Hoy es un día distinto.
Lo sé desde que abro los ojos, incluso antes de que mi mente despierte por completo. Hay algo en la quietud del aire, en la forma en que la luz entra filtrada por las cortinas, que me dice que el mundo afuera ha decidido frenar un poco.
Como si el tiempo, por una vez, quisiera darnos tregua. No hay alarmas, ni zumbidos de teléfono, ni la urgencia constante que nos arrastra cada mañana. Solo silencio. Un silencio bueno. Un silencio lleno.
Desde la cama, puedo oír a Evelyn balbuceando en su cuna. No llora. Murmura, como si estuviera contándose un secreto a sí misma. Esa voz suave me arrastra fuera del sueño con una dulzura que no recordaba.
Me estiro bajo las sábanas tibias, y al girar la cabeza, lo veo: Jack, todavía dormido, con la espalda medio descubierta y el rostro en paz.
Me lo quedo mirando. Tiene el pelo revuelto, el ceño relajado, los labios entreabiertos. Parece un niño. Me hace sonreír sin querer. Me pregunto en qué soñará.
Tal vez con alguna tontería, con una playa, o con Evelyn . Me acerco un poco, solo para escuchar su respiración lenta, profunda, rítmica. Hoy no lo despierto. Hoy no hay motivos.
Me levanto con cuidado, procurando no hacer ruido, y camino descalza hasta la habitación de Evelyn. La casa está tibia. Huele a madera, a descanso. Cuando entro en su cuarto, ella ya está de pie en la cuna, agarrada a los barrotes, con sus ojitos muy abiertos.
Me observa con esa mezcla de sorpresa y alegría que siempre me derrite. Sus ojos brillan como si me viera por primera vez. Y sonríe. Esa sonrisa suya que ilumina.
—Buenos días, mi amor —susurro, acercándome.
Alza los brazos. Su cuerpo todavía huele a sueño, a leche tibia, a vida recién comenzada. Tiene las mejillas redonditas, sonrosadas por el calor de la noche, y un mechón de pelo rebelde le cruza la frente.
La alzo, la apoyo sobre mi pecho, y sus deditos se enredan en la tela de mi camiseta. Su cuerpo encaja en el mío con una perfección que me emociona cada vez.
Bajamos juntas a la cocina. Ella en mi cadera, como siempre. Ya es un gesto natural, como si estuviéramos hechas para estar así, una encima de la otra.
Pongo algo de música —jazz suave, un piano que flota— y me preparo un café, aún con ella en brazos. Le doy un trozo de plátano.
Lo agarra con sus manitas torpes, lo examina como si fuera un artefacto misterioso, y luego le da un mordisco que deja una marca perfecta de sus encías. Hace un ruidito con la lengua, feliz, satisfecha. Me río bajito.
La observo. No solo con los ojos, sino con todo el cuerpo, como si quisiera absorber este instante. Memorizarlo. Encerrarlo en una caja pequeña dentro de mí, para cuando lleguen los días en que todo parezca irse al diablo.
Para cuando crezca. Para cuando ya no me necesite tanto.
Jack baja poco después. Se arrastra como un oso adormilado, con esa camiseta vieja de su universidad que le cuelga de los hombros.
Lleva el pelo alborotado y cara de domingo, aunque hoy sea martes. Me mira como si acabara de descubrirnos, como si vernos juntas en la cocina fuera un pequeño milagro.
—¿Y esta princesa ya se despertó? —dice, tomando a Evelyn en brazos. Ella se ríe, feliz, como si la voz de su padre fuera una canción que ama.
Desayunamos en la terraza. Es extraño tener tiempo. Sentarnos, masticar lento, mirar alrededor. Evelyn está en su sillita, jugando con un trozo de pan, más interesada en las migas que en comer.
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ꜱɪᴅᴇ ʙʏ ꜱɪᴅᴇ | ᴾⁱᵉʳʳᵉ ᴳᵃˢˡʸ
FanfictionScarlett acaba de unirse al equipo como ingeniera, con una mente brillante y una determinación inquebrantable. Todo en ella es preciso y calculado, pero cuando se enfrenta a Pierre, un piloto con una actitud desbordante y un carisma que parece impos...
