Capítulo 23

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Las pupilas de Cale se dilataron al sentir cómo su cuerpo caía hacia atrás, mientras un entumecimiento comenzaba a recorrer las puntas de sus dedos.

[Ese ser dijo que, sin importar cuánto tiempo tarde, el último heredero puede estar seguro de que él estará para él].

Resonó en su mente.

El monstruo se detuvo en seco, su boca babeando mientras sus ojos observaban a Cale con una intensidad inquietante.

A su alrededor, los demás monstruos parecían haber caído en un estado de parálisis, inmóviles como estatuas en medio de la oscuridad de la mazmorras.

Una sensación de inquietud se apoderó de Cale. Su mano se deslizaba hacia el costado, donde tenía la bolsa espacial.

[ Y al momento que se encuentren, el vínculo será inquebrantable; sin importar cuánto deseen separarse]

Un lobo con rasgos humanos y características de otros animales se acercó a su rostro.

[Pero puede haber una consecuencia; después de todo, el último heredero es el regalo que por ley le pertenece al monarca de las sombras]

La boca del monstruo se abrió, y el aliento caliente de la bestia sopló sobre él, impregnando el aire con un olor fétido. La baba goteaba, dejando un rastro viscoso en su ropa.

[Los demás monarcas saben lo que puede suceder si esa unión se lleva a cabo; por eso evitarán que el último heredero sea encontrado por el monarca de las sombras]

Con firmeza, Cale sostuvo la empuñadura de la espada que Ji-Woo le había entregado.

Pero antes de que pudiera desenvainarla, el cuerpo del monstruo se partió por la mitad, mientras los que lo rodeaban caían al suelo en una lluvia grotesca de sangre.

—Estos monstruos son realmente molestos —murmuró Raon, sus escamas oscuras brillando con un destello amenazante.

El rostro del dragón rojo irradiaba arrogancia mientras contemplaba a los monstruos que yacían derrotados en la mazmorras.

—Lástima que jamás entenderán lo que significa enfrentarse a un dragón —añadió el dragón rojo con una risa seca.

La espada de Igris danzaba en su mano, las gotas y restos orgánicos escurriendo desde la punta hasta la empuñadura.

—Humano, quédate atrás; nosotros nos haremos cargo del jefe final —ordenó Raon, sus ojos fijos en Cale con una mezcla de locura y desafío.

Cale sintió una oleada de miedo y respeto hacia los dos pequeños dragones.

Los dragones eran tan bellos que ninguna otra criatura podía compararse a su esplendor; sin embargo, su orgullo era tal que no les importaba lo que sucediera.

Desde su nacimiento acumulaban riquezas: oro, plata y joyas preciosas.

Eran temidos por los humanos, pero adorados como dioses por algunas criaturas.

Sin embargo, en ese momento, Raon y el dragón rojo parecían mostrar su verdadera naturaleza.

Raon había tenido una buena amistad con Rosalyn y todos sus antiguos compañeros en su primera vida.

Pero ahora solo albergaba odio hacia ellos; sus pupilas azules se opacaban al escuchar el apellido Henituse o cualquier referencia al reino de Roan.

Cale asintió levemente ante las palabras de Raon.

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