"IDGAF"

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(Perspectiva de Shiuba)

El timbre sonó justo cuando estaba sacando la olla del fuego.

Fruncí el ceño. No estaba esperando a nadie. Miré de reojo el reloj: casi las siete de la noche. ¿Quién mierda venía a estas horas un martes?

Me limpié las manos en el pantalón y fui hasta la puerta, con la tensión habitual que uno siente cuando no espera visitas. Al abrir, me quedé inmóvil por un segundo.

—Hola —dijo Hayato, con una mano en el bolsillo y la otra sosteniendo una botella de té verde a medio terminar—. ¿Molesto?

Parpadeé.

—¿Qué haces aquí? —pregunté, cruzándome de brazos.

—Caminaba —respondió—. Sin rumbo. Y terminé aquí.

Asentí, aunque no entendía. Él no venía a este lado de la ciudad, y menos solo. Y menos a buscarme a mí.

—¿Y por qué aquí? —quise saber, sin ocultar mi desconfianza.

Hayato se encogió de hombros.

—No lo sé. No tengo a mucha gente a quien ver ahora mismo. Pensé que... tú al menos me abrirías la puerta.

Fruncí el ceño.

—¿Y Aika?

—Está con su familia fuera de la ciudad.

—¿Y tus demás amigos?

—No tengo tantos como piensas.

Guardé silencio unos segundos. Me costaba mirarlo sin pensar en Reiichi. Sin recordar cómo solía quedarse mirándonos a ambos, cómo se esforzaba por mantenernos a cierta distancia para no mezclar las cosas. Tal vez por eso jamás habíamos compartido un espacio sin él en medio.

Y ahora él estaba aquí. Buscándome. Como si eso tuviera sentido.

—¿Qué pasa, Hayato? —pregunté finalmente—. ¿Por qué viniste a mí?

Le tomó un segundo responder.

—Porque tú también sabes lo que es que Reiichi te rompa —murmuró.

La frase me atravesó como una aguja fina, pero afilada.

No respondí de inmediato. Porque en parte tenía razón. Pero también... no me gustaba ese enfoque.

—¿Viniste a buscar empatía? ¿Venganza? —le solté, medio en broma, medio en serio—. Porque si es eso, elegiste mal.

Hayato sonrió, una mueca que no llegaba a ser burla ni tristeza.

—No vine por venganza. Solo... no quiero estar solo. No esta noche.

Lo observé unos segundos. Seguía siendo extraño ver a Hayato así, tan diferente a la imagen que siempre tuve de él: tan controlado, tan correcto, tan... ajeno a mi.

—¿Y por qué creíste que yo era la persona indicada?

—No lo creí. Pero no me quedaban muchas opciones.

Chocante. Brutalmente honesto. Pero de alguna manera, eso hizo que bajara un poco la guardia.

—¿Vas a quedarte ahí afuera toda la noche?

—¿Puedo subir?

Solté un suspiro.

—No tengo café, ni té, ni galletas. No esperes hospitalidad.

—No vine por eso.

Abrí la puerta del edificio y lo dejé pasar primero.

Ya adentro, le ofrecí agua y se la bebió casi de un solo trago. Se sentó en el sofá sin esperar indicaciones, pero no se veía cómodo. Se notaba que no era su espacio. Que no sabía qué hacer ahí.

Amor Sin PalabrasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora