47

651 39 0
                                        

Ana

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

Ana

Jamás creí que me vería frente al espejo practicando cómo se ve una chica rota.

Pero ahí estaba.

Ojos cansados.
Voz temblorosa.
Miedo fingido.

Tenía que ser convincente.

—No me gusta esto —dijo Rafe desde la ventana, con el ceño fruncido—. Es peligroso, Ana.

—Lo sé. Pero es la única forma de hacerlo confesar. Tiene que pensar que me tiene. Que estoy sola.

—¿Y si se da cuenta? ¿Y si te hace algo?

—Voy a estar grabando todo —le dije, mostrándole mi celular pegado con cinta adhesiva bajo la manga de la sudadera—. Si algo pasa, tú entras.

Rafe apretó la mandíbula. Quería gritar que no, quería protegerme. Pero me conocía lo suficiente como para saber que cuando tenía una decisión tomada, no había vuelta atrás.

—Lo haces rápido —le advertí—. Y no apareces hasta que te dé la señal. Nada de impulsos. Nada de arranques.

—Te juro que si te toca un pelo, lo...

—No me va a tocar —lo interrumpí—. Confía en mí.

•••

Lo cité en la parte trasera del estacionamiento del viejo cine abandonado, donde sabíamos que no habría cámaras. Un lugar con historia, donde habíamos ido cuando éramos apenas amigos.

Irónico. Poético, incluso.

Carlo llegó a los diez minutos.
Chaqueta negra.
Mismo coche.
Misma sonrisa que solía tranquilizarme... y ahora me ponía la piel de gallina.

—¿Estás bien? —preguntó apenas me vio.

—No —respondí, bajando la mirada—. Tenías razón. Todo esto fue un error. Rafe... se puso mal. Me gritó. Me agarró fuerte. No sabía a quién más acudir.

Carlo frunció el ceño, caminando hacia mí.

—¿Te hizo daño?

—No físicamente... pero no sé. Me asustó. Me dijo cosas. Que me iba a arrepentir si hablaba con alguien más de él.

Lo vi endurecer la mandíbula. Apretar los puños.

—¿Ves? Siempre te dije que ese tipo no era bueno para ti. Que ibas a salir lastimada. Pero tú nunca me escuchaste, Ana.

Me tragué el asco que me daban sus palabras.
—Necesito que me digas qué hacer. Me siento atrapada. Están empezando a salir cosas de nosotros. Videos...

—¿Tú crees que eso es casualidad? —soltó, dándome la espalda, caminando unos pasos y luego regresando con el tono elevado—. Es él. Seguro se los está mandando a alguien. ¿No lo ves? Está jugando contigo. Con todos.

Tragué saliva.

—No sé si fue él...

Y ahí, lo vi.

Ese instante donde su ego lo traicionó.
Esa necesidad de tener el control.
De verse superior.

—¿Y quién más crees que pudo grabarlos, Ana? —dijo, sonriendo de lado—. ¿Un fan loco? ¿Tu mamá? ¿Una cámara mágica?

—No sé...

—No sabes porque sigues creyendo que es el tipo que te "ama". Pero soy yo el que ha estado aquí. Siempre. Observando. Cuidándote. Demostrándote quién realmente te merece.

Mi piel se erizó.

—¿Qué dijiste?

—Yo lo hice, Ana —soltó, de golpe, con un brillo enfermo en los ojos—. Y sabes qué, no me arrepiento. Porque era la única manera de abrirte los ojos.

Mi celular seguía grabando. Cada palabra. Cada tono de voz.

—¿Nos estuviste grabando? —pregunté, ya sin fingir.

—No lo veas como eso —respondió él—. Lo hice por ti. Porque necesitabas despertar.

Y ahí fue cuando di la señal.

Me llevé la mano al cabello y me lo até en una coleta alta. Tres segundos después, la puerta trasera del cine crujió. Y Rafe apareció como un huracán.

Carlo retrocedió.

—¿Tú estabas escondido?

—Claro que sí —dije yo, mirando a Carlo con asco—. Cada palabra quedó grabada. ¿Sabes lo que eso significa?

Carlo intentó correr, pero Rafe lo arrinconó contra la pared.

—Dame una sola razón para no romperte la cara —escupió.

—¡No lo toques! —le grité a Rafe, mientras lo detenía—. No todavía. No aquí. No como él quiere.

Carlo estaba pálido.

Sabía que estaba acabado.

—Esto no termina aquí —gruñó Carlo antes de subirse a su coche y desaparecer.

Yo me giré hacia Rafe. Estaba respirando agitado, con los ojos rojos de ira contenida.

—¿Estás bien? —me preguntó.

—Sí... pero temblando por dentro.

Rafe me abrazó, fuerte.
Yo hundí mi rostro en su cuello.

—Se acabó —le susurré—. Lo tenemos. Ya no hay nada que pueda hacer para negarlo.

—No —dijo él—. Pero ahora viene la parte más difícil.

—¿Cuál?

—Asegurarnos de que pague.

Posessive- Rafe Cameron Donde viven las historias. Descúbrelo ahora