Javier Peña - Entre el odio y el fuego (Parte 4/5)

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Narra Elena:

La noche siguiente
Oficina de la DEA - 22:30h


Las lámparas de techo parpadean lanzando destellos sobre el mapa de Medellín desplegado en la mesa central de la sala de reuniones y la lluvia fina golpea los cristales. Rivas está inclinado sobre el mapa, un dedo señalando la zona de San Javier.

— Aquí, en esta calle sin salida, la casa número doce. La entrada principal está aquí —golpea con la yema del dedo el punto donde está la puerta—. Y el punto ciego, aquí atrás. Nadie mira esta zona porque está cubierta por un muro viejo.

— Conveniente —murmura Peña con un tono que ni se molesta en disimular la sospecha—. Muy conveniente.

— Llamémosle información privilegiada —responde Rivas, sin apartar la vista del mapa.

— Entramos por el punto ciego, aseguramos la zona y neutralizamos a los objetivos clave —me muevo alrededor de la mesa, revisando las rutas de salida marcadas en rojo—. No hay margen para improvisar.

— Y si todo sale bien... —añade Rivas, con una sonrisa ladeada.

— Si todo sale bien será porque tú no la cagas ni nos traicionas —Peña interrumpe con voz grave y yo le doy un codazo para que se centre en la misión.

— En el callejón trasero habrá una puerta metálica —Rivas lo ignora y se dirige a mi—. No está cerrada con candado, solo tiene un cerrojo viejo y oxidado. Con un buen golpe es fácil de abrir.

— Y si resulta que no está tan oxidado como dices, ¿qué? ¿Llamamos a tu jefe para que venga a abrirla? —masculla Peña.

— Tranquilo, amigo —responde Rivas con una calma casi insultante—. Ya verás que todo es tal y como te digo.

Miro como los dos mantienen un cruce de miradas tenso, afilado; mientras mido la distancia entre sus cuerpos como si fuera a tener que meterme en medio en cualquier momento en que lleguen a los puños si siguen así.

— Tenemos quince minutos para salir —espeto cortando la conversación—. Necesitamos un equipo ligero y armamento corto para movernos rápido y en silencio.

Peña asiente sin dejar de mirar a Rivas y Rivas... Sonríe como si ya supiera algo que nosotros no y se me eriza la piel. Seguramente Peña tiene razón y no es de fiar, pero ahora mismo es la única bala que tenemos para poder capturar a alguno de los capos del cartel de Medellín.

Mientras enfundo mi pistola una sensación fría me recorre la espalda y no sé si es el presagio de lo que está por venir o el eco de la voz de Peña repitiéndome en la cabeza "te lo dije".

***

En ruta - 23:05h

A estas horas calles principales están casi vacías, salvo algún taxi viejo y motocicletas que cruzan como sombras fugaces. La lluvia, fina y persistente, empaña el parabrisas y distorsiona las luces amarillas de las farolas.

Voy en el asiento del copiloto, revisando por enésima vez el cargador de la pistola y ajustando la funda para ser rápida en caso de tener que disparar. Peña conduce con el mentón bajo, la vista fija al frente y los nudillos marcados sobre el volante a causa de esa incesante tensión acumulada en su cuerpo. Rivas ocupa el asiento trasero, relajado, con una pierna cruzada sobre la otra, como si estuviéramos de camino a un bar y no a la donde se reúnen los capos del cartel.

— Bonita noche para un paseo —comenta Rivas, con esa voz tranquila que me crispa demasiado.

— Una noche perfecta para que dejes de hablar —gruñe Peña aferrándose con más fuerza al volante.

One Shots (+18) | MultifandomDonde viven las historias. Descúbrelo ahora