PENÉLOPE
Penélope había insistido en que sus padres se tomaran un respiro y salieran a cenar. Después de semanas de tensión y cuidados constantes, quería que tuvieran un momento para ellos mismos. Aunque ellos inicialmente se opusieron, ella los convenció con su sonrisa tranquila y el argumento de que solo sería una noche, que podían llamarla si algo sucedía.
Sus hermanas, Philippa y Prudence, ya tenían planes para el cine con sus novios, y Sophie, había pedido una salida personal. Pensó que podría disfrutar de una tranquila noche sola, viendo televisión desde el sofá y descansando bajo una manta.
Se acomodó con una taza de té caliente y comenzó a ver una película. Al principio, todo parecía normal. El leve dolor de cabeza que sentía no era nada fuera de lo común para ella; había aprendido a convivir con esos episodios como parte de su enfermedad. Pero, a medida que pasaba el tiempo, el dolor comenzó a intensificarse.
Primero fue una presión constante detrás de los ojos, luego una punzada aguda que se extendía desde la nuca hasta la frente. Se llevó una mano a la cabeza, cerrando los ojos con fuerza. Intentó calmarse, recordando las palabras de Sophie: "Cuando sientas dolor, respira profundo, relájate y monitorea. Si se intensifica, llama a alguien."
Se levantó lentamente para buscar sus analgésicos, pero al hacerlo, notó que su visión se volvía borrosa. El mundo parecía tambalearse. Se sostuvo del respaldo del sofá, intentando mantener el equilibrio. Luego, sintió algo húmedo correr por su nariz. Al tocarse, vio la sangre en sus dedos.
—Oh, no... no ahora... —susurró, sintiendo el pánico crecer dentro de ella.
Caminó hacia su teléfono móvil, que estaba en la mesa del comedor. Cuando lo encendió para llamar a sus padres, un vacío frío la invadió: no recordaba la contraseña. Por alguna razón, su mente estaba en blanco. Intentó varias combinaciones, pero ninguna funcionó.
—¡Por favor, no! —exclamó, frustrada consigo misma.
La falta de acceso al teléfono la dejó sin muchas opciones. Su mente, ya afectada por el dolor y la confusión, intentó buscar alternativas. Se dirigió al teléfono fijo, pero cuando levantó el auricular, no pudo recordar ningún número. Ni el de sus padres, ni el de sus hermanas, ni siquiera el de emergencia.
El miedo se convirtió en desesperación. Penélope comenzó a marearse aún más, y las punzadas en su cabeza eran tan intensas que apenas podía mantenerse de pie. Sabía que necesitaba ayuda y rápido. Entonces, miró por la ventana y vio la luz encendida en la casa de los Bridgerton, justo enfrente.
—Ellos... ellos pueden ayudarme... —murmuró para sí misma.
Tomó una chaqueta ligera, envolviéndose con cuidado, y salió tambaleándose hacia la puerta. El aire fresco de la noche la golpeó como una bofetada, pero no la despertó del aturdimiento en el que estaba. Cada paso hacia la casa de los Bridgerton era un esfuerzo titánico. Sentía que sus piernas no podían soportar su peso, que el mundo giraba a su alrededor.
Cuando faltaban apenas unos metros para llegar, sus piernas finalmente cedieron y cayó de rodillas al suelo. Jadeó, apoyándose en las palmas, respirando entrecortadamente.
—Vamos, Pen... puedes hacerlo... —se dijo a sí misma mientras luchaba por levantarse.
Finalmente, con todas sus fuerzas, llegó al porche y tocó el timbre. El sonido resonó como un eco lejano en su mente. Apenas pudo mantenerse en pie mientras esperaba que alguien abriera.
La puerta se abrió, y allí estaba Benedict, con su típica sonrisa. Pero al verla, esa sonrisa desapareció de inmediato.
—¡Penélope! —exclamó, su voz sonando lejana para ella.
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Ikagai
Fiksi PenggemarElla se fue sin dejar rastro, dejando atrás a su novio y mejor amiga con el corazón roto y una incógnita que los consume. Nadie sabe el motivo por el cual tuvo que marcharse. Años después, regresa inesperadamente, trayendo consigo un misterio que ca...
