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Como el golpe nunca llegó, decidí abrir los ojos lentamente, temiendo lo que podría encontrar. Me di cuenta de que estaba sentado, pero todo se sentía desproporcionadamente más grande de lo normal. Me invadía una extraña sensación de pequeñez e impotencia, una sensación que, a pesar de ser extraña, no era del todo nueva para mí. Ya la había experimentado antes, pero no sabía cuándo. La familiaridad de la situación hacía que el miedo se colara más profundamente en mis huesos.

Seguía escuchando su voz, aunque sonaba distante, marcando su presencia en la habitación, haciéndose más pesada con cada vez. Su presencia me paralizaba, una sombra que se deslizaba en los rincones de mi mente. Alcé la vista con temor y ahí estaba: el barman, al otro extremo de la habitación, dándome la espalda como si no se percatara de mi presencia.

Él parecía perdido en la melodía de una canción me helaba la sangre, estaba atrapado en su propio trance. En una mano, sostenía un cigarrillo que emitía pequeñas volutas de humo que serpenteaban hacia el techo, y en la mesa frente a él había una botella de cerveza, ya a medio vaciar. El humo llenaba el aire, espeso, casi tangible, y a cada bocanada que él exhalaba, la atmósfera se volvía más pesada, más cargada de significado. Todo en esa escena me resultaba aterradoramente familiar. A pesar de haberlo visto antes en una grabación, ahora lo estaba viviendo en carne propia. Cada detalle parecía diseñado para arrastrarme hacia un pozo sin fondo.

Una parte de mí sabía lo que iba a pasar, como si hubiera vivido este momento antes, pero otra parte se negaba a aceptarlo. No quería levantarme del asiento. Cada palabra de la canción me ponía más nervioso, me oprimía el pecho, y cada nota me acercaba un poco más a un abismo del que no podía escapar. Tenía miedo, miedo de que el barman se diera cuenta de mi presencia, de que mi sola existencia fuera una intrusión en su mundo. No debía estar allí, lo sabía, pero no podía moverme. La canción me mantenía bajo su hechizo, atrapado en una especie de castigo invisible. Pero, ¿qué castigo? ¿Por qué sentía que levantarme o hacer ruido sería el peor error que podría cometer?

Mi corazón latía desbocado, sincronizándose con el ritmo de la canción. La batería estaba por entrar, y con ella, la sensación de inminente catástrofe se intensificaba. El miedo era tangible, se colaba en cada parte de mi ser, y sabía que el clímax de la canción traería algo que no podía afrontar. Quería salir corriendo, pero mis piernas estaban clavadas al suelo. Ni siquiera podía gritar; el terror me robaba el aire, me anulaba.

El silencio del barman, su indiferencia, era aún peor que una amenaza. Me llenaba de ansiedad, de un miedo primordial. Sabía que podía sentirme, incluso sin mirarme. Sabía que era consciente de cada pensamiento que cruzaba por mi mente. Y, de repente, se puso de pie. No me miró, pero su presencia llenaba toda la habitación. Golpeó la mesa con ambos puños, el sonido reverberó como un trueno en el silencio. Algo lo frustraba profundamente.

—No, así no tiene que ser —dijo con voz grave—. Tienes que recuperar los otros recuerdos, este tienes que dejarlo ir, déjalo ir.

Inhaló una última calada del cigarrillo, luego aplastó la colilla en el cenicero con una fuerza innecesaria. Tomó la botella de cerveza y se la bebió de un solo trago, como si necesitara reunir el valor para lo que venía a continuación. Subió el volumen del grabador, la música ahora retumbaba en mis oídos, y, de pronto, sin previo aviso, levantó el aparato sobre su cabeza y lo arrojó hacia mí con una furia descontrolada.

El grabador volaba hacia mí, aún conectado a la electricidad, y, extrañamente, la canción continuaba sonando, cada vez más fuerte. El tiempo se ralentizó, como si el universo se negara a que este momento terminara. Aunque ya podía moverme, me quedé quieto, esperando el impacto que nunca llegó. En lugar de eso, todo se oscureció. Solo yo permanecía bajo una luz, como un prisionero en una sala de interrogatorio. La oscuridad era abrumadora, infinita.

Mi respiración era el único sonido que podía escuchar ahora. Me dolían las manos, y cuando bajé la mirada, me di cuenta de que me había herido con mis propias uñas, tanto que la sangre había comenzado a brotar. El dolor me devolvió un atisbo de realidad. Me tambaleé en la silla y caí hacia atrás, golpeándome la cabeza contra el suelo.

El impacto fue lo que me devolvió la conciencia. Desperté tirado en el suelo, junto a mi cama, como si todo hubiera sido un mal sueño. Pero, ¿qué diferencia hay entre un sueño y esta pesadilla que es mi vida? Me toqué la nuca, intentando calmar el dolor del golpe, mientras las lágrimas que quería soltar permanecían atrapadas en mi garganta. Me senté en el suelo, abrazando mis piernas, sintiéndome más perdido que nunca.

No podía llorar, no podía liberar el nudo que se había formado en mi pecho. Algo me asfixiaba, algo invisible que no me permitía sentir el alivio que tanto necesitaba. Cada vez entendía menos lo que estaba sucediendo. ¿Era todo esto real? ¿Había despertado realmente? O tal vez seguía atrapado en esa interminable pesadilla dentro de otra pesadilla.

PrisiónDonde viven las historias. Descúbrelo ahora