Cuando la enfermera se fue, volví a bajar la mirada para examinarme a mí mismo. Sentía un dolor persistente en el estómago, aunque no podía determinar si era por el hambre o por algo más. Mi cabeza pulsaba con un dolor agudo, y mi cuerpo entero parecía haber sido golpeado sin piedad. Especialmente en el abdomen, donde el dolor era insoportable.
Con cuidado, desabroché la camisa que llevaba puesta, temeroso de lo que podría encontrar. Fue entonces cuando noté las vendas en mi abdomen, firmemente enrolladas alrededor de mi torso. Cuando intenté tocar el vendaje, un dolor punzante se extendió desde esa zona hasta todo mi pecho. Algo profundo y grave se escondía bajo esas capas de tela, y aunque mi mente pedía respuestas, el instinto de no saber era más fuerte.
Mientras examinaba las vendas, algo más captó mi atención: unas marcas cerca del punto donde el suero estaba inyectado en mi muñeca. Giré mi mano y vi lo que parecía ser un mapa de cicatrices: algunas líneas finas apenas visibles, otras gruesas y prominentes. Eran cicatrices que recorrían desde mi muñeca hasta gran parte de mi brazo. Cada una de ellas parecía un grito silencioso, como si fueran testigos de una desesperación pasada, un intento de escapar de algo, o tal vez de todo.
La puerta se abrió de nuevo, y la enfermera regresó con un tazón de sopa caliente. El vapor que ascendía desde el cuenco olía a verduras, pero el aire en la habitación se tornó denso al instante. Había algo en su expresión que me puso en guardia. Su aura había cambiado, o quizás no lo había notado antes: ahora parecía molesta, casi como si despreciara tener que atenderme.
Dejó el tazón en la mesita de luz con un movimiento seco. Traté de sentarme en la cama, a pesar del dolor que envolvía mi cuerpo. Ella, de manera automática, acercó el tazón hacia mí, y nuestras manos se rozaron brevemente. Fue en ese momento cuando algo inexplicable sucedió. Nuestros ojos se encontraron, y una sensación de déjà vu me golpeó como un rayo. Había algo en su rostro que me resultaba familiar, algo que estaba enterrado en los rincones más oscuros de mi memoria.
No era Lethe. Al principio pensé que sí, pero entonces lo recordé. Era otra persona. Una imagen fugaz cruzó mi mente: una mano fría, inmóvil, con ojos que habían perdido toda chispa de vida. Sentí una punzada en el pecho tan intensa que casi me hizo perder el aliento. Era un recuerdo, aunque no sabía si era real o si mi mente me estaba jugando otra trampa cruel.
Una lágrima escapó de mis ojos, y noté que lo mismo ocurría con la enfermera. Pero su expresión no era de tristeza; era de odio. “Ojalá no hubieras despertado”, dijo con frialdad antes de darse la vuelta y salir de la habitación, dejando una estela de emociones confusas y dolorosas.
Mientras intentaba procesar todo aquello, una voz profunda y grave resonó en la habitación: “Oh, el caos intenta ordenarse, pero este rompecabezas se rehúsa a encajar”.
Levanté la vista, y allí estaba él. Una figura robusta, imponente, que llenaba la puerta con su presencia. Vestía un traje color café y llevaba un portafolio en su mano izquierda. Su cabello parecía desordenado, como si una vaca lo hubiera lamido, y unos lentes circulares descansaban en su nariz. A pesar de su aspecto llamativo, no transmitía ni una pizca de arrogancia ni un aire pesado. Su presencia era desconcertante; parecía un hombre amistoso y, al mismo tiempo, un enigma.
“Buenos días. Lamento interrumpir tu despertar. Esa parecía una situación incómoda”. Dio un paso adelante y se presentó: “Soy el doctor Viktor Petrov, aunque mi nombre no importa mucho”.
Con un gesto teatral, mostró su identificación y señaló la pared, donde había un título de psiquiatría avanzado enmarcado junto a una foto en blanco y negro de él recibiendo el diploma. Mientras hablaba, abrió su maletín y sacó una hoja de papeleta.
“Paciente 137B02. Llevas días desaparecido”, comenzó, mientras escribía algo en la hoja. “No voy a presionarte a decirme dónde estabas, pero es sorprendente verte en un estado diferente al de siempre, en el que parece que fueras un cascarón vacío.”
Me limité a asentir, incapaz de formular una respuesta.
“Me intriga profundamente que hayas llegado hasta mi casa”, continuó, levantando la vista de sus notas. “Está bastante alejada del hospital. ¿Quizás algo aquí te llamó la atención?”
Su mirada era inquisitiva, pero su tono permanecía neutral, casi amigable. Luego, con un leve gesto de la cabeza, añadió: “Es sorprendente que todavía sigas intacto”.
Sus palabras resonaron en mi mente mientras me preguntaba qué significaba exactamente "intacto". Algo en su tono sugería que había más tras ese comentario, algo que no estaba listo para escuchar... o tal vez, algo que ya sabía pero temía enfrentar.
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Prisión
Gizem / GerilimUna persona que está internada en un hospital mental, es atormentada con una canción que le recuerda sus pecados. Mientras trata de descubrir quién es y qué hace en ese lugar, es acechado constantemente por una figura misteriosa.
