𝗧𝗘𝗥𝗠𝗜𝗡𝗔𝗗𝗔
Amar a Rafe Cameron nunca fue fácil.
No era el tipo de amor que llega suave, que se acomoda sin hacer ruido. Era un amor que dolía, que ardía, que rompía todas las reglas y desafiaba todos los límites. Uno de esos amores que la ge...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Ana
—Rafe, no tiene sentido —dije mientras me levantaba de la cama, cruzándome de brazos—. Carlo no haría algo así.
—¿En serio? —responde él, sentado en el filo de la ventana con la mandíbula apretada—. Porque para mí, todo encaja. El llavero. La chaqueta. El momento en el que reapareció. Todo.
—¡Pero no hay pruebas! Solo una chaqueta y una silueta en un video borroso.
—¿Y qué quieres que hagamos? ¿Invitarlo a tomar café y preguntarle si nos está acosando?
—¡Estoy diciendo que no lo juzgues tan rápido!
Rafe se puso de pie, cruzando la habitación en dos pasos.
—¿O estás defendiéndolo porque todavía te importa?
Me congelé.
—¿Qué?
—Tú lo estás defendiendo como si no pudiera hacer nada malo. Como si fuera incapaz de cruzar la línea. Y lo siento, Ana, pero la gente cruza la línea todo el maldito tiempo.
—¡No es eso! —grité en voz baja, intentando no romper el silencio de la casa—. Lo conozco desde hace años. Carlo me ayudó cuando tú no estabas. Cuando me sentía sola.
—¿Y qué? ¿Ahora eso lo hace intocable?
—¡No! Pero tampoco lo hace culpable.
Se hizo un silencio espeso entre los dos. Nos miramos con rabia... y con miedo.
Yo sabía que Rafe no estaba celoso solo por celos. Estaba herido. Porque para él, cada sombra era un enemigo. Y para mí, cada verdad era demasiado dura como para aceptarla sin luchar.
Justo entonces, vibró mi celular.
Rafe y yo giramos al mismo tiempo.
Número desconocido. 01:49 a.m.
Mensaje: "¿Todavía crees que es inocente?"
Un archivo. Lo abrimos con las manos temblando.
El video era más claro que todos los anteriores. Una toma directa, con micrófono. Grabado desde un auto.
En él, se veía a Carlo bajando del vehículo... el mismo color vino que habíamos visto antes.
Hablando por teléfono:
—Ya tengo todo grabado. No se preocupen. Se va a arrepentir de haber elegido a ese imbécil.
Rafe apretó los dientes tan fuerte que pensé que iba a romperse algo.
Yo me senté, sintiéndome como si me hubieran vaciado por dentro.
Carlo. Él.
Había sido él todo este tiempo.
Y lo peor no era eso. Lo peor era que me había engañado por completo. Que yo... le había creído.
—¿Ahora sí me crees? —preguntó Rafe, la voz rota entre furia y decepción.
—Lo siento —susurré—. No quería pensar que fuera él. Me siento tan estúpida...
—No eres estúpida —dijo, caminando hacia mí—. Solo tenías esperanza. Y eso no es algo por lo que debas disculparte.
Estaba a punto de abrazarme cuando escuchamos un ruido afuera.
Pasos. Escaleras.
—¡Mierda! —susurró Rafe, y corrió hacia la ventana—. ¡Tu mamá!
—¡Métete al clóset! ¡Rápido!
—¡No cab...!
—¡Ahora!
Él se lanzó sin más, cerrando la puerta justo a tiempo.
La puerta de mi habitación se abrió un segundo después. Mi mamá.
—¿Estás despierta? —preguntó, con los ojos entornados.
—Eh... sí. No podía dormir.
—¿Con quién hablabas?
—Conmigo misma —mentí, haciendo una sonrisa boba—. Estaba pensando en voz alta.
Me miró como si no creyera ni una palabra. Pero, al final, suspiró.
—Baja el volumen. Y a dormir. Mañana hablaremos.
—Sí, mamá.
Cerró la puerta.
Esperé diez segundos... veinte. Cuando estuve segura, abrí el clóset.
Rafe salió medio aplastado, con la espalda encorvada.
—¿Estás bien?
—No siento una pierna —murmuró—. Pero estoy vivo.
Nos miramos... y nos reímos. Porque después de todo, el miedo no podía quitarnos ese pequeño alivio.