XII

2 1 0
                                        

El barman siempre me ha dado miedo, podía sentir su poder incluso cuando no estaba en la misma habitación. Su presencia llenaba el aire, densa y pesada, como si cada rincón de este lugar estuviera bajo su control, y yo no fuera más que una triste marioneta suya. Sabía cuánto me afectaba su cercanía, y aunque sus ojos siempre parecían fríos, ocultaban una especie de voracidad que no lograba descifrar. Pero, aun así, mis ganas de que todo terminara eran más grandes. El vacío que llevaba dentro me consumía más rápido de lo que él podría. Mi devoción por perder la vida siempre había sido insuperable.

No sé bien por qué, pero este vacío y mis inexistentes ganas de vivir siempre han estado vinculados a algo, a personas que no logro recordar. Es como si estos seres que habitan este lugar no fueran reales o, peor aún, como si yo no fuera quien digo ser. Mi alma parece haberse deslizado fuera de mi cuerpo hace tiempo, y solo queda esta sombra de lo que alguna vez fui. He dormido por días, aunque, al mismo tiempo, es como si no hubiera descansado nada. Este estado intermedio, este limbo, es una cárcel. No puedo despertar, pero tampoco puedo descansar.

Debería preguntar qué es todo esto, qué es lo que realmente quiere de mí. ¿Por qué me impulsa con tanta insistencia a que recuerde u olvide? Pero, ¿qué sentido tiene? Ya no me importa. Mi existencia se ha reducido a un ciclo sin fin de preguntas sin respuestas, y su maldita voz, siempre ahí, acosandome. Es como si nunca hubiera terminado, siempre repitiendo el mismo sermón, resonando en mis oídos como un eco sin fin, haciéndome más consciente de lo atrapado que estoy.

Es curioso, este momento en particular. Su voz suena más distante ahora, casi se desvanece, y eso me permite reflexionar con más claridad, aunque sea por un instante. Siento que hay algo más, algo que no he visto. Es como si los tres —el barman, Lethe, Aganís— estuvieran conectados de alguna manera. Como si fueran parte de un todo. O tal vez el problema sea yo. Tal vez siempre lo he sido.

Intento apartar mis pensamientos, pero no puedo ignorar la sensación de que hay más en juego. Sin embargo, mis piernas empiezan a moverse por inercia. Necesito alejarme de él. Me dirijo hacia el pasillo, dejando atrás al barman congelado en el tiempo. Cada paso me resulta más pesado, más lento. La humedad de las paredes ha comenzado a formar manchas oscuras que gotean, como si el mismo lugar estuviera pudriéndose desde dentro. Mi mente divaga, y no puedo evitar preguntarme qué habrá más allá, fuera de este espacio que conozco.

Me detengo ante la puerta de Aganís, pero ya no hay iglesia al otro lado. Lo que veo me resulta confuso. Su voz regresa lentamente, como un eco distante que se hace más fuerte a cada segundo. Me giro, y ahí está, el barman, asomando su cabeza por la puerta de mi habitación, observándome. Su mirada es intensa, aunque algo parece retenerlo. Se mueve despacio, forzado, como si una fuerza invisible lo arrastrara hacia atrás. Su obstinación, sin embargo, lo mantiene en movimiento, y siento su urgencia, su deseo de atraparme en su sermón.

Ignoro su presencia y cruzo las puertas. Pero el mundo que esperaba encontrar ha cambiado de forma. Ya no estoy en un lugar familiar. Su voz se detiene por completo, dejando un silencio extraño y ensordecedor en su lugar. Ahora estoy afuera. La nieve cae suavemente alrededor de mí. El aire frío me golpea la piel y me doy cuenta de que ya no llevo puesto el chaleco. Mi cuerpo está apenas cubierto por una camisa fina y un pantalón, inadecuados para este clima helado.

El cansancio me invade de golpe, aplastándome. Mis piernas ceden bajo el peso de mi cuerpo, y caigo de rodillas en la nieve. El frío penetra mi piel, pero no me importa. De alguna manera, este es el descanso que había estado buscando. Mi cara se hunde en la nieve, y aunque cada aliento duele, me siento más tranquilo que nunca. El hambre, el sueño, la fatiga... todo se acumula sobre mí, y el deseo de abandonar todo lo que soy se convierte en una fuerza abrumadora.

Pero en el fondo de mi mente, la pregunta persiste. ¿Qué es lo que él quiere? ¿Por qué me impulsa a recordar? Mientras la nieve cubre mi cuerpo, no puedo evitar sentir que, aunque ahora el mundo parece tranquilo, esta paz no durará. Algo está esperando, acechando... y no puedo huir para siempre.

PrisiónDonde viven las historias. Descúbrelo ahora