Capitulo 23

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Habían pasado algunos días desde aquel incidente: el momento en que Jace descubrió el cuarto de placer y compartieron una charla que los marcó profundamente. Desde entonces, se habían acercado bastante. Claro, Jace todavía sentía cierta incomodidad con el hecho de que Aegon fuera un omega, pero eso ya no los alejaba. Desde ese día, no se habían separado. Incluso habían comenzado a dormir juntos, como si siempre lo hubieran hecho.

Aquella mañana, Jace había salido temprano, sin decir una sola palabra. No estaba obligado a hacerlo, por supuesto, pero algo en su mirada inquietó a Aegon. Había visto una determinación extraña, firme, y eso le dio miedo. Así que, en cuanto lo vio cruzar de nuevo la puerta, no pudo contener la pregunta.

—¿A dónde fuiste?

Jace lo observó durante unos segundos antes de dejar caer la mochila que llevaba al hombro. Se la acercó con gesto serio.

—Ábrela. Es para ti.

Aegon frunció el ceño, confundido, pero antes de que pudiera mover la mano para alcanzarla, la mochila se movió por sí sola y cayó al suelo con un leve golpe sordo. De su interior se asomó una cola familiar.

—¡Naranja! —exclamó Aegon, con el corazón en la garganta—. Pensé que no te volvería a ver.

Corrió a tomar entre sus brazos al pequeño zorro, que se acomodó felizmente contra su pecho. Jace lo observaba en silencio, una pequeña sonrisa asomándose en sus labios.

—Pensé que... esto podría ser mi forma de agradecerte.

Se agachó y acarició suavemente la cabeza del animal.

—Bueno... Naranja y yo te lo agradecemos —respondió Aegon, con una sonrisa luminosa que no podía esconder. Su alegría era contagiosa; Jace también terminó sonriendo, y por unos segundos, el mundo pareció quedarse quieto.

Aegon podía sentir cómo su corazón latía con fuerza, como si quisiera escapar de su pecho.

Después de un momento, Jace se puso de pie.

—Bueno, ya que lo vamos a tener aquí, será mejor comprarle su comida, su cama, juguetes... lo que necesite. Aunque honestamente no entiendo cómo puedes elegir un zorro como mascota. La mayoría de la gente elige gatos, perros, pájaros... pero un zorro... eso sí es raro.

Apenas terminó de hablar, notó cómo el rostro de Aegon se tensaba. Algo en su expresión se cerró, como si una vieja herida se abriera.

—¿Has tenido mascotas antes? —preguntó Jace, dando un paso más cerca de él.

Aegon no respondió enseguida. Solo se quedó mirando a Naranja, a quien ahora acunaba con cuidado, como si fuera un recién nacido.

—Cuando éramos niños... —comenzó en voz baja, casi como un susurro— cerca de donde vivíamos, encontramos una camada de gatitos. Cuatro. No debían tener ni un mes. Buscamos a su madre, pero nunca apareció. Pensamos que el destino nos los había puesto en el camino... cuatro gatitos huérfanos, como nosotros.

Hizo una pausa para tragar saliva.

—Cada uno tomó uno. Los nombramos Dreamfyre, Tessarion, Vhagar y Sunfyre. Este último era el mío.

El pequeño zorro empezó a inquietarse, así que Aegon lo dejó en el suelo, permitiéndole explorar la habitación. Luego, se sentó en la cama. Jace lo siguió, pero dejó algo de espacio entre ellos.

—Los cuidamos mucho. Los alimentábamos, los bañábamos, les dábamos todo lo que podíamos. Fue uno de los recuerdos más felices de mi infancia. Pero...

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