IX

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Por más que revisara una y otra vez el libro que Lethe me había dado, no le encontraba sentido. Las páginas estaban en blanco, desconectadas de cualquier significado. Pero, al menos, había algo positivo: pude ver mi reflejo después de tanto tiempo. Un lado positivo, sí... o no tan positivo. Mi reflejo estaba deteriorado, irreconocible. Las profundas ojeras marcaban mi rostro, a pesar de que parecía pasarme los días dormido. Mi piel estaba pálida, casi translúcida, y había perdido tanto peso que los huesos de mi cráneo se perfilaban de manera inquietante bajo la piel. Mis ojos, hundidos en la sombra, parecían vacíos.

"¿Tan mal la estoy pasando?", murmuré para mí mismo con una mezcla de resignación y asombro. Sabía la respuesta, pero parte de mí seguía aferrándose a la negación, rechazando la realidad que me envolvía. Acaricié las hojas del libro con dedos temblorosos, como si al tocar su superficie pudiera encontrar algún tipo de consuelo, una especie de conexión conmigo mismo que hacía tiempo había perdido. Después de un largo suspiro, cerré el libro y me dejé caer de espaldas en la cama, cruzando las manos bajo mi cabeza y quedándome absorto en la textura del techo.

Los minutos pasaron como un murmullo, hasta que un sonido distante captó mi atención: voces provenientes del pasillo. Primero fue un leve susurro, luego se transformó en una conversación. Intrigado, me asomé con cautela.

El lugar estaba inmerso en un silencio extraño, como si el edificio entero estuviera suspendido en una burbuja fuera del tiempo. El origen de la conversación se encontraba en el bar del barman. Me acerqué en puntas de pie, procurando no hacer el menor ruido, y me senté en el frío suelo frente a las puertas, aguzando el oído.

"¿Ya le habéis dicho la verdad a nuestro invitado, Cassiel?", preguntó la voz femenina de Aganís, llena de un resentimiento apenas contenido.

El barman respondió con una risa que me erizó la piel. "Debe descubrir la verdad por sí mismo, Aganís."

"¿Hasta cuándo hemos de seguir con este juego? No soporto estar cerca de tantos herejes." Su tono se había endurecido, como si estuviera al borde de la explosión.

El barman parecía disfrutar de su desagrado. "Tu actitud es fascinante: te presentas como pura y superior, pero tus acciones son tan provocadoras. Debes saber lo que ocurrirá si sigues por ese camino." Su advertencia, velada en amenaza, hizo que un escalofrío me recorriera.

"¡Hombres, sólo piensan con su virilidad! ¡Ojalá Dios descendiera y nos aniquilara a todos con su poder!", respondió Aganís furiosa. Pude escuchar sus pasos acercándose a las puertas, antes de que pudiera reaccionar, me apresuré a regresar a mi habitación, tratando de no hacer ruido.

Cuando las puertas se abrieron con un golpe seco, el barman alzó la voz para burlarse de ella. "Es irónico que menciones a Dios, sabiendo muy bien quién nos creó. Hace que tu devoción parezca algo... contradictoria y sin sentido." Su risa resonó en el pasillo.

Aganís se detuvo por un segundo, pero no respondió. Cerró las puertas con tal fuerza que el eco reverberó por todo el lugar. Caminó rápidamente hacia la habitación donde solía encerrarse, lanzándome una mirada fugaz antes de desaparecer de mi vista. "Todos nosotros pereceremos de la peor manera por cuanto acontece en este lugar. Espero que seas consciente de eso, maldito tú y todo este horrible lugar", dijo con un tono gélido antes de encerrarse.

Me quedé allí, inmóvil. No sabía qué me perturbaba más: sus palabras cargadas de amenaza, el portazo, o el hecho de que me había ignorado completamente, sabiendo que había estado escuchando su conversación. Mientras mi mente intentaba procesar lo ocurrido, una sensación familiar me envolvió de nuevo: el aire se volvió frío, como si la misma presencia de Lethe hubiera absorbido el calor del lugar. Sentí su cabeza apoyarse en mi hombro desde atrás.

"Ya te acostumbrarás", dijo en un tono casual. "Siempre es así de distante. Por ahora te ignora, pero cada que tiene oportunidad la aprovecha para decirme 'ramera' o 'prostituta barata'." Su risa suave no hacía más que añadir un toque de tristeza a sus palabras.

Por dentro, me moría de ganas de preguntarle sobre el libro, sobre Cassiel, sobre lo que había escuchado en la conversación. Pero, de alguna manera, mi energía se había desvanecido. No quise decir nada, y fue como si Lethe lo entendiera.

"Todo esto debe parecerte extraño", dijo con prisa. "Sé que tienes preguntas, pero no puedo responderlas. Tienes que despertar. Las cosas no son como crees, y yo no debería estar aquí. Cassiel no me lo permitiría porque tienes que descubrirlo por ti mismo. Así que deja de intentar hablar con Aganís. Está programada para alejarse de ti. El barman, esa es la respuesta que buscas."

Hablaba rápidamente, cada palabra que decía era más confusa. Nada de lo que decía tenía sentido. "Tienes que irte, no debes seguir aquí. Si te quedas, perderás más de lo que puedas imaginar..." Lethe no terminó su frase porque el barman apareció detrás de ella, cubriendo su boca y sujetándola con fuerza.

El barman forcejeaba con Lethe, empujándola hacia una puerta que no había visto antes. "Vamos, no debería ser tan complicado unir todas las piezas" Decía el barman con la voz entrecortada.

Me quedé paralizado mientras Lethe luchaba por liberarse, gritándome desde la distancia. "Tienes que irte, antes de que te haga lo mismo" El barman la empujó con fuerza dentro de una habitación y la puerta desapareció ante mis ojos.

"Que patético", dijo el barman, sin dejar de sonreír mientras se acercaba a mí. "No pudiste salvarla entonces, y no puedes salvarla ahora." Las luces parpadeaban a su ritmo de sus voz y sus movimientos mientras empezaba a acercarse a mi lentamente, el miedo se apoderó de mí, y sin pensar, me cubrí la cabeza, esperando un golpe que nunca llegó. El barman no hizo nada. Sólo se quedó allí, mirándome, esperando, analizando mi reacción.

PrisiónDonde viven las historias. Descúbrelo ahora