Capítulo Especial

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El aire de Tokio siempre le pareció demasiado frío, carente del aroma a pino y tierra mojada que solía inundar sus sentidos cuando estaba cerca de él.

A chocolate.
Dios, ese olor a chocolate...

Habían pasado apenas dos meses desde aquella fatídica tarde en el aeropuerto. Dos meses desde que Taehyung, con la mirada inyectada en desesperación, las manos temblorosas y el peso de deudas y amenazas mafiosas asfixiándole el cuello, había utilizado lo último que le quedaba: su voz de mando.

El recuerdo de esa orden alfa todavía quemaba en la memoria de Jimin. Recordaba la dolorosa sumisión de su cuerpo, la humillación de sus piernas moviéndose en contra de su propia voluntad hacia la puerta de embarque, mientras su alma gritaba, arañaba y suplicaba quedarse a morir a su lado si era necesario. La madre de Taehyung lo había sostenido del brazo durante todo el vuelo a Japón, llorando en silencio por el hijo que dejaba atrás, mientras Jimin abrazaba contra su pecho al pequeño Minhee, un bebé que apenas empezaba a descubrir el mundo.

En Japón, las primeras semanas habían sido un calvario de adaptación y ansiedad. Se alojaban en un pequeño y modesto apartamento en las afueras de la ciudad. La madre de Taehyung se había convertido en el pilar de la casa, encargándose del bebé y dándole fuerzas a Jimin cuando el omega sentía que la distancia le impedía respirar. El pequeño Minhee, de apenas unos meses, empezaba a mostrar rasgos que hacían que el corazón de Jimin diera un vuelco: a veces sonreía mostrando el inicio de lo que parecía la misma forma cuadrada de Taehyung, y mantenía un sutil aroma a maderas que aliviaba el dolor de su ausencia.

Aquella tarde de martes, el cielo de Tokio se había teñido de un color violáceo y pesado. Jimin estaba en la pequeña cocina preparando un té para calmar los nervios que no lo dejaban dormir, mientras la madre de Taehyung doblaba la ropa en la sala y Minhee descansaba en su cuna.

Entonces, ocurrió.

No hubo un ruido, ni un disparo, ni un grito. Pero el mundo de Jimin se detuvo en seco.

A mitad de camino entre la encimera y la mesa, la taza de porcelana que sostenía se le resbaló de las manos, haciéndose añicos contra el suelo. Jimin no reaccionó al ruido. Se llevó ambas manos al centro del pecho, justo sobre el corazón, donde residía el lazo que lo unía a su alfa destinado.

Fue una sensación devastadora.

Primero, un calor abrasador, como si le estuvieran marcando la carne con un hierro al rojo vivo, seguido inmediatamente por un frío polar que le congeló la respiración en la gola. El lazo, ese hilo invisible que durante estos dos meses había vibrado al fondo de su conciencia transmitiéndole que Taehyung seguía vivo y peleando en Corea, comenzó a deshilacharse. Jimin sintió físicamente cómo se rompía, cómo se tensaba hasta el límite y luego se partía con la violencia de una cuerda bajo demasiada presión.

Un vacío negro, absoluto y asfixiante se expandió por todo su pecho.

- N-no... T-Taehyung... No...-el nombre salió de sus labios como un suspiro agónico.

Cayó de rodillas sobre los pedazos de porcelana, sin importarle que los bordes afilados le cortaran la piel. Se encogió sobre sí mismo, jadeando, buscando un aire que no llegaba a sus pulmones. Su omega interior se acurrucó, rompiéndose en mil pedazos, aullando de dolor ante la pérdida absoluta de su otra mitad. Estaba solo. El lazo se había apagado. Taehyung ya no existía.

-¡Jimin! - Grita la mujer - Dios mio ¿Qué fue ese ruido? ¿Q-qué sucede? -la madre de Taehyung corrió hacia la cocina, asustada por el desastre y por el repentino aroma a angustia y desesperación que el omega comenzó a emanar.

Jimin no podía hablar. Solo lloraba, con lágrimas gruesas que empapaban sus mejillas, mientras se presionaba el pecho con tanta fuerza que sus uñas se clavaban a través de la tela de la ropa.

Dos Almas - VMinHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora