7. Payaso sin licencia

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Diría que estoy totalmente bien

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Diría que estoy totalmente bien. Me encantaría decir que estoy perfectamente y que me encuentro sin situación negativa sobre mi. Sin embargo, mi cabeza carece de tiempo al analizarlo a detalle. Ahora mismo, estoy conduciendo sobre una bicicleta de la mitad de mi tamaño con estampado de Hello Kitty y de color rosa pastel.

"MIERDA" pienso repetidas veces para mini porque siento que la gente restante en la calle están concentrados en mi. Lo sé; las personas tienen algo mejor que hacer que burlarse de un chico de 15 años conduciendo una bicicleta "para niñita". Pero mi mente no se mueve de ese escenario.
— ¡Cuidado!— una voz me avisa desde atrás. Volteó y percató de que al frente mío hay una anciana con un bastón. Apenas ha notado mi presencia, y aún no tiene tiempo para reaccionar.
Hago un movimiento brusco para desviar la trayectoria preestablecida. Hago una curva a media velocidad entre los milisegundos que hay entre que el semáforo cambie de rojo a verde. Freno violentamente en el pavimento— afortunadamente no hay mucha gente caminando un viernes por la tarde en la calle donde vivo— fijándome que no hay ningún ser vivo o algún bien material que pueda potencialmente dañar. No tengo suficiente dinero para lidiar con esos problemas.
— ¡Lo siento!— gritó a la anciana que se encuentra en el otro lado del pavimento donde casi la atropelló. Pero la mujer de mayor edad no parece inmutarse por mi presencia. Ella responde con una sonrisa progresiva y lenta.
Tomaré eso como un sí
Me dispongo a seguir con tranquilidad. El Muro De Los Graffitis está en calles con menos personas. No me tengo que preocupar por más vergüenza ni ancianos felices. Solo somos la bicicleta de Carla y yo, encaminándonos a ver a Lauro. Una pregunta destella en mis pensamientos: ¿porque estoy haciendo esto? ¿porque Lauro me invitó?
    Empiezo a divagar. ¿Porque alguien querría estar conmigo? ¿Porque alguien querría conocerme?
    Lagrimeo un poco cuando me doy cuenta que la respuesta es:
    Ninguna razón.

El camino hacia el lugar es algo empinoso. Uno que otro bache ocasiona un mini infarto en mi corazón. Esta bicicleta es algo complicada de usar — agregando el hecho de que es originalmente hecha para chica—.  No he conducido una en meses. Pero aquí estoy, haciendo tonterías por impulso.
Y creo que estoy empezando a arrepentirme.
Paso por la calle Gareth hasta la bajada del camino— la parte más complicada de atravesar— donde empiezo a notar el cambio brusco de color y limpieza. La última vez que vine aquí fue con mi hermano. El solía decirme dónde estaba cada cosa y el significado de los graffitis, cuáles el apreciaba mucho. Algunas veces me pregunto si Alex realmente tenía algo en la cabeza, o si tal vez yo era el que no podía entender ni media palabra de lo que decía. Aún así, no soy capaz de entender el mundo del graffiti. No soy una persona artística.
Paso por el pavimento donde encuentros a un montón de críos juntados alrededor de un cilindro que parece emanar fuego. Camino lentamente. La mayoría de ellos parecen vagabundos. Pretendo no haberme dado cuenta de eso y seguir con el camino.
A mi costado, hay posters de todo tipo; películas, series, cigarros, pornografía, comida... y ese estilo. Divago en mi mismo si debería sentirme culpable por estar viendo la intimidad de una mujer en un papel de tamaño considerablemente grande. No le doy más vueltas y continuó hasta la esquina, donde me adentró más y más.
— ¡Carajo!— exclama una voz grave, a semejanza de un adolescente— ¡¿Dónde está la hierba?!
Empiezo a preocuparme si realmente este es el museo de los graffitis. O si tal vez el mundo ha cambiado desde la última vez que tome aire libre y ahora es un hostil campamento de drogas y submisión a la violencia.

Pedaleo más rápido al darme cuenta que posiblemente esta parte esté infestada con sustancias ilícitas. Mis piernas parecen tensarse y ponerse pesadas como rocas. Cada pedaleo que doy se siente más denso. Presumo que es un problema de la llanta pero no me arriesgo a levantarme del vehículo.
Llego al muro donde los graffitis reposan. Después de haber estado lo que parece ser mucho tiempo atravesando los rincones de la oscuridad, he llegado donde las cosas se ponen normales. Latas de pintura, parejas, besos— casi sexo—, latas, basura, cigarros...
Y todas esas porquerías, si me lo preguntas.
— ¡Cuidado, marica!— escucho decir a uno de los chicos que se encuentran pintando lo que parece ser un pene— Este no es el salón de belleza, es el barrio.
Un escalofrío recorre mi cuerpo. Alzó mi cabeza tímidamente para darme cuenta que el insulto no va hacia mí, sino a otro chico tímido y flacucho en otro rincón.
Uff. Estoy a salvo. He llegado vivo.
    Tomo mi bicicleta conmigo. Estoy muy consciente de que si lo dejo en cualquier parte, entonces tengo un pase asegurado a una regañada de mamá y quizás pase todo mi verano ahorrando dinero para una nueva. Como sea el caso, el ambiente se empieza a poner menos intimidante cuando logro ver unos pequeños puestos de comida, chicos patinando, skaters, parejas besándose intensamente (eso último es excepcionalmente asqueroso, en serio), hay pavimento fijo y una señal de "PARE" que debería estar en la autopista pero de algún modo terminó aquí. Mi corazón empieza a latir en su configuración pre determinada. Estoy retomando la calma.
Me acerco hacia el muro con la seguridad de que no hay ningún delincuente alrededor. Estaciono la bicicleta en una esquina que se vea decente y donde no se ensucie, lo que es prácticamente imposible en un lugar así.
Me acerco a la pared donde una cantidad severa de dibujos con pintura en aerosol reposan como obras de arte.
Y pasan los minutos.

En lo que se había equivocado Alex era en describirme bien cómo funcionaba el Museo De Los Graffitis. Al principio, me había contado que el lugar constaba de una pieza principal; expresión retratada en el arte en los murales. Cuando empecé a tener una madurez más concisa, me contó que las personas que consumían sustancias ilícitas iban ocasionalmente para darse un viaje astral.
Pero todo había sido en vano. El lugar era una comunidad alejada del pueblo. Era como ver un contraste definido gracias al tipo de personas que albergaba cada uno. Cigarros, botellas, zapatillas, condones, ropa sucia y más estaban esparcidos sobre la tierra. El olor era peculiar- por no decir putrefacto- . Una sociedad construida bajo la anarquía que parte entre adolescentes frustrados o niños deseando ser pandilleros. Ninguna suena ideal.
    Es cuando me quedo un rato en una de las esquinas, observando el ambiente raro pero similar a un recuerdo malogrado por la maldición del tiempo. Mi pierna golpeaba el suelo con impaciencia. Empezaba a pensar que la llegada de Lauro solo fue algún comentario sarcástico que no logré captar. Empezaba a pensar que solo fue un intento de mofarme.
    Es cuando la silueta que vi esa noche aparece de nuevo.
    Descubrí que no estaba mintiendo y, que en realidad, la veracidad era existente. Podía comprobarlo por el chico con cabello largo y ropa negra que aparecía cada vez más cerca de mi. Sus cejas arqueadas en un gesto de fruncido. Sus labios en forma de arco inverso.
    Creo que estoy pensando mucho.

Estamos a un metro de distancia cuando menos me doy cuenta. Me quedo parado y congelado. El no dice nada y tampoco parece tener las intenciones de hacerlo. Quiero balbucear algo como "¿Qué hay?" O "¿Por qué me invitaste?", pero no sale nada de mi boca. 

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