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Joffrey Strong estaba jodidamente cansado. Y cuando digo jodidamente cansado, es realmente, absurdamente, literalmente, jodidamente cansado.

Ha pasado una semana entera corriendo, huyendo, de sus hermanos y luego luchando en batalla contra ellos, lo que ha dejado cada hueso y músculo de su cuerpo adolorido y magullado de una forma que jamás logró hacerlo la esgrima.

No lo malinterpreten, Joffrey aprecia el apoyo y la ayuda de Luke y Jace para su "Slighe an Duine" era definitivamente mejor la ayuda de sus hermanos a la ayuda de... bueno, Harwin.

Y no es que Joffrey estuviera enojado con su padre, porque cuando estuvo en King's Landing luego de la crisis del Juicio de Baela ni siquiera les envió un mensaje a sus hijos para reunirse a cenar, tampoco está enojado porque, a pesar de todo, debe de cumplir una tradición obsoleta con la que no se siente identificado, ni tampoco está furioso porque su padre ni siquiera tuvo la decencia de recordarle la tradición.

No, porque Joffrey Strong era un adolescente maduro que pronto cumpliría 15 años y no se molestaba en enfadarse por esas pequeñeces. Él era lo suficientemente capaz como para no ofenderse por el hecho de que su madre, de entre todas las personas, fue quien le recordó que el "Slighe an Duine" debía llevarse a cabo cuando estaban planeando su fiesta de cumpleaños.

—Si te sigues moviendo así, te vas a dislocar el hombro.

Joffrey, que llevaba auriculares puestos a todo volumen conectados a un dispositivo obsoleto llamado MP3 (que según sus hermanos mayores "no es obsoleto, Joff, que grosero eres") no fue consciente de la voz que lo llamó en la entrada del gimnasio del castillo. El castillo de Dragonstone tenía demasiadas habitaciones y demasiados pasillos escurridizos y oscuros.

Una de esas habitaciones, alejadas en el fondo mismo del castillo, bajando por varias escaleras, era el gimnasio improvisado que había creado un Daemon Targaryen de 13 años. La habitación, probablemente una antigua mazmorra, tenía las paredes de piedra negra pura, luces tenues y un ring de boxeo lo suficientemente equipado. Joffrey, estaba arriba del ring, con guantes propios mientras golpeaba un saco, imaginando en su cabeza que se trataba de su padre.

Un fuerte golpe sacudió al saco cuando pasó por su mente toda la rabia contenida que llevaba acumulando en cuanto al tema. No debería de tener que demostrar su valía ante un montón de parientes inadaptados que no lo veían en persona desde la cena de Año Nuevo. No debería, ni tampoco, quería.

—Y también el puño.

Cuando Joffrey fue consciente de la otra presencia, se debió a que la canción que estaba escuchando se acabó, dejando un leve intervalo de silencio. El menor, convencido de que los fantasmas de Dragonstone eran solo historias de niños, ladeó la cabeza para encontrarse con Helaena Targaryen y su sonrisa suave. Ella vestía una falda larga blanca y un cárdigan color verde oscuro, tan oscuro que podría pasarse por negro.

—¿Qué? — preguntó Joffrey, de forma inteligente, sacándose los auriculares de casco y dejándolos colgando en su cuello, dónde el sudor se acumulaba contra su camiseta de comprensión —¿Helaena?

La sonrisa de la joven se ensanchó, y caminó con pasos ligeros hasta subir al ring con un meneo suave de su falda. —Tu postura, si sigues golpeando el saco así, vas a romperte los nudillos y te dislocarás el hombro.

—Oh. — murmuró el menor —Yo... No lo estaba haciendo de forma profesional, no soy bueno en boxeo, me va mejor en esgrima.

—Eso todos lo saben, Joff. — sonrió Helaena, llegando hasta él y poniéndose a la par —¿Me permitirías enseñarte una mejor postura? Tal vez te sea útil en unos días...

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⏰ Última actualización: 15 hours ago ⏰

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