Desde el momento en que Caster nació y soltó su primer llanto, el sol siempre lo había estado observando. Lo observaba por la mañana, durante el día y al anochecer desde el reflejo de la luna.
Por mucho que llamara al sol de niño, este nunca respondía. Simplemente permanecía inactivo, brillándolo con su calor. Estaba presente tanto en las buenas como en las malas; una estrella que velaba constantemente.
No importaba cuán molesto, resentido o amargado se hubiera sentido Caster, él sabía desde el principio que era huérfano de nacimiento debido a ese mismo sol, y sin embargo, ese sol nunca lo abandonó.
Fue allí cuando Caster fue transportado a una tierra desconocida donde recibió la tutela del sabio centauro Quirón.
Fue allí en el primer momento en que Caster incursionó en la medicina.
Estaba allí para compartir la alegría de tratar a su primer paciente.
Fue allí cuando el tonto que estaba superado en sus capacidades le pidió que se uniera a la flota del Argo.
Siempre estuvo allí.
Estuvo presente incluso en sus últimos momentos de vida, sumido en una furia dirigida hacia el cielo. Se rebeló, reprimiendo la Autoridad del Sol y convirtiendo el día en una noche moteada por densas nubes de tormenta.
¡Oh, cómo tronó en medio de un calor abrasador aquel día!
Caster parpadeó; su visión se nubló, pero su fortaleza mental se aclaró cada vez más. La lluvia le caía sobre la cara, empapando su cuerpo, que sentía más calor que nunca. Las gotas que rozaron su piel desnuda crepitaron y se evaporaron.
Arriba, el cielo retumbó cuando un relámpago se reflejó en las pupilas de Caster. No había margen para reaccionar, ni para moverse, y aun así, el resultado esperado difería mucho de lo que cualquiera hubiera imaginado.
Una gran onda de poder divino se extendió con Caster en el epicentro, empujando el rayo y disipándolo sin causar daño en el suelo.
El Dios del Rayo de arriba hizo reflexionar al igual que todos los que fueron testigos.
En la mano extendida de Caster, el fragmento del Gran Santo Grial brilló antes de irradiar con la luz de una estrella distante.
Lentamente, Caster se levantó, sin apartar la mirada de las brasas danzantes en el viento. Cada una contenía la esencia del mismísimo sol que corría por sus venas.
Meras fragmentos permanecieron girando y retorciéndose dentro de la persistente tormenta de relámpagos y lluvia, y aun así continuaron cubriendo el área en la que Caster yacía enraizado; los zarcillos de electricidad en arco que se elevaban desde el suelo y hacia Caster incluso ahora eran repelidos por el resplandor de esa luz.
Extendiendo otra mano, una brasa cayó sobre la palma de Caster. El suave calor de esa brasa se filtró en su cuerpo, como si intentara convencerlo tontamente de que todo estaría bien.
¿Pero lo haría?
Caster ya no podía sentir la mirada ni el calor de aquella estrella lejana en este nuevo mundo.
Ya se había ido.
A pesar de todas las diferencias que Caster conocía y experimentaba en este mundo, tendría que atribuírselas a Heracles. El hombre tenía razón una vez más.
Los dioses de este mundo eran los mismos y, sin embargo, no eran los mismos.
Desde una estrella distante que observaba con furia cómo un hijo amado era golpeado por los cielos, y el sol actual que intervenía directamente, el contraste era como la noche y el día.
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𝑭𝒂𝒕𝒆 𝑮𝒓𝒂𝒏𝒅 𝑫𝒖𝒏𝒈𝒆𝒐𝒏 (𝑻𝒓𝒂𝒅𝒖𝒄𝒊𝒅𝒐)
Fanfiction𝑨𝒖𝒕𝒐𝒓: https://www.fanfiction.net/u/6039390/Parcasious Una historia de encuentros y reencuentros, y de dolores de cabeza en el camino. El objetivo nunca fue tan sencillo. Limpia la mazmorra. O debería haberlo sido. Zelretch, bastardo. https://w...
