Capítulo XV

342 48 21
                                        

El primer sonido que registró Deidara al emerger de la inconsciencia no fue un sonido, sino una sensación. Un peso minúsculo, cálido y que respiraba, apoyado sobre su pecho. El dolor lo atenazaba, un fuego sordo y profundo en su bajo vientre que en un primer momento lo alarmó, pero ese pequeño ritmo de vida, ese suave susurro de respiración, lo ancló a la realidad con más fuerza que cualquier jutsu.

Entreabrió los párpados, pesados como plomo. La luz tenue de la cabaña le dio la bienvenida, filtrándose por las rendijas de las maderas. Y entonces lo vio. Envuelta en una manta suave, con una carita enrojecida y arrugada como una pequeña manzana, estaba su hija. Katsumi. Un mechón de pelo tan rubio como el suyo asomaba bajo un gorrito de lana. Era tan, tan pequeña. Demasiado pequeña.

El pánico, frío y afilado, le mordió el estómago con más fuerza que el dolor físico. Prematura. La palabra resonó en su mente como un mal presagio. ¿Respira bien? ¿Estará caliente? ¿Por qué no llora? Intentó mover un brazo para tocarla, pero una punzada aguda le hizo contener el aliento.

—No te muevas, idiota —una voz ronca, familiar, sonó a su lado—. Casi te desangras hasta secarte. Si te mueves y se abre otra vez, yo mismo te sacrifico a Jashin-sama.

Deidara giró lentamente la cabeza. Hidan estaba sentado en el suelo, apoyado contra el futón, con profundas ojeras. Parecía haber envejecido diez años. Narumi dormía recostada sobre sus piernas, también exhausta, con rastros secos de lágrimas y sangre en su mejilla.

—La... niña... —Logró articular Deidara su voz, apenas un hilillo de aire.

—Ahí está, ¿no la ves? —refunfuñó Hidan, pero su mirada se suavizó al posarse en el pequeño bulto—. Es... más fea de lo que esperaba, la verdad. Parece un renacuajo rosado, hm.

A pesar del dolor y el miedo, una sonrisa débil asomó en los labios de Deidara. —Es... arte... —susurró.

—Sí, sí, tu obra maestra —Hidan rodó los ojos, pero no pudo evitar extender un dedo con una cautela inusual y acariciar el dorso de la mano minúscula de la bebé—. Pero es frágil. La vieja dice que hay que vigilarla todo el tiempo. No podemos salir de aquí, no aún.

La confirmación de su peor temor hizo que Deidara cerrara los ojos. Atrapados. Vulnerables. Con una recién nacida prematura en un escondite de montaña. Su arte más preciado dependía de la suerte y de la habilidad de un puñado de prófugos aterrorizados.

¿Y si algo sale mal? El pensamiento era una losa sobre su pecho.

En la planta baja, una hora después, el ambiente era una mezcla de alivio contenida y tensión nerviosa. Tsunade, con los brazos cruzados y el ceño fruncido, observaba a Sakura y a una Narumi medio dormida con la intensidad de un halcón.

—¡No, así no! —exclamó, haciendo que Sakura diera un respingo—. La mezcla debe ser homogénea, sin grumos. Si le das a un prematuro una papilla mal revuelta, su intestino podría reventar. ¿Quieres matar a la niña por incompetencia?

—¡N-no, Tsunade-sama! —Sakura apretó los labios, concentrándose de nuevo en el mortero donde machacaba una raíz medicinal con leche materna extraída por un jutsu de Shizune. Sus manos temblaban ligeramente.

—Tú, pequeña sectaria —Tsunade se giró hacia Narumi, que estaba calentando agua en un caldero sobre un fuego controlado con los ojos cerrados y la boca medio abierta—. La temperatura no es una sugerencia. ¡37 grados exactos! Ni uno más, ni uno menos. ¿Crees que esto es un baño termal?

—¡Lo siento, vieja! —bufó Narumi dando un respingo alarmada, pero ajustó rápidamente el fuego bajo el caldero bajo la mirada fulminante de Tsunade—. ¡Digo, Tsunade-sama!

New Akatsuki FamilyHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora