Las semanas pasaron como hojas arrastradas por el viento, y aunque la vida en la casa seguía su curso, algo en el ambiente había cambiado.
Baco, en apariencia, había vuelto a ser el mismo de siempre: cálido, cariñoso y atento; con esa manera suya de preocuparse por todos en el grupo, asegurándose de que nadie se saltara una comida, de que los más despistados recordaran sus pendientes, de que el ambiente en la casa se mantuviera armonioso. Sus bromas seguían siendo constantes, su risa contagiosa, y su presencia, como siempre, reconfortante.
Pero había algo más debajo de su comportamiento.
Lo notaba en los momentos en que su sonrisa tardaba demasiado en formarse, como si tuviera que recordarse a sí mismo que debía mantener la fachada. En la forma en que su tono se volvía más cortante cuando Demián estaba cerca de mí, aunque de inmediato suavizara sus palabras con una broma o un cambio de tema. En los silencios que se alargaban cuando entrábamos en la habitación y él ya estaba ahí, como si estuviera decidiendo qué decir antes de siquiera abrir la boca.
No era obvio. Baco era demasiado hábil para dejar que sus emociones se filtraran de manera evidente. Seguía siendo el mismo de siempre con los demás, atento y protector, riendo con Edwin, regañando con cariño a Simón, discutiendo con Kris sobre quién hacía el mejor café. Pero cuando creía que nadie lo veía, sus expresiones cambiaban. Su mirada se volvía más tensa, su mandíbula apretada, sus respuestas más medidas.
Lo más extraño era que no mencionaba nada. No hacía comentarios directos, no cuestionaba las idas con Demián ni hacía preguntas incómodas.
Por otro lado, los días con Demián se habían vuelto más frecuentes. Él encontraba cualquier excusa para sacarme de la casa, llevándome al pueblo para recorrer las calles adoquinadas y perderse conmigo entre los puestos del mercado. Siempre tenía paciencia cuando me detenía a observar los detalles de algún puesto, como si no le molestara el ritmo lento de nuestras caminatas.
Le gustaba sorprenderme con cosas pequeñas pero significativas: una pulsera de cuentas de madera que encontró en una tienda de artesanos, un adorno de cristal en forma de estrella que reflejaba la luz de manera hipnótica cuando lo giraba entre mis dedos, o incluso un dulce envuelto en papel colorido que insistía en que probara porque "sabía que me gustaría".
No eran obsequios extravagantes ni gestos exagerados, pero cada uno llevaba consigo una sensación de familiaridad y cuidado. Como si, de alguna manera, Demián supiera exactamente qué detalles guardarían un significado para mí.
A veces, mientras caminábamos, sentía su mirada sobre mí cuando creía que no lo estaba notando. En esos momentos, cuando nuestras manos rozaban por accidente al alcanzar algo al mismo tiempo o cuando el silencio entre nosotros se volvía agradable en lugar de incómodo.
No sabía exactamente qué significaba todo esto. Ni qué significaba para él. Pero en esos paseos, entre risas compartidas y el sonido de la ciudad respirando a nuestro alrededor, no me sentía perdida. Y eso era suficiente...
Edwin también se había acercado más a mí, de una manera distinta. Me buscaba con una naturalidad que me hacía sentir extrañamente cómoda, como si siempre hubiera estado ahí, como si nuestra cercanía no necesitara explicaciones. Nunca me llamaba explícitamente algo más que a una amiga, pero su forma de tratarme lo decía sin necesidad de palabras em recordaba a un familiar; en los pequeños gestos de protección, en la manera en que se aseguraba de que estuviera bien sin hacer que se sintiera como una obligación.
Me cuidaba sin ser invasivo, con un equilibrio casi perfecto entre la distancia y la cercanía. Podía bromear conmigo y, al mismo tiempo, asegurarse de que no pasara frío si estábamos fuera demasiado tiempo. Podía fingir que no notaba mis silencios prolongados, pero sin dejar de estar presente cuando necesitaba hablar.

ESTÁS LEYENDO
30 Lobos
FantasyDespertar en un mundo extraño, rodeada de rostros conocidos, pero con recuerdos borrosos, es solo el comienzo. Nada es lo que parece. Las verdades se ocultan detrás de sonrisas amistosas y susurros en la oscuridad. Cada paso la acerca más a una reve...