𝗧𝗘𝗥𝗠𝗜𝗡𝗔𝗗𝗔
Amar a Rafe Cameron nunca fue fácil.
No era el tipo de amor que llega suave, que se acomoda sin hacer ruido. Era un amor que dolía, que ardía, que rompía todas las reglas y desafiaba todos los límites. Uno de esos amores que la ge...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Manejamos sin rumbo durante casi una hora. Nadie hablaba. Solo el sonido del motor, la respiración contenida, y los latidos que aún sentía rebotando en mi pecho.
Sarah nos dejó en una zona lejana del bosque, cerca del río. Nadie patrullaba por ahí. Nadie preguntaba. Era un lugar que JJ había usado una vez para esconderse. Un cobertizo viejo, abandonado. Perfecto para desaparecer.
—Estaremos bien aquí por esta noche —dijo Kiara, dejando unas linternas en el suelo—. Mañana pensaremos cómo movernos.
Sarah asintió. Se despidieron sin decir mucho más. Solo nos miraron a los dos... como si supieran que necesitábamos ese espacio. Y se fueron.
El silencio cayó de golpe.
Estábamos solos.
Rafe se sentó en un colchón viejo, empujado contra la pared. Yo me quedé de pie, sin saber qué decir primero. Su mirada se mantenía fija en mí, como si aún no pudiera creer que estaba aquí.
—Estás temblando —dijo al fin.
—¿Y tú no? —pregunté, acercándome.
—Sí —respondió, con voz ronca—. Pero no por miedo.
Me arrodillé frente a él. Vi sus manos. Marcadas. Sus ojos, rojos. Su piel, tensa. Lo habían roto por dentro... pero no completamente.
—¿Te lastimaron? —pregunté en voz baja.
—Solo un poco. Pero ya estoy aquí. Contigo —dijo, como si eso lo curara.
Nos miramos. Y fue como si todas las palabras no dichas, todas las emociones guardadas, se apretaran en el aire entre nosotros.
—Te amo, Rafe —solté, sin pensarlo.
Él se quedó en silencio. Pero no porque no supiera qué decir. Sino porque me lo respondió con un solo movimiento.
Me tomó del rostro, suave pero decidido, y me besó. Y fue un beso que no pedía permiso. Que decía "te esperé tanto tiempo que ya no pienso contenerme."
Lo besé de vuelta con la misma intensidad. Me senté sobre él, sus piernas temblaban bajo las mías. Sus manos bajaron por mi cintura, recorriéndome como si necesitara comprobar que estaba ahí, que no era un sueño.
—No sabes cuánto pensé en esto —susurró contra mi cuello—. En tenerte así otra vez. En sentirte.
—Pues no pienses más —le dije, bajando la mirada a sus labios—. Solo hazlo.
Mis dedos buscaron el borde de su camiseta. Él me ayudó a sacarla. Su piel estaba fría, pero su cuerpo ardía. Lo recorrí con mis manos, sintiendo cada hueso, cada músculo tenso por días de encierro.
—Estás tan hermosa —murmuró mientras sus manos desabrochaban los botones de mi blusa—. Incluso más con ese nuevo look... tan tú. Tan salvaje.
Reí bajito, porque me encantaba escucharlo así. Vulnerable. Deseando.
Sus labios bajaron por mi cuello, mi clavícula, hasta que me hizo recostarme sobre el colchón. Se deshizo de su ropa con urgencia contenida, como si el tiempo nos persiguiera. Como si necesitara fundirse conmigo para sentir que estaba vivo.
Nuestros cuerpos se encontraron con una necesidad que no era solo física. Era amor, era rabia, era alivio. Cada caricia decía "no te vayas". Cada beso, "me dolió estar lejos."
Estar con él así... no era solo deseo. Era mi forma de decirle: "te elijo, incluso con el mundo en contra."
Y en medio de esa oscuridad, donde nadie podía vernos, donde el peligro quedaba lejos por unas horas...
Solo fuimos nosotros. Ana y Rafe. Enteros. Desnudos. Reales.
Horas después, me quedé recostada sobre su pecho, escuchando su respiración, sintiendo su mano jugar suavemente con mi cabello.
—No sé qué va a pasar mañana —dije, sin moverme.
—Yo tampoco. Pero si es contigo... que venga lo que sea.
Cerré los ojos.
Por primera vez en mucho tiempo, me sentí a salvo.