Chapter 37: Bite

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El silencio era absoluto, era un manto de terciopelo negro que envolvía cada rincón de aquel lugar. No había viento, ni susurros, ni el crujido de la madera vieja.

Solo la respiración de Will, que salía de sus labios en nubes de vapor que se disolvían en la nada. La oscuridad que lo rodeaba no era la de una noche cualquier; era una oscuridad viva, densa, palpable, que se movía a su alrededor como un animal inmenso que acechaba desde las sombras.

Pero Will no sentía miedo. Para él, esa oscuridad no era una amenaza. Era un alivio. Un refugio donde podía despojarse de todas las máscaras que el mundo le exigía llevar. Un lugar donde no tenia que fingir, no tenia que ocultar, no tenia que justificar.

Allí, en el corazón de esa negrura, podía ser simplemente lo que siempre había sido: un Omega que había dejado atrás los supresores y todas las mentiras de su vida.

Estaba desnudo. Su piel desnuda y expuesta; cada cicatriz, cada marca, cada imperfección tallada en su carne como la escritura de su vida.

Su piel estaba cubierta con sangre, como una segunda piel, cálida y pegajosa, un manto de color carmesí que brillaba bajo la luz de la luna.

La luna, enorme y pálida, se alzaba sobre él como un ojo divino que lo observaba con una curiosidad antigua. Su luz plateada se derramaba sobre el suelo, creando un círculo de claridad en medio de la negrura absoluta.

Will levantó la mano para cubrirse de ese resplandor, y fue entonces cuando vio sus dedos, estaban manchado de rojo, la sangre goteaba desde sus yemas hasta su muñeca, y desde allí caía sobre su rostro, mojando sus rizos oscuros, tiñendo sus mejillas con un carmesí que brillaba como joyas liquidas bajo la luz lunar.

Will exhaló.

El vapor de su aliento se elevó como el humo de un sacrificio, y en ese instante, su mirada se desvió hacia el fondo de la escena. Detrás de él, más allá del circulo de luz, un paisaje de horror se extendía hacia el infinito.

Cuerpos mutilados yacían sobre el suelo de tierra, no como despojos, sino como ofrendas. Sus miembros estaban dispuestos con la precisión de un artista obsesivo, formando espirales y mandalas que se perdían en la oscuridad.

Imágenes religiosas; cruces, santos decapitados, virgenes con los ojos arrancados, todo se alzaba entre aquellos cuerpos, sus rostros de piedra manchados de rojo, sus manos extendidas en bendiciones que ya no podían salvar a nadie.

No era un campo de batalla. Era un altar. Y en el centro de ese altar, en el corazón de esa geometría de muerte y fe, Will se erguía como la figura central de una pintura que ningún ser humano podría haber concebido.

No era un sacrificio; era el sacerdote, el dios al que se ofrecían esas vidas, el ser cuyo deseo daba forma a esa pesadilla. Sus ojos, ya no eran azules o dorados. Eran negros, dos pozos sin fondo que absorbían la la luz de la luna la devolvían distorsionada, convertida en algo más antiguo, más poderoso.

Era el deseo de un Omega que había dejado de reprimirse. El anhelo de crear, de nutrir, de dar vida, y de destruir todo lo que se interpusiera en ese camino.

De repente, una mano se posó sobre su hombro.

Will sintió el tacto, pero no se sobresaltó. Primero, antes de girarse, su mirada se desvió hacia un punto en la maleza que bordeaba el altar. Allí, entre los arbustos espinosos, una forma blanca y luminosa se movía con la gracia de un sueño.

Era un ciervo, su pelaje brillaba como la nieve recién caída, y a su lado, un cervatillo tembloroso lo seguía, sus patas aún inseguras, sus ojos grandes y oscuros reflejando la escena de sangre y sombras que cubría a Will.

Moon River [Hannigram]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora