mente, y con cada repetición, mi deseo de arrancarme el corazón crece.
He intentado tantas veces ignorarlo, enfrentarlo, pero siempre desisto. Cada vez que creo que puedo resistir, su discurso se envuelve a mi alrededor, recordándome que no puedo escapar. Es como sí él supiera exactamente cómo abrir las heridas más profundas de mi alma, como sí puediera manipularme, y no pudiera dejar de escucharlo. Cuando la tortura psicológica se vuelve insoportable, cierro los ojos fuertemente, rogando por un descanso. Pero cuando los abro, estoy de nuevo en esa maldita cama, en la misma habitación, y su voz se sigue escuchando, infinita, torturandome.
A veces, él abre la puerta de mi habitación de golpe con la intención de asustarme, pero nunca me grita, sólo se queda allí, en la puerta, mirándome con desprecio, insistiendo en una conversación que no quiero tener, repite las mismas palabras con una calma que me destroza.
No sé cómo hacerlo parar, es como un eco en mi cabeza, imposible de silenciar. A veces habla en mi oído como si estuviese revelando un secreto que siempre supe pero que nunca quise aceptar. Y en ese momento, el peso de mi memoria me aplasta, haciéndome imposible hablar, haciéndome imposible respirar.
Intento gritar, pero mi voz es sólo un susurro que se pierde en la oscuridad. Quiero rasgarme las venas, pero él sostiene mi mano con fuerza, impidiéndomelo. Y entonces, resignado, dejo de luchar. Intento levantarme, buscando algún escape, pero al llegar al baño, lo primero que noto es la ausencia del espejo, como sí hasta mi reflejo hubiera decidido abandonarme.
Aquí no hay agua, él hizo dar de baja el servicio, aún así las paredes están manchadas de humedad, y la oscuridad es todo lo que conozco. Siempre es de noche, siempre estoy aquí solo, y él, él siempre tiene razón. Algo que repite constantemente, es que todo está relacionado con mi falta de actitud.
No he visto otro mueble en mi habitación aparte de mi cama, nada que me ofrezca consuelo o esperanza. Y él, ese maldito barman, siempre está allí, recordándome quién soy y lo que he hecho. Su voz sigue, como una sentencia eterna, y no hay nadie que pueda detenerla.
No siento calor, pero tampoco hace frío, sólo un vacío que me consume lentamente. Mis brazos, pálidos, parecen pertenecer a otra persona, alguien que ya no soy. No quiero estar aquí, pero tampoco hay otro lugar al que pertenezca, o en el que pueda estar. No hay nadie que me espere, nadie que me quiera, nadie que me necesite. Estoy solo, culpable, y perdido en este lugar que es a la vez mi prisión y mi única realidad.
No me siento mejor, no siento que algún día vaya a curarme, ya me he resignado. Simplemente dejo que el barman me moleste, que me atormente porque sé que no hay escapatoria. Quiero dejar esta vida, pero incluso en la muerte sé que estaré solo con él.
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Prisión
Misterio / SuspensoUna persona que está internada en un hospital mental, es atormentada con una canción que le recuerda sus pecados. Mientras trata de descubrir quién es y qué hace en ese lugar, es acechado constantemente por una figura misteriosa.
