La paz que siguió a la tormenta emocional fue dulce y serena. Durante los dos días posteriores a la reconciliación, la cabaña escondida en la montaña respiró un ambiente de calma renovada. La tensión se había disipado, reemplazada por una aceptación cómplice de las limitaciones de cada uno y una determinación compartida de sobrellevar la situación juntos.
Las mañanas ya no comenzaban con órdenes estrictas, sino con turnos negociados. Sakura y Narumi dormían una hora más, mientras Itachi, con su precisión innata, se encargaba de preparar el desayuno siguiendo meticulosamente las instrucciones de Shizune. Konan supervisaba la alimentación de Katsumi, permitiendo que Deidara descansara o simplemente disfrutara de observar a su hija sin la presión constante. Hidan, a regañadientes, pero sin protestar demasiado, se había autoimpuesto la tarea de mantener el orden y la limpieza, barriendo y lavando lo que podía bajo la atenta y a veces exasperada mirada de Narumi que no quería que hiciera nada. Kakashi, aunque se movía con más lentitud, se convirtió en una presencia tranquilizadora, siempre observando, sugiriendo y, sobre todo, preguntando.
—Sakura, ¿ya comiste? —preguntaba Kakashi, apareciendo en la puerta de la cocina donde ella machacaba hierbas.
—Eh, todavía no, Oka-san. Termino esto y...
—Ahora —decía él con suavidad pero firmeza, colocando un plato con fruta y pan frente a ella—. La medicación puede esperar. Tú no.
—Narumi-chan, tu turno de descanso —anunciaba Konan, tomando suavemente la escoba de sus manos—. Ve a sentarte con Hidan. Él está... intentando cantarle una nana a Katsumi. Necesita supervisión. —Y Narumi corría, más por ver el espectáculo que por descansar, encontrándose a un Hidan cantando horribles canciones de rituales Jashinistas a una bebé que lo miraba con fascinación.
Era durante estos momentos de calma que Deidara encontraba su mayor consuelo. Sentado en su futón, con cojines apoyando su espalda aún débil, sostenía a Katsumi contra su pecho. Ya no era el artista explosivo y temperamental, sino un padre absorto en cada pequeño detalle de su hija.
—Mira —murmuraba para sí mismo, o quizá para ella, mientras Katsumi agarraba con su minúscula mano uno de sus dedos—. Tienes los dedos largos, como yo. Perfectos para moldear la arcilla, ¿verdad? —La bebé gorjeaba, moviendo las piernas—. Sí, ya sé. El arte de la explosión es efímero, pero... —Su voz se suavizaba—. Tenerte a ti es mi obra más permanente, hm.
Le hablaba de sus teorías del arte, de los paisajes que había visto, de cómo el cielo se veía desde el lomo de su ave de arcilla. Katsumi lo escuchaba con sus grandes ojos azules, a veces durmiéndose al ritmo de su voz, otras veces emitiendo pequeños sonidos que Deidara juraba que eran respuestas.
—Cuando estés más grande —prometió una tarde, acunándola suavemente—, te llevaré a ver las estrellas desde las nubes. Te mostraré un arte que nadie más puede mostrarte, hm. Un arte que vale la pena proteger.
Era una escena íntima y profundamente tierna. El vínculo entre ellos era palpable, un hilo de luz dorada que conectaba al padre fracturado y a la hija frágil, sanándolos a ambos a su manera.
Sin embargo, la realidad de su encierro pronto dejó de ser una molestia para convertirse en una amenaza tangible. Itachi, haciendo inventario de las provisiones con su eficiencia habitual, se acercó al grupo reunido en la sala principal después del desayuno. Su rostro, siempre sereno, mostraba una leve, pero inquietante sombra de preocupación.
—Tenemos un problema —anunció, y todas las miradas se volvieron hacia él—. Las reservas de comida se agotan. Tenemos para tres días, cuatro con raciones estrictas. Las hierbas medicinales cruciales para Deidara y para el control del dolor del resto están en niveles críticos.
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New Akatsuki Family
FanfictionDebido a ciertos incidentes, cuatro criminales se ven en la tarea de abandonar el grupo criminal "Akatsuki". ¿Razón? Inesperadamente, quedaron en estado de embarazo y saben que si siguen con su vida criminal no podrán darle la vida que sus hijos ne...
