𝗧𝗘𝗥𝗠𝗜𝗡𝗔𝗗𝗔
Amar a Rafe Cameron nunca fue fácil.
No era el tipo de amor que llega suave, que se acomoda sin hacer ruido. Era un amor que dolía, que ardía, que rompía todas las reglas y desafiaba todos los límites. Uno de esos amores que la ge...
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A la mañana siguiente, los reunimos en el patio trasero de casa de JohnB, donde nadie podía escucharnos. Kiara, JJ, John B y Pope estaban sentados en círculo, mirándonos como si estuviéramos a punto de anunciar una tragedia.
—Vamos a sacar a Rafe —dije sin rodeos.
JJ se rió.
—¿Perdón? ¿Qué es esto? ¿Misión Imposible: Versión Emocional?
—Es en serio —añadió Sarah—. Ward quiere trasladarlo esta semana. Si no hacemos algo ahora, lo pierden en el sistema.
Pope frunció el ceño.
—¿Y qué? ¿Esperas que te aplaudamos? ¿Que te ayudemos a liberar al tipo que arruinó nuestras vidas?
—No —dije, firme—. Espero que entiendan que esto no es solo por amor. Es por justicia. Ward lo está usando. Lo puso ahí para deshacerse de él. No porque Rafe sea inocente de todo, pero porque no merece cargar con crímenes que no le pertenecen.
JJ se cruzó de brazos.
—¿Y si después de todo esto, él vuelve a ser el mismo idiota violento de antes?
—Entonces será mi error. Pero no voy a dejar que pague por algo que no hizo, solo porque todos prefieren odiarlo que escucharme.
Kiara me miró. Fue la primera en hablar después.
—Yo te ayudo. Pero no por Rafe. Por ti. Porque no quiero verte romperte sola otra vez.
Sarah asintió. John B se frotó la nuca.
—Yo paso, por ahora. Pero si necesitan distraer a alguien... tal vez pueda pensar en algo.
Todos volteamos a ver a Pope. Su expresión era la más dura, pero finalmente dijo:
—Les doy un plano de las cámaras de la estación. Mi tío trabajó ahí hace años. Pero no me pregunten más.
JJ suspiró.
—Maldita sea. Estoy dentro. Pero si todo sale mal, yo no fui.
Sarah y yo nos miramos. Era oficial: el plan había comenzado.
No teníamos todo resuelto. No teníamos garantías.
Pero sí teníamos algo mucho más poderoso:
La voluntad de hacer lo que nadie más se atrevía.
Y eso, en Outer Banks, era el inicio de todo.
•••
Las palabras de Pope me daban vueltas en la cabeza: "Les doy el plano, pero no me pregunten más."
Sabía que eso era lo más cerca que estaría de un "sí" definitivo. Y con eso... bastaba.
Pasamos casi toda la tarde encerradas en el cuarto de Kiara, Sarah y yo, con el viejo plano de la estación extendido sobre el piso y papeles por todos lados. Lámpara encendida. Puertas cerradas. Silencio tenso.
—Hay una entrada trasera por el lado este —dijo Sarah, marcando con un plumón rojo—. Aquí es donde solían sacar a los detenidos cuando no querían que los viera la prensa. Si aún está activa, es nuestra mejor opción.
—¿Y cómo entramos hasta ahí sin que nos vean? —pregunté, mordiéndome una uña.
—Con una distracción —respondió ella, levantando la mirada—. Por eso necesitamos a JJ.
•••
El plan era simple... o al menos eso intentábamos creer.
JJ entraría a la estación con una "denuncia" falsa, lo suficiente para armar escándalo y mantener ocupados a los oficiales. Mientras tanto, Kiara y yo usaríamos una copia antigua de una tarjeta que abría el portón lateral —un favor que Pope consiguió en silencio y sin preguntar de más—.
Sarah se quedaría afuera, con el auto encendido.
Teníamos una ventaja de menos de siete minutos.
—¿Estás segura de que quieres hacerlo? —me preguntó Kiara mientras caminábamos por el callejón que daba a la parte trasera de la estación.
—No sé si quiero —respondí—. Pero tengo que.
—Esa respuesta es tan tuya —dijo, y trató de sonreír.
Estábamos a unos metros de la reja cuando escuchamos pasos.
Nos pegamos a la pared. Aguanté la respiración. Una silueta pasó por la esquina, caminando rápido. Una voz.
—¿Viste ese auto apagado? —decía un oficial, hablando por radio.
Kiara me agarró del brazo. Su rostro palideció.
—Nos vieron.
—Aún no. Pero están cerca —dije—. Hay que movernos.
Corrimos agachadas hasta la compuerta. Kiara sacó la tarjeta. Intentó pasarla. Nada.
—Vamos, vamos, vamos... —susurró.
Volvió a intentarlo. La luz parpadeó en verde. Se escuchó un clic.
Entramos.
La estación por dentro estaba igual de sucia y silenciosa que la recordaba. El olor a café viejo y papeles húmedos. Pasillos fríos. Oficinas vacías.
—La celda está al fondo —murmuró Kiara—. Solo necesitamos que JJ haga su parte ahora.
Como si lo hubiera escuchado, un estruendo retumbó del otro lado del edificio.
—¡NO ME TOQUEN! ¡YO SÉ MIS DERECHOS! —gritaba JJ con un dramatismo digno de Oscar.
Ambas nos echamos a reír bajito. Estaba funcionando.
Corrimos hasta la celda de retención. Rafe estaba sentado en una esquina, con la cabeza entre las manos. Al escucharnos, levantó la vista. Sus ojos se abrieron al verme.
—¿Ana?
—Vine por ti —dije, con la voz agitada—. No hay tiempo. Tenemos que irnos ya.
Rafe se levantó. Sus pasos eran torpes. Cuando me abrazó, lo sentí más frágil que nunca. Pero seguía siendo él.
—Pensé que ya no ibas a volver —susurró.
—Jamás dejaría que te hundan sin pelear —le dije—. Ahora muévete, antes de que nos descubran.
Kiara abrió la puerta con la llave maestra. Rafe salió.
Corrimos.
Justo al salir del edificio, escuchamos voces.
—¡Hey! ¡Alto ahí!
—¡Corran! —gritó Kiara.
Llegamos al auto. Sarah estaba en el asiento del conductor, con los ojos como platos.
—¡SUBAN!
Rafe se tiró al asiento trasero, yo detrás de él. Kiara saltó adelante.
Sarah pisó el acelerador.
Las sirenas se activaron segundos después.
Mientras nos alejábamos a toda velocidad, solo podía pensar en lo que acabábamos de hacer. En que acabábamos de romper la ley.
Pero también... en que acabábamos de romper algo aún más fuerte: el control de Ward.