XIII

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Las preguntas seguían girando en mi mente, como si se negaran a liberarme y a pesar de todo, ya no quería saber sus intenciones. La verdad, me daba igual. Había logrado escapar de él, aunque fuera temporalmente, y eso me daba un respiro que necesitaba con urgencia. La tortura de su presencia y su mirada, por fin habían quedado atrás, aunque sólo fuera por un momento.

La nieve caía con fuerza. Pude sentirla acumulándose rápidamente, cubriendo cada centímetro de mi cuerpo. El frío, en lugar de aterrorizarme, me llenaba de una extraña calma. La idea de que todo hubiera terminado me reconfortaba; quizás la nieve sería mi último lecho. Sentí que poco a poco mi cuerpo iba entregándose, mis extremidades cada vez más rígidas, mi mente cada vez más difusa. El cansancio me arrastraba a un lugar en el que ya no importaba nada.

Entonces, unas manos fuertes irrumpieron en esa quietud. Las sentí escarbando en la nieve, buscando mi cuerpo enterrado en el manto blanco. Quise abrir los ojos, ver quién era, pero no tenía fuerzas. Apenas podía sentir cómo me sacaban de allí, con torpeza, pero con urgencia. Al principio pensé que aquel toque en mi cuello era para asfixiarme, para terminar de una vez con todo. Pero en lugar de eso, me envolvieron en un abrigo cálido.

La figura que me cargaba era robusta, lo sabía por la forma en que me elevó fácilmente sobre su espalda. A pesar de la nieve, avanzaba con firmeza, sus pasos nunca titubearon. Mientras corría, el cansancio me venció y perdí la consciencia.

Cuando volví a sentir algo, era un calor abrasador que parecía provenir de todas partes. Estaba sudando, y mi piel ardía como si estuviera a pocos centímetros de una hoguera. Intenté abrir los ojos, pero el peso del cansancio seguía aplastándome. Luego sentí una aguja atravesar mi muñeca, el frío de unos paños mojados sobre mi frente, y la suave presión de unas manos que intentaban calmarme. ¿Tenía fiebre? Mi cuerpo parecía descomponerse, estaba empapado en sudor, el cansancio seguía siendo abrumador.

Me incliné hacia un lado cuando alguien me dio de beber. El líquido fresco alivió mi garganta reseca, pero el sabor agrio de un brebaje, que bien podían ser medicamentos, me hizo fruncir el ceño. Sucedió varias veces, cada vez que volvía a perder la consciencia y luego recuperarla momentáneamente: más pinchazos, más paños fríos, más jugo agrio.

Finalmente, algo más me obligó a abrir los ojos. Una luz cálida se filtraba entre mis párpados, no abrasadora como el calor que sentí antes, pero lo suficientemente molesta como para forzarme a despertar. Al abrirlos, me encontré en una cama bastante cómoda, cubierto con varias mantas pesadas. Mi brazo estaba conectado a un suero, lo que inmediatamente me hizo reconsiderar cualquier idea de levantarme. Mis ojos vagaron por la habitación: una silla de madera junto a la cama, una mesita de luz sobre la cual descansaban un libro, unos lentes y un frasco de medicamentos.

Estaba tan envuelto en mi propio proceso de volver a la realidad que no noté que alguien más estaba en la habitación. El ruido de mi estómago vacío fue lo primero que rompió el silencio. Y luego, una voz suave:

—Buenos días, ¿cómo se siente? ¿Le gustaría comer algo?

La voz femenina era tímida, pero amable. Provenía de una joven enfermera que estaba parada a los pies de la cama. Su figura era delgada, su cabello rubio caía sobre sus hombros, y parecía estar cubriéndose con una bandeja, como si intentara ocultar su nerviosismo.

Me volví hacia ella y, con un hilo de voz, le respondí:

—Sí… me gustaría comer algo. Gracias.

Ella me miró y, tras un momento de duda, sonrió con un brillo que parecía iluminar la habitación. Su preocupación dio paso a una energía nueva, y antes de que pudiera decir algo más, se dio la vuelta y salió rápidamente de la habitación.

PrisiónDonde viven las historias. Descúbrelo ahora