"Supermercado"

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(Perspectiva de Reiichi)

No supe cómo responder. Ni siquiera estaba seguro de qué decirme a mí mismo.

¿Qué iba a hacer?

La pregunta de Shiuba seguía flotando en el aire como un castigo, pero aún no me atrevía a mirarlo. Sentía su mirada clavada en mi espalda, y el peso de todo lo que sabíamos que había pasado pero ninguno se atrevía a decir, se acumulaba sobre mis hombros como una carga insoportable.

Mi cabeza aún latía con el eco del alcohol de la noche anterior, pero el verdadero dolor venía de otro lugar... del pecho, del peso de la culpa, de la incertidumbre de no saber qué tanto había arruinado.

Tragué saliva con dificultad y me incorporé lentamente. El aire en la habitación se sentía espeso, casi irrespirable... o tal vez era mi propio pecho el que se cerraba, sofocándome con cada intento de aliento. Me vestí en silencio, sin molestarme en buscar ropa limpia, solo quería salir de ahí, alejarme, huir de la tensión que me quemaba por dentro, del eco de su piel rozando la mía, de nuestras respiraciones mezcladas en la oscuridad. Odiaba cada fragmento de lo que había ocurrido anoche, porque lo peor era que lo recordaba absolutamente todo. Cada maldito segundo. Me odiaba por haberme dejado llevar, por no haber tenido la claridad suficiente para detenerme, por haber fallado de nuevo. Ni siquiera estaba en mi sano juicio, y aun así... sabía lo que hacía. Y ahora, ya era demasiado tarde.

Quizás podría fingir que no pasó nada, disculparme con Hayato por lo que alcanzó a ver y seguir adelante como si todo fuera normal, pero sabía que no era así de simple. Ese peso, esa culpa, iban a quedarse conmigo. Aferrarse a mis costillas. Recordándome todos los días que, esta vez, sí crucé una línea que no tenía vuelta atrás.

Tomé el teléfono de la mesa. La pantalla estaba apagada, como si supiera que no quería ver lo que había en ella, pero la preocupación era más fuerte que mi miedo, o quizás no, pero no me podría quedar de brazos cruzados y hacer como si nada hubiera pasado.

Deslicé el dedo y revisé mis mensajes. Había uno de Hayato de la noche anterior:

"Quería hablar contigo, pero ya veo que estás muy ocupado. Diviértete, supongo."

El vacío de mi estómago se expandió como una grieta. Ese mensaje no dejaba de dar vueltas en mi cabeza, no entendía del todo el mensaje, pero me aterraba saber lo que significaba.

Le marqué de inmediato. Una vez. Dos. Tres. Cada tono que sonaba aumentaba la presión en mi pecho, pero lo único que recibía a cambio era el sonido frío y distante del buzón de voz. Esa voz automática que me repetía, una y otra vez, que ya era demasiado tarde.

—No contesta...— murmuré entre dientes, más para mí que para él.

—¿Hayato?— preguntó Shiuba, con la voz tensa.

Asentí en silencio. Mi mandíbula se apretó con fuerza mientras terminaba de abotonarme la camisa. No podía quedarme ahí, no podía hacer como si no pasara nada.

—Tengo que ir a buscarlo —dije sin mirarlo, mi voz más firme de lo que me sentía.

—¿Dónde? —preguntó él, incorporándose en la cama. Tenía el torso cubierto solo por las sábanas, pero sus ojos estaban despiertos, atentos.

—No lo sé. A su casa, supongo. Tal vez pasó algo... no contesta y ese mensaje... —sentí un nudo formarse en mi garganta—. Él no escribe así. No está bien.

Shiuba no dijo nada por un instante. Podía sentir que quería intervenir, decirme algo, tal vez detenerme. Pero no lo hizo. En su lugar, solo desvió la mirada y murmuró:

Amor Sin PalabrasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora