Capítulo XIV

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El silencio de la cueva se quebraba con un sonido húmedo: el goteo de sangre cayendo sobre la piedra.

El cuerpo de Deidara estaba tendido en el suelo, rígido y frío, los labios morados. Su piel, siempre pálida, había adquirido un tono cenizo que helaba la sangre de quienes lo miraban. El rubio respiraba entrecortado, apenas un hilo de vida que parecía escaparse con cada exhalación y cada temblor suave en su cuerpo.

Narumi apretaba con ambas manos una camisa hecha trapo contra la entrepierna de Deidara, tratando de detener la hemorragia que no cesaba. Su respiración era un jadeo agitado, no sabía si por el esfuerzo de no entrar en pánico y gritar como loca o por el terror de sentir la tela empaparse bajo sus dedos.

—¡Vamos, aguanta! —susurraba una y otra vez, casi suplicando.

Su voz era temblorosa, pero cargada de una obstinación que no era común en una niña de su edad.

A su lado, Hidan estaba de rodillas, con el rostro manchado de sudor frío. El guerrero, siempre tan ruidoso, tan soberbio, ahora era apenas un hombre angustiado sosteniendo la cabeza de su mejor amigo. Sus manos le acariciaban el cabello como si temiera que soltarlo significara perderlo para siempre.

—Rubia, si te mueres, te juro que te revivo a punta de madrazos —escupió entre dientes, la voz ronca de angustia—. ¡No puedes dejarme, idiota! ¿Quién más va a aguantar mis estupideces?

El eco de su desesperación resonó en el túnel, y por un instante todos los presentes contuvieron el aire.

Kakashi, apoyado contra una de las paredes, observaba con la Sharingan encendida bajo la tela de su protector. Sus dedos jugueteaban con un kunai, listo para lanzarlo en cualquier dirección. Sus ojos no se apartaban de la entrada del túnel. Sabía que afuera había movimiento: pasos, murmullos, respiraciones contenidas. Sasori y Zetsu estaban cerca. Demasiado cerca. Y esa chica...

Itachi, en cambio, permanecía de pie, firme como un centinela. Su kunai brillaba bajo la tenue luz de las linternas. La expresión de su rostro era impenetrable, pero sus ojos rojos mostraban la tensión de alguien que evaluaba todos los posibles desenlaces en fracciones de segundo.

—El chakra de ellos no se aleja —murmuró el Uchiha, sus pupilas del Sharingan ardiendo—. Están esperando... buscándonos.

Narumi tragó saliva. La presión de la sangre en sus manos era insoportable, como si intentara detener un río con un puñado de arena, quería vomitar, jamás en su vida se había sentido tan mal viendo sangre, si no fuera tan grave la situación ya se habría desmayado.

—Se... se va a morir —balbuceó con la voz quebrada—. ¡No sé qué hacer!

Hidan la miró, los ojos enrojecidos, tratando de mantenerse fuerte frente a ella. Y por primera vez, su voz sonó paternal, aunque cruda:

—¡No digas eso, mocosa! Él no se muere. ¡No pienso dejar que se muera!

Narumi se mordió los labios y asintió, aunque en su interior una ola de miedo la devoraba. Apretó con más fuerza la camisa, hasta que sus manos dolieron.

Lejos de ese lugar, casi oculta por la sombra, Megumi recordaba la escena mientras caminaba por los túneles. La capa de la Akatsuki colgaba de sus hombros, pero temblaba tanto que parecía que se derrumbaría en cualquier momento. Sus manos sujetaban un kunai, pero no lo levantaba.

Los ojos celestes de la joven brillaban con una intensidad extraña otra vez. Había activado su kekkei genkai y lo que había visto le carcomía el pecho: la visión de un futuro inmediato, borroso, pero cruel, en el que Deidara yacía sin vida y la cueva se teñía de sangre.

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