𝗧𝗘𝗥𝗠𝗜𝗡𝗔𝗗𝗔
Amar a Rafe Cameron nunca fue fácil.
No era el tipo de amor que llega suave, que se acomoda sin hacer ruido. Era un amor que dolía, que ardía, que rompía todas las reglas y desafiaba todos los límites. Uno de esos amores que la ge...
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Rafe
Nunca fui bueno para pedir perdón.
Toda mi vida me enseñaron a imponerme, a levantar la voz primero. Pero hoy no quería eso. Hoy quería que escucharan a la versión de mí que Ana ayudó a sacar.
Esa versión que por fin aprendió a reconocer cuando se equivocaba.
Los cité en casa de JohnB.
Sarah, Kiara, JJ, John B y Pope estaban ahí, reunidos en el jardín trasero. Me miraron con cierta desconfianza. Lo entendía. Me lo había ganado.
Respiré hondo y hablé, con el corazón en la garganta.
—Sé que no soy su persona favorita. Lo sé desde hace mucho. Sé lo que hice antes. Cómo actué. A quién herí. No vengo a justificarlo.
Silencio.
—Solo quiero decirles que... lo lamento. De verdad. No por Ana. No por quedar bien. Sino porque ahora, con todo lo que pasó, entiendo muchas cosas. Entiendo el daño que causé. El miedo. La rabia.
Pope cruzó los brazos. Sarah me miraba con un dejo de nostalgia. JJ tenía la ceja levantada como si estuviera esperando el momento en que me equivocara.
—Y también sé que no puedo arreglar todo con unas palabras. Pero si puedo empezar... quiero hacerlo. Sé que Ana confía en ustedes. Y ustedes en ella. Y si yo quiero formar parte de su vida, también tengo que ganarme un lugar limpio en la de ustedes.
Me detuve un segundo, tragando saliva.
—Gracias por cuidarla cuando yo no podía. Gracias por apoyarla cuando ni siquiera yo sabía cómo hacerlo. Y gracias... por no darme por muerto, aunque tal vez lo merecía.
Hubo un silencio largo.
Hasta que Kiara se acercó y dijo:
—No es fácil confiar en ti, Rafe. Pero... Ana te cambió. Se nota. No te prometo que confíe ya. Pero sí que lo voy a intentar.
JohnB se acerca.
—Me cae peor Carlo. Eso ya es ganancia.
JJ se encogió de hombros.
—Si vuelves a hacerle daño, te parto la cara. Pero mientras no lo hagas... supongo que puedes venir a las fogatas.
Y Pope, el más callado, el más justo, se limitó a decir:
—Gracias por haber enfrentado a Carlo. Eso fue valiente. Eso fue real.
Sonreí, aliviado por dentro. Era un paso. Uno grande.
Pero no era el último.
Más tarde, fui a casa de Ana. Ella me miró desde la puerta como si dudara de que de verdad lo haría.
—¿Seguro que quieres hacer esto?
—Sí —respondí—. Si quiero que esto sea real, tengo que enfrentar todo. No solo lo fácil.