El universo había existido desde tiempos inmemoriales, desde eones tan distantes que ni siquiera los astros más antiguos podían recordar su origen.
En aquel vasto vacío, el Creador, un ser de voluntad infinita, había gobernado durante incontables siglos.
De su mano surgieron dos fuerzas primordiales, dos caras de una misma moneda destinadas a equilibrar la balanza de la existencia: los Monarcas, seres nacidos de la oscuridad, encarnaciones del caos y la destrucción; y los Gobernantes, entidades de luz pura, portadoras de paz y armonía.
Durante milenios, estas dos fuerzas se enfrentaron en una danza eterna de batallas colosales.
Mundos enteros eran arrasados en sus conflictos, planetas inhóspitos reducidos a polvo cósmico, y ejércitos de sombras y luz chocaban en un ciclo interminable de muerte y renacimiento.
Era un círculo perfecto, un juego macabro orquestado por el Creador, quien observaba desde las alturas con una mezcla de indiferencia y entretenimiento.
Pero todo cambió el día en que los Gobernantes se rebelaron.
Cansados de ser meros peones en el juego del Creador, alzaron sus espadas de luz contra su maestro.
En medio del caos, Ashborn, el guerrero más poderoso y leal del Creador, intentó detenerlos.
Sin embargo, incluso con su fuerza incomparable, fue derrotado. Herido de muerte, cayó en la oscuridad, creyendo que su destino estaba sellado.
Pero en sus últimos momentos, Ashborn descubrió algo que lo cambiaría para siempre.
Dentro de su cuerpo, oculto por el propio Creador, yacía un poder monstruoso, una fuerza primigenia que ni siquiera él había imaginado.
Con un último aliento de esperanza, lo activó.
Y entonces, renació.
No era el mismo.
Su cuerpo, antes mortal, ahora irradiaba una energía aterradora.
Su presencia era como una sombra que devoraba la luz, una existencia sobrenatural que desafiaba las leyes del universo.
Ashborn se alzó de las tinieblas, transformado en algo más que un guerrero: era una leyenda viva, un ser que inspiraba temor incluso en los corazones de los más poderosos.
Cuando Ashborn regresó al campo de batalla, lo que encontró lo dejó helado.
La rebelión había terminado, y el Creador yacía muerto.
Los Gobernantes, victoriosos pero exhaustos, observaban con cautela al renacido.
Los Monarcas, por su parte, estaban en desventaja tras la captura de Legia, uno de los suyos.
Ashborn, movido por un sentido de justicia distorsionado, ofreció su apoyo a los Monarcas.
Su poder era tan inmenso que incluso los Gobernantes dudaron en enfrentarlo.
Pero el miedo que inspiraba no se limitaba a sus enemigos. Dos Monarcas, Rakan y Baran, traicionaron a Ashborn, temiendo que su presencia desequilibrara el frágil orden que quedaba.
La batalla que siguió fue breve pero devastadora.
Ashborn derrotó a los traidores con facilidad, pero a un costo terrible: su ejército de sombras fue casi aniquilado.
Los Gobernantes, reconociendo su error, se disculparon con él, pero Ashborn ya no era el mismo.
El, abrumado emocionalmente y buscando venganza contra Rakan, abandonó el campo de batalla y su corazón solo albergaba un deseo:
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MI MONARCA
Fiksi PenggemarEl sacrificio de Cale trajo consigo la paz para los dos continentes. O eso creyó. Los gobernantes junto a los dioses lo regresaron al pasado, pero está vez las cosas serían más difíciles de afrontar. Sin la ayuda de sus amigos. Pero con el apoyo de...
